Vida y obra: Eduardo Aldasoro
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailLlegamos a Tandil en el año '48. Sin conocer a nadie. Veníamos de Gonzales Chaves. Gente de campo. Teníamos muchos problemas de integración. Te juro que entraba a la escuela en Tandil, veía izar esa bandera y para mí, que siempre había ido a una escuela de campo, era como estar en la cárcel. Estuvimos un año sin salir de casa. Difícil la integración. En los barrios, antes, había una particularidad: casas aisladas y terrenos baldíos entre ellas. El común denominador de los terrenos era una pelota y los chicos del barrio que se congregaban y jugaban ahí dentro. Como era espontáneo, había chicos de 12, 15, 18, 25 años. Todas las edades. Aprendías lo bueno y lo malo. Mi madre, cuando vio que volvíamos con una rodilla rota o un pantalón roto dijo: "así no va".
Lazos
Con todos los defectos y virtudes que puede tener una madre, la mía era una mujer muy cuidadosa de la integridad de sus hijos En aquella época, Independiente tenía la particularidad de ser el único club que daba clases de gimnasia y determinados deportes a chicos chicos. Era un lugar donde la familia podía dejar a sus hijos con tranquilidad. Empezamos a ir al club. Mi madre sabía que no íbamos a venir con una palabrota, ni con una rodilla rota. Buscaba que nos cuidaran.
El estudiante
En el '51, estaba en primer año de la Escuela Normal. De trece materias me llevé once. Mi padre, hombre tranquilo, tuvo una charla clara conmigo. “Once materias no vas a dar”. Yo lo tenía clarísimo. “Papá; no voy más a la escuela”. Al mes me llevó a Usandizaga y Cía. Una casa de ramos generales, fantástica. Su mensaje fue “si no vas a estudiar, trabajarás”. Llegué lleno de ilusiones…¿qué me dieron?… una escoba. ¡Me llevaron a un depósito tan grande!"
El“rico” de la barra
Al cuarto mes cobré 150 pesos. Era el millonario de la barra. A los otros estudiantes les daban unas moneditas para comprar unas tortas negras y para ir al cine el domingo. Y yo tenía la plata del mundo. Mi padre me exigió desconfiar de la plata inmediata, del dinero fácil…
Alumno y algo más
Independiente en los años '50 tuvo un gran equipo de básquetbol. Yo estaba feliz y contento. Todos mis amigos jugaban en el club. Un día Gabriel García Lunghi, integrante de la subdivisión de básquet de Independiente, me dijo: “Flaco, nos tenés que dar una mano; hemos descuidado mucho las inferiores del club. Tenemos casi veinte chicos y no tenemos quién los atienda”. Yo no estaba en condiciones: no era buen jugador de básquet, no tenía conocimientos… Le sugerí que buscara una persona que les pudiera enseñar algo. Nunca consiguieron a nadie y yo… estuve casi 50 años en el club.
Haciendo camino al andar
Cuando empecé como profe tenía casi 18 años. Jamás me imaginé cumplir esa función a esa edad. Los clubes tenían profesores mucho más grandes. Preocupado por qué iba a enseñarles a mis alumnos, me fui a la librería Villar. Villar era un gallego duro, atendía un kiosco y tenía una librería a la que se entraba por el zaguán. Tenía un montón de libros pero él no les prestaba atención. Capturé dos libros de básquet de un famoso técnico americano. Y mezclé. Daba la biblia como el calefón. Cuando llegué a los colegios era como estar haciendo básquet en la NBA.
Mi segunda casa
EnUsandizaga hacía horario de comercio. Terminaba y me iba directo al club. Era mi segunda casa. En el año '63 Bahía Blanca trajo un técnico norteamericano a dar un curso que duraba un mes. Para el mundo del básquet era un lujo tremendo tener ese tipo de personalidad aquí. Pero un mes era mucho tiempo. Tuve que hablar con el gerente. Me dio su permiso para ir, pero me dijo “Yo sabía que no te ibas a quedar en Usandizaga”. En ese momento intenté de mil maneras convencerlo de que era sólo un curso. Al año le dije que me iba.
Transición
Mis primeros ocho años en el club fueron ad honorem. Los dirigentes vieron que estaban ante una persona que podía ser muy positiva para la institución. Un día, reconociendo mi esfuerzo, me comunicaron que estaban en condiciones de darme más horas. El cambio a dedicarme de lleno al básquet y a la docencia era inminente.
El inspector
Un hombre venía sistemáticamente los sábados a observar mis clases. Uno de esos sábados se me acerca y me empieza a hablar “Aldasoro, ¿usted no colaboraría conmigo? Necesito alguien que esté frente al seleccionado tandilense. Estamos organizando un torneo interprovincial de escuelas”. Quien me hablaba era Otermin, el inspector de educación física de la Provincia de aquel momento y profesor en varias escuelas. Le quise explicar que yo sólo daba clases en el club, no en escuelas. Pero él me persuadió. “Esto puede ser un espaldarazo para usted”. El torneo fue hermoso. Cantidad de chicos de diferentes ciudades jugando al básquet. Nuestro equipo perdió en la final contra Tres Arroyos. Fue una muy buena actuación.
El profesor
Después de ese torneo Otermin me llama. “¿No le gustaría ser profesor de Educación Física?”. Yo no había terminado el colegio y él sabía que eso era una traba. Pero ya había pensado en todo. Me propuso inscribirme en una escuela nocturna, la carga era mucho más leve que un secundario normal. Así fue, empecé a la noche en la Técnica y a asistir a cursos de formación en educación física en La Plata. En ese entonces la formación era muy deportiva, se hacía desde la práctica. Esos cursos me ayudaron mucho a clarificar sobre qué iba a transmitir a los alumnos. En el '64 empecé dando clase en la escuela 11 y en la 21, dos escuelas provinciales y en la escuela Agrotécnica y en San José. De buenas a primeras me convertí en profesor. Esas escuelas fueron mi vida, no las dejé nunca.
El método Aldasoro
Yo he sido muy buen plagista. Hubo épocas en las que vivía en los clubes de Buenos Aires, metía el hocico en todos lados para sacar nuevas ideas y traerlas acá. Esas ideas se fueron replicando en los clubes locales.
Corbata, diploma, medallita
Una vez por año organizábamos la fiesta del básquet. Invitábamos a los padres a que vengan y entreguen a sus hijos una medalla por su labor deportiva. Corbata, diploma, medallita fueron formas que fui encontrando para motivar a mis alumnos. Yo era un privilegiado. Siendo muy joven trabajaba y me daba el gusto de motivarlos de ese modo. La corbata no me duró mucho, no era un premio muy económico que digamos. Mucha gente se solidarizaba. Sabían lo que yo hacía iba para los chicos, entonces no me cobraban. Un día por ejemplo recibí un llamado de José López de Armentía. El tenía una joyería. Grababa plata y oro. Cuando me recibió, me invitó a pasar a una trastienda. Me esperaba con una caja llena de medallas. “Eso se lo puede llevar”. Yo le dije que no podía aceptarlo, que costaba mucho dinero. “Lléveselo así usted queda bien con los pibes”. Por años dejé de gastar en medallas, lo único que hacía era el grabado (risas).
Lo que el deporte les dio
El deporte, cuando se lo canaliza como formador de seres humanos tiene enorme importancia. Muchos de mis alumnos eran muy buenos en básquet pero muy flojos en la escuela. Un día me vino a ver la madre de un alumno preocupada porque el hijo no estudiaba. Dudaba si seguir permitiéndole jugar. Yo le expliqué que con el deporte podía conseguir ciertas cosas. Se me ocurrió que a los tipos que anduviesen mal en la escuela iba a exigirles en las notas. Fue una revolución. Implementé un boletín donde volcaba las notas de cada uno en las diferentes materias. Algunos venían con unas notas excelentes y tenían más horas de juego. El boletín me servía para saber qué alumnos no tenían buenos resultados en el colegio, establecer un diálogo con ellos y ver dónde estaba el problema.
El deporte
Me dio todo. Pasé a ser un referente de la ciudad porque el domingo los alumnos se sentaban con los padres y les contaban sobre mis clases. Alfredito recibió la corbata. Pedrito la medallita. Santiaguito el diploma. Mis prácticas suscitaban el interés de los padres. Yo marqué una época dentro del deporte de Tandil.
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