Víctimas de un violento asalto en un privado relataron lo sufrido frente a los acusados
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Ayer comenzó un juicio oral y público en la sala de acuerdos del Tribunal Criminal Nro. 1, donde el juez Guillermo Arecha escuchó los argumentos de las partes en torno a la situación procesal de los tres imputados de haber perpetrado el asalto en una casa donde se ejercía la prostitución, golpeando y privando de su libertad a las dos mujeres que allí residían.
Precisamente las dos víctimas, una mujer y un travesti fueron las protagonistas del debate, quienes relataron lo vivido, dejando comprometidos al menos a dos de los tres que ayer estaban sentados en el banquillo de los acusados, defendidos por los doctores Diego Araujo y Ariel Pellegrino.
Primeramente, el ministerio público a cargo del doctor Luis Piotti, trazó los lineamientos de la acusación, reseñando cronológicamente cómo sucedieron los hechos -según su hipótesis- y los roles como responsabilidad penales de los acusados Marcelo César Daniel Sosa, Víctor Andrés Marcote y Fernando Ariel Cichilitti.
El caso
Básicamente el fiscal los acusa de acordar el atraco perpetrado el 9 de enero de 2010, cuando alrededor de la 1, tocaron timbre e ingresaron al domicilio de Pasaje Ponteaut Nro. 686, siendo recibidas por una de las víctimas, quien los invitó a sentarse en el sillón donde estaba el cliente habitué de nombre Martín (ver aparte).
Les dijo que ya regresaba, que iba en busca de su compañera María y allí comenzaría la virulenta crónica policial.
Empuñando armas las trasladan hacia la cocina, las golpean, tiran al piso hasta que las encierran en el baño, donde son atadas de pies y manos con cables de teléfonos celulares, en medio de más agresiones.
Allí pedían por el botín, por la plata que presuntamente las chicas debían guardar producto de su trabajo como servicio sexual. Hasta que finalmente se alzan con el dinero que había. No más de 500 pesos en efectivo y los celulares de las víctimas.
Una de las víctimas, una vez disipado el temor de que los violentos intrusos se habían ido, logró zafar de las ataduras, soltó a su amiga y al salir del baño vieron cómo también el cliente sale del dormitorio con presuntas ataduras de medias de mujer ya zafadas, presumiendo que había sido víctima también de la agresión del trío de maleantes.
Los testimonios
Llegado el turno de los testimonios citados para la ocasión, abrieron el debate precisamente las que resultaron víctimas del atraco, María Soledad Dieguez y su compañera Celeste Carballal, el travesti dueño de la casa donde ofrecían sus servicios sexuales.
María, ya retirada del “ambiente” y viviendo fuera de la ciudad con su pareja y pequeño hijo, contó lo vivido, desde el momento en que su compañera les abrió la puerta a los sujetos.
Con crudeza y consternación trató de recordar el violento suceso, cuando uno de los maleantes le apuntó con el arma en el abdomen, la zamarreó y tiró al piso del living, para luego ser trasladada a empujones al baño, donde sería nuevamente echada al piso, para ser maniatada con cables de los cargadores de los teléfonos celulares. Entre golpes y amenazas, las víctimas fueron indicando dónde tenían la plata que contaban que, a priori, no conformaba a los ladrones, hasta que desistieron de los golpes y el reclamo de un mayor botín.
La discusión entre fiscal y defensores se centró en conocer con precisión de la víctima si de las agresiones padecidas y relatadas habían sido con la aplicación de golpes con el arma o con la mano, detalle sustancial a la hora de la expectativa de la pena a imponer.
Si bien la mujer primeramente se dijo segura que había recibido varios culatazos del arma, con el transcurso del relato fue decayendo su convicción, reconociendo que nunca vio que el agresor le pegaba con el arma, pero que sentía que los golpes eran con algo más contundente que con el puño. Empero, se aclaró, las lesiones no fueron más que excoriaciones leves.
En plena sala, Dieguez dijo reconocer a uno de los intrusos de aquella noche, por un lado a Marcote como el que portaba el arma a cara descubierta, en tanto a Cichilitti (que la acusación lo ubica como el que estaba encapuchado) lo reconoció por la voz.
El turno de la otra víctima, Celeste, fue menos dubitativa en sus recuerdos a la horas de describir el violento suceso y si bien reconoció el incómodo miedo de tener que estar relatando lo padecido frente a los presuntos autores, fue clara en su versión, permitiendo despejar dudas de las partes, principalmente a la hora de definir si habían sido agredidas físicamente con el arma o no.
Celeste concretamente dijo que no. Que si bien las agresiones que recibió eran con la mano que empuñaba el revólver, dijo que los golpes no eran de tal magnitud como debiera ser si le hubieran pegado con culatazos, dado que consecuentemente habría sufrido cortes o una herida más importante.
También describió casi idénticamente como su compañera había reseñado sobre los momentos de zozobra vividos, desde los golpes, los empujones, las ataduras, la privación de la libertad y los trastornos psicológicos que semejante circunstancia vivida generó en ellas. Además de las pérdidas económicas denunciadas.
Sería la testigo también la encargada de develar dudas con respecto al rol del cliente que luego la pesquisa esclareció que no fue otro que quien entregó a las chicas y “dateó” para que el trío cometiera el hecho aquí ahora ventilado.
Al término de los dichos de las víctimas, comenzaron a desfilar los testigos aportados por las defensas, declaraciones que continuarán hoy a la espera de los alegatos por un robo calificado con privación ilegítima de la libertad que mantiene en expectativa una pena de 3 a 10 años de prisión, según ayer se especulaba en la antesala de la audiencia.
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El cliente “datero”
El caso ventilado no cobró mayor trascendencia una vez ocurrido, a partir del hermetismo que imperó por aquellos días. Sin embargo, ahora en juicio, a casi dos años se conocen los pormenores de esta historia, que además del trío de acusados ahora enjuiciados hubo un cuarto sujeto, quien ya fue sentenciado en un juicio abreviado acordado por las partes.
Se trata de Matías, el cliente habitué del privado (“de siete días cinco estaba con nosotras”, supo definir Celeste), quien finalmente resultó cómplice del hecho, más precisamente para la Justicia fue partícipe secundario, recibiendo una condena de tres años de prisión de ejecución condicional, según lo acordado oportunamente entre el fiscal y la defensa ya hace un tiempo atrás.
Según se desprende del expediente, el muchacho aquella noche se mostró más nervioso de lo habitual, incluso permanentemente mandaba mensajes de texto (luego se comprobaría que a los otros tres), donde informaba sobre cómo y cuándo ingresar para cometer el delito. El, en tanto se hizo pasar por una víctima más, fingiendo haber sido golpeado en una de las piezas cuando las mujeres estaban encerradas en el baño.
“Escuchamos el griterío de la pieza y después cuando zafamos de las ataduras lo vemos que viene gateando, con las presuntas ataduras con nuestras medias”, confió Celeste.
También la víctima contaría que Matías sabía del movimiento económico que la casa manejaba porque “trabajábamos muy bien” y “alguna vez le comenté que estaba por hacerme las lolas”, dijo, especulando así que desde esa información el cliente se transformó en su entregador para que sus cómplices hicieran lo que en definitiva cometieron.
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