Una paliza innecesaria
En el Estadio Gimena de General Roca y transmitido por TyC Sports se llevó a cabo lo que prometía ser una pelea por demás interesante. Por uno de esos títulos que llevan arcas a determinada entidad -sin valor deportivo y para aumentar el descrédito y la confusión- se enfrentaron el invicto rionegrino radicado en Pigüé, Jorge Sebastián Heiland con el también invicto Gastón Vega, que hacía las veces de local.
Luego de un primer round favorable a Vega y un segundo con Heiland a la expectativa, empezó a trabajar la derecha en punta del gauchito de Pigüé (es zurdo) y a estrellarse con demasiada continuidad contra la cara de su rival que empezó a perder presencia sobre el ring. Las esporádicas arremetidas de Vega eran bien controladas desde afuera por Heiland que con un boxeo más técnico y que mostró sensibles adelantos, anulaban esos embates que terminaban con un revoleo que pocas veces llegó a destino.
Heiland a partir del cuarto se fue afianzando y desde allí hasta el final fue el dominador absoluto del combate castigando muy seriamente a Vega. Pero este lavado relato es solamente una anécdota. Porque el trámite se hizo dramático cuando la cara de Vega a partir del quinto round se empezó a transformar en una masa rojiza sobre todo en su pómulo izquierdo, producto de las repetidas y certeras derechas de su rival. A medida que pasaban los rounds la inflamación iba en aumento hasta que tomó un volumen que podía asemejarse a una pelota de ping-pong. Era hora de llamar al médico. La ineptitud absoluta, o el localismo absurdo del árbitro, Daniel Rodríguez, hizo que recién tomara esa medida en el noveno, cuando ya hacía dos rounds que la lucha no tenía sentido y el ojo de Vega era una masa informe. El galeno de turno -por el que no me dejaría dar una inyección- lo autorizó a seguir. Vino en le mismo round una estéril cuenta de protección, que no fue sino para prolongar una insensata agonía y reafirmar la inhabilidad de Daniel Rodríguez que debió detenerla, más allá del equivocado auxilio que pretendió darle al local.
La pelea terminó por puntos con unos guarismos cercanos a escándalo, por el localismo mal entendido. Heiland había ganado al menos por 9 puntos, contabilizando la inútil cuenta de favor, ayudando a Vega a terminar el combate a costa de su propia integridad física. Tal vez quienes pudieron detener semejante paliza no entiendan que el precio de decretar un nocaut técnico, es mucho más barato que una seria lesión ocular reversible o irreversible.
Párrafo aparte para el rincón de Vega. Walter Crücce mostró una alarmante insensibilidad y una total indolencia al momento de apiadarse del boxeador. Un rincón donde sobre el sentido común primó la imprudencia y la irresponsabilidad. Dejo una pregunta: si un determinado técnico sobre 100 peleas, 80 de sus pupilos bajan noqueados, apaleados o gravemente lesionados como en el caso de Vega ¿puede seguir ejerciendo esa función?
El espíritu del reglamento de la FAB es: ?cuidar la salud del boxeador?. Lo que pasó en Río Negro con Vega -nada tuvo que ver con esta premisa- no es para mirar para otro lado y si a quien le corresponde tiene los pantalones bien puestos es hora de que se sancione a quienes confunden un ring con el cajón de volteo de un matadero o el recinto de una carnicería. A costa de su salud se jugó con la valentía, la entrega y el sufrimiento de Gastón Vega. No se lo merecía.
Recibí las noticias en tu email
Accedé a las últimas noticias desde tu emailMás de 143 años escribiendo la historia de Tandil
Este contenido no está abierto a comentarios