Usurpadores
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La irrupción de un contenedor en la cuadra es poco menos que una bendición para toda la vecindad. Algo así como una invitación a limpiar el patio.
Quien más, quien menos, guarda en el fondo de la casa no vamos a decir un muerto, pero sí unas cuantas porquerías que no entran en una bolsa de consorcio y que por distintas razones (pereza, básicamente) quedan ahí hasta que un día nos dignamos a pedir prestada una camioneta y cargarla hasta el basurero o a alquilar un contenedor. O a que lo haga un vecino, que es casi lo mismo, pero más barato. Y tentador.
Desconozco absolutamente si existe una ley que prohíba la utilización de contenedores ajenos. Si así fuera, seríamos varios los procesados.
Por cierto, la utilización de un contenedor ajeno requiere, además de cierta dosis de fechoría, una planificación. Lo que en la jerga policial se denomina inteligencia previa.
Lo primero y principal: detectar el contenedor. Segundo hacer una ecuación con las siguientes variables: distancia a casa, peso del objeto a endosar, posibilidades de que en el camino nos sorprenda un tercero o el propio afectado. Tercero: un mínimo de conocimiento acerca de la hora en que el vecindario se va a dormir.
En este punto es donde se da una divisoria de aguas. De un lado quedan las personas de bien, el buen ciudadano, el respetuoso. El que toca timbre.
-Buenos tardes, soy su vecino, no sé si me reconoce. Resulta que me ha quedado en el patio de casa un viejo termotanque en desuso y me preguntaba si no es mucha molestia que lo deposite en su contenedor.
Aplausos para el caballero, cuadro de honor, medalla y diploma como vecino del año.
Del otro lado se enrolan los usurpadores en sus dos variantes: vergonzosos (`mirá que le voy a pedir permiso… y si el tipo me dice que no, de qué me disfrazo`) y desfachatados (`¡vieja, ayudame a sacar las porquerías del galpón que los García alquilaron un contenedor!`).
Ambos aguardarán a que se haga bien de noche. El vergonzoso, incluso, esperará hasta la madrugada, para cometer la usurpación.
El primer paso consiste en un merodeo; salir a la calle como quien saca a pasear el perro, pero sin perro. Comprobado que no hay nadie en las proximidades, lo siguiente es cargarse el termotanque al hombro y enfilar para el contenedor a la velocidad que la carga permita. Aquí es donde la distancia juega un papel fundamental; si es mucha, la tarea se complica por el propio peso del aparato y, sobre todo, por la huida. Porque no existe manera alguna de que el revoleo del termotanque adentro del contenedor se haga de forma silenciosa. En la quietud de la noche, sonará como una bomba y alertará a todo el vecindario. Razón por la cual, el regreso debe ser a toda velocidad.
Existe una variante conocida como usurpación hormiga, que consiste en deshacerse de pequeños objetos. En estos casos no es necesario actuar después de la medianoche: se puede comenzar a la tardecita. El usurpador hormiga saldrá de su casa como si nada, llevando en su mano un viejo tarro de pintura. A la altura del termotanque, lo arrojará sin detenerse y seguirá la marcha hasta la esquina. Puede dar la vuelta manzana o volver sobre sus pasos, para recomenzar a tarea. Así durante dos o tres horas.
Y si bien en el manual del usurpador está casi todo permitido, es de muy mal gusto arrojar bolsas de residuos en contenedor ajeno. La usurpación es para casos de fuerza mayor, y para las bolsitas existe el servicio municipal de recolección.
Yo, que tengo un master en usurpación de contenedores, me las conozco todas. Por eso, cada tanto alquilo un contenedor, aunque no tenga nada para tirar. Por el simple hecho de quedarme agazapado y sigiloso detrás de la puerta durante las madrugadas.
Siempre cae algún vecino con un termotanque al hombro. Es ahí cuando le salgo al cruce de sorpresa:
-Cómo le va don García. ¿Va muy lejos con el termo? Si quiere le doy una manito…
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