Viaje por las venas abiertas de Latinoamérica
El recorrido se realizó por numerosas ciudades como San Juan, Valle Fértil, Valle de la Luna, Talampaya, Villa Unión, Laguna Brava, Chilecito, Tinogasta, Belén, Santa María, Cafayate, La Merced, Salta, San Salvador de Jujuy, Purmamarca, Salinas Grandes, Tilcara, Humahuaca, Iruya, San Isidro, La Quiaca-Villazon (Bolivia), Tupiza, Atocha, Uyuni, Potosí, Sucre, Santa Cruz de la Sierra, Cochabamba, La Paz, Coroico, Tocaña, Rurenabaque, Santa Rosa del Yacuma, Copacabana, Isla del Sol, Yunguyo (Perú), Cuzco, Mollepata, Cruzpata, Sallaypata, Soraypampa, Wairajpampa, Chowel, Sahuayaco, Santa Teresa, Aguas Calientes, Machu Picchu, Santa María y Lima, donde Luan pudo conocer por dentro y en profundidad la historia, la gente y la realidad de parte de América Latina.
-¿Cuándo decidiste salir?
-Estaba trabajando en Suiza y con uno de mis hermanos pensamos en hacer el viaje. Lo estuvimos planeando un montón de tiempo, preparamos el mapa, vimos las ciudades y cuando llegué a Tandil cambié de opinión, pero el 17 de marzo se concretó cuando tomé un colectivo para San Juan.
-¿Tenías destino fijado?
-No, tenía más o menos una idea que era hacer el norte, Bolivia principalmente, y Perú. Quería llegar a Machu Picchu. A los lugares que tenía pensado ir como el Valle de la Luna y Humauaca se fueron multiplicando, porque conocés gente y te vas derivando hacia otros destinos.
-Primero llegaste a San Juan capital ¿Ahí que pasó?
-Recorrí la capital y a la tarde me fui a la entrada del Valle de la Luna. Conocí unos chicos, nos fuimos a acampar al desierto. Al otro día entramos al valle, lo recorrimos y después nos separamos y yo me fui a Talampaya. San Juan es chico y está todo muy cerca, concentrado alrededor de la capital.
-¿Para dónde fuiste desde ahí?
-Crucé a La Rioja, fui al parque nacional Talampaya, que es increíble. Conocí una señora que me llevó hasta ahí. Nos fuimos a Valle Fértil y ella me propuso ir a Laguna Brava, que es una reserva natural de flamencos. Valió la pena, es un lugar a cinco mil metros de altura, en medio de los Andes lleno de flamencos, vicuñas.
-¿Conviviste bien con la altura?
-Como es bastante alto, el choque marea un poco, pero lo llevé bien durante todo el viaje.
-¿Dónde te alojabas?
-En el norte argentino aproveché un poco los hostales que son muy baratos, te encontrás con gente de un montón de países. Una sola vez estuve en un camping en Purmamarca y conocí a unos chicos con los que concreté el resto del viaje. Hicimos todo el viaje juntos. En Bolivia prácticamente no se puede acampar.
-Y seguiste camino…
-De La Rioja crucé a Catamarca. Fuimos por la Cuesta Miranda que es un paraíso, una preciosura, a Chilecito y de ahí crucé a Catamarca, donde hice toda la Ruta 40 hasta Santa María, que es el límite con Tucumán, y de ahí a Cafayate. Ese camino es un desierto desolador. Casi todo el norte estuve viajando a dedo y la gente es un amor, es tan simple. Sólo esperan que vos te atrevas a pedirles y te abren la tranquerita y te invitan al mate. No están contaminados por la ciudad.
Hicimos la típica ruta, de Cafayate a la Quiaca, que es bien turística, es hermosa y recomendable. Desde ahí cruzamos a Villazón, y conocimos un país nuevo.
Recibí las noticias en tu email
Accedé a las últimas noticias desde tu emailNuevo destino
-Ahí comenzó la experiencia en Bolivia…
-Aunque el norte argentino es muy similar, es otro país. En la frontera tuvimos que pasar por cosas que no podíamos creer. Yo me había dado la vacuna de la fiebre amarilla y tenía un poco de temperatura y la altura en Bolivia me castigó. En ese momento tuvimos que parar en Tupiza que es un pueblo chiquito, y de ahí nos fuimos al salar de Uyuni. Son 12 mil kilómetros cuadrados de sal y uno está parado en el medio y no lo puede creer. Tanta blancura, silencio. Desde ahí tomamos un bus a Potosí. Por el camino te vas metiendo en lo que es Bolivia.
-Las rutas son muy precarias…
-Son caminos de montaña, tierra, pedregullo, vas andando, ves una curva y es todo montaña. Los paisajes son increíbles. Vimos muchas plantaciones de maíz, casas de adobe, pueblitos perdidos.
-¿Cómo fue el encuentro con la gente?
-Se nos complicó la comunicación y es algo que me impactó, que dos países con la misma lengua no se puedan entender. Queríamos ir a un lugar, ellos no nos comprendían y nosotros tampoco.
A cada lugar que llegaba me acercaba a los hospitales y ahí podías hablar con la gente. Ahí hablaba más con la gente que en la calle. Afuera está todo el mundo ocupado con sus cosas.
-¿Cómo fue la experiencia en Potosí?
-Venía con el libro de Galeano bajo el brazo y hablaba mucho de las minas de Potosí. Tienen una historia y un secreto impresionante. La verdad que fue muy impactante el trabajo de los mineros, que es durísimo, muy golpeados. Ves los viejos llevando los hijos, porque es un trabajo de herencia que va quedando generación y generación. Todos trabajan ahí hasta que el cuerpo aguante. Mal pagados, sin aportes, sin seguro. Las minas se tragan bastantes trabajadores por año. Desde que llegó Evo están nacionalizadas. Igualmente, el sistema de trabajo sigue de la misma manera.
-¿Y desde ahí hacia dónde partieron?
-Fuimos a Sucre, que es preciosa. Tiene una arquitectura colonial que es hermosa y le dicen la ciudad blanca. A la noche hace que todo refleje. Hay mucha vida, la gente es muy alegre y hay mucho movimiento. Llegamos y estaban en Carnaval, así que tomamos un hostal que estaba frente a la calle principal donde estaban las comparsas y conocimos cómo era.
Después decidimos ir a Santa Cruz, que es la parte occidental de Bolivia, metiéndose a la ceja de la selva. Es un lugar totalmente diferente, dentro de un mismo país. Recibimos un impacto que a mí me dejó impresionado. Es una provincia que quiere independizarse del resto de Bolivia. Hay mucho poder económico, pero también mucha diferencia social. Te das cuenta en la arquitectura de las casas de los barrios buenos y en los alrededores, de tremenda pobreza. Me impresionó ver tanta gente abandonada por cuadra. Era ver cinco o seis personas abandonadas, a la deriva. Como no nos dejaban entrar en ningún lado, estuvimos un sólo día y nos fuimos a Cochabamba. Aunque parece poca distancia, tardamos 18 horas. Los autobuses son antiguos, funcionan mal y lo peor de todo son las rutas. Tiene una geografía que hace imposible avanzar a más de una velocidad. Los viajes son agotadores porque los autobuses vienen cargados al máximo. Viajar por los mismos senderos que los locales, hace que conozcas y sientas su modo de vivir.
-Y llegaron a Cochabamba…
-Hay tanto movimiento que te sorprende. La gente lleva en sus carritos las frutas, los helados, la feria, es un mercado ambulante, la ciudad de la compra venta. Nos perdimos en la feria, fuimos probando las comidas típicas. La pasamos bien, salimos un poco del estrés de Santa Cruz. De ahí salimos hacia La Paz.
-El punto de encuentro de los turistas…
-Entramos al caos. A mí me encantó la ciudad. Hay zonas que son preciosas. Tiene mucha historia. Está metida en un valle y las casas están dispuestas en bajada por los cerros. Es muy pintoresco. Nos quedamos seis días porque había mucho para ver: plazas, museos, galerías, barrios. Aprovechamos para conocer y para tomarnos un descanso porque veníamos de un lugar a otro. Conocimos El Mercado de los Brujos, en un barrio muy antiguo, con una arquitectura colonial. En la entrada de las casas hay puestos de ropa típica, de comida o de medicina tradicional, que es lo que más impacta, todos productos derivados de animales y vegetales, naturales. Se hacen recetas con lo que han legado los chamanes y eso a la gente la vuelve loca. Van ahí y prueban todo.
En la selva
-Después partieron hacia el Amazonas…
-Sí, era un sueño que yo tenía, de conocer la selva y navegar por el río. En La Paz conseguimos una excusión que consistía en subir hasta una montaña de 4200 metros de altura y de ahí bajar tres horas en bicicleta hasta Coroico, la entrada a la selva, en el Norte. Arrancamos la excursión a las ocho de la mañana. Es todo bajada y peligroso porque la primera hora es en ruta, vas bajando en medio de la niebla y vienen los coches de frente. Vas a 60 kilómetros bajando, con frío. Se termina la niebla y ves todo verde, el río. Ya ahí nos sacamos la ropa porque hacía calor y había una humedad tremenda. Llegamos al final de recorrido, estábamos en medio de la selva, rodeados de vegetación, la gente diferente, con la radio a todo volumen, escuchando cumbia. Nos fuimos a Coroico que es un pueblo perdido, que nos encantó. Estábamos saturados de tanta ciudad. Las ciudades tienen mucho que contar, pero te va saturando y de repente cuando llegás a esos lugares los disfrutás más.
Coroico es un pueblo de 200 mil habitantes: olores, pájaros, colores. Frente a ese pueblo están los campos de coca. Está la comunidad afroboliviana de Tocaña. Yo justo entré a una agencia a preguntar por un recorrido y vi una foto de mujeres vestidas de blanco, con tambores y pregunté y me dijeron que estaba enfrente, y me explicaron que trabajaban los campos. Son descendientes de los esclavos que habían llevado para trabajar los campos hacía tres siglos. Después de la independencia formaron su propia comunidad. Nos decidimos a cruzar y la verdad que es de los mejores lugares donde he estado. La gente enseguida se acercó. Los nenes vinieron a recibirnos, enloquecidos, porque no es un lugar muy concurrido. Fue ver los nenes salir corriendo, que nos agarraron de la mano ?vamos, vamos?.
Recorrimos cascadas, es un lugar magnífico, muy tropical. De repente, vas juntando bananas y naranjas.
Desde ahí tomamos un autobús y después de dieciocho horas, llegamos Rurrenabaque, al norte, que casi roza el Amazonas. Ahí está el río Beni, hay un pueblito perdido, con mucha vida. La gente de la selva es muy diferente a la del altiplano, es muy alegre. El clima es lo que condiciona el carácter. Ahí tomamos una excursión de tres días en lancha por el Amazonas. Fue impresionante. Desde chico la selva, el Amazonas y los animales me volvían loco. Ver bichos que te impactaban desde chico y tenerlos ahí fue impresionante. Nos metimos al río de cabeza, a pesar de las pirañas, caimanes y sanguijuelas que vimos, no importó.
-¿Y cómo viven en las comunidades?
-Rurrenabaque está repleto de comunidades que han surgido desde la selva hacia la ciudad, llamados por el ruido y comercializando lo que producen, sobre todo fruta, que ponen en trueque. Llevan a los chicos a la escuela. Hay mucho movimiento de lanchas bajando plátanos y naranjas, llevando pasajeros. Es como una manera de comunicarse con el mundo nuevo. Muchas comunidades han empezado este proyecto de llevar gente a la selva, a sus casas, donde viven. Nos fuimos a la casa de uno de ellos, que manejaba su propia lancha. La mujer nos cocinó delicias de comida.
Nos llevaron a recorrer todo el río, se meten por entre las plantas, es todo agua, casi no hay tierra firme. Vimos aves, pirañas, fuimos a buscar anacondas en un pantano, ¡impresionante!; mi compañero decía ?pensar que yo veía esto en el Discovery creía que eran locos los que lo hacían?.
Cuando volvimos nos había cambiado tanto la cabeza que decidimos ir a visitar las comunidades que están al borde del río y nos paramos al borde del puerto a esperar que alguien nos llevara. Por diez bolivianos nos dejaron en una comunidad que se llama San Miguel, totalmente originaria, con catorce familias. Tuvimos que escapar de los mosquitos gigantes, que nos comieron vivos. ¡Sangre fresca!
Nos fuimos a la selva y estuvimos toda la tarde con ellos, sentados bajo una palmera. Nosotros habíamos llevado caramelos y chocolates, así que los chicos estaban enloquecidos, comían lo que nosotros habíamos traído y ellos nos ofrecían bananas, con los monitos en los hombros. Todo es muy sencillo, muy simple, todos los animales sueltos, la gente muy pacífica.
San Miguel tiene escuela y la casa de gobierno con el jefe de más alto rango. Intentan hacer proyectos para mejorar su calidad de vida, sin cambiar sus tradiciones, porque ellos siempre van a estar en armonía con la naturaleza. Quieren aprender de nosotros y enseñarnos su modo de vida. Tienen programas de voluntarios donde uno puede quedarse gratuitamente, para enseñar. Yo creo que en un futuro lo voy a hacer.
De nuevo a la ruta
-¿Luego regresaron?
-Después de esos quince días en la selva regresamos a La Paz, nos despedimos y nos fuimos al Titicaca, a la Isla del Sol. Llegamos a Copacabana, con el sol recién levantando, hermosísimo. Nos tomamos un barquito, navegamos dos horas por el lago, sentados en cubierta, con el aire pegándonos en la cara y nos fuimos despejando. Cuando llegamos fue un impacto, es un mundo diferente. La comunidad quiere mantener su estructura, que les va perfectamente bien. Es un paraíso. Vino un nenito corriendo, nos ofreció unas habitaciones de adobe y las tomamos. Tenían una vista impresionante. Almorzamos en una terraza con vista al lago, viendo la gente, cómo los barcos iban y venían. Recorrimos toda la isla caminando, nos metimos en el lago. Tenés los templos, las ruinas. Es un sitio fantástico al que hay que ir por lo menos una vez en la vida.
-Y ya se fueron camino a Machu Picchu…
-Nos quedamos cinco días descansando y desde ahí tomamos un autobús a Cuzco, que es una ciudad que no duerme, que tiene una actividad increíble, desde donde podés salir a diferentes lugares, y donde tenés montones de cosas para hacer, para ver, hay mucho intercambio cultural. Se va renovando todo el tiempo. Nosotros nos quedamos tres semanas solamente en Cuzco. Yo estuve trabajando en un bar para recuperar un poco la economía y conocer la gente y el ambiente. Hablaba, preguntaba por rutas.
Fui a agencias, averigüé un circuito que si lo podés hacer por tu cuenta es gratuito, de cinco días a pie por valles, montañas, ríos. Todos los caminos llegan a Santa Teresa. Nosotros averiguamos bien y las agencias nos dijeron que nos convenía hacerlo con guía y servicio, que te llevan las cosas, te cocinan. Es camino de montaña, de senderitos que atraviesan montañas. Nosotros vaciamos la mochila, compramos una carpa e iniciamos el circuito. Nos preparamos para caminar, íbamos sin guía y sin apuro. Había lugares tan interesantes que íbamos parando. Después de siete días llegamos a Aguas Calientes, para recuperarnos porque habían sido muchos días de caminata y de comer poco. Comimos bien, descansamos y antes de subir a Machu Picchu nos dijeron que teníamos que subir a otro cerro, que tiene una subida muy difícil, de tres horas, con escaleras verticales.
Cuando llegamos arriba y vi el Machu Picchu en la lejanía, parecía una maqueta, no lo podía creer. Pasamos todo el día ahí, comimos arriba y seguíamos sin poder creer.
Al día siguiente fuimos a las cinco de la mañana, recorrimos varias veces los mismos lugares. Es el mejor horario porque hay silencio, los pájaros se están levantando, no hay gente, ves el amanecer, la humedad que se levanta. Te perdés dando vueltas y se te van seis horas en el mismo lugar. Es algo que te proponés y después de tres meses… te encontrás con que llegaste.
Después de bajar, tomamos unos días en Aguas Calientes, fuimos a Lima y emprendí el regreso.
Ahora estoy procesando la información, porque el viaje fue un vivir tras otro, aventuras, experiencias, cosas nuevas, todo sorpresa. Me ayudó a crecer, a madurar, me abrió mucho la cabeza, me puse en contacto con culturas y me hizo apreciar mi tierra, porque se extraña. Dependés sólo de vos y eso te hace pensar cómo resolver los problemas por tu cuenta.
La verdad que es una de las mejores decisiones que he tomado en los últimos tiempos. Volver a casa después de tanto tiempo, con tantas cosas que contar, comer con la familia, charlas, compartir, todo se aprecia más.
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil
Este contenido no está abierto a comentarios