Volvieron los independientes al cine porteño
ineastas como Pablo Trapero, Enrique Piñeyro y Mariano Llinás han dado muestra de su obra durante la corta vida de este festival y la mayoría han sido reconocidos por el público allí gracias a las posibilidades que este evento ofrece cada año a los nuevos nombres. Además de descubrir y presentar obras inéditas de tipos clásicos como Godard, Bergman o Buñuel para también abarcar al sector del público que no quiera arriesgarse y separarlo de la videocasetera durante una semana y media.
Con un abanico de 420 filmes para elegir en once pantallas dispersas por la gran ciudad de Buenos Aires, y otras en el interior del país que no figuran en el libro de programación diagramado por el Ministerio de Cultura de Mauricio Macri, la fiesta se inauguró el miércoles pasado con una función privada en el shopping Abasto del filme político ?Secuestro y muerte? que narra el asesinato del general Aramburu. Allí acudieron sólo auspiciantes, celebridades y autoridades del gobierno.
Empezar optimista
El joven corresponsal se acostó temprano esa noche para estar en buenas condiciones y comenzar a ?trabajar? al día siguiente. Tenía planeado ver cinco películas: tres funciones que corresponden a las matutinas de prensa y dos adicionales de libre elección por día únicamente para aquellos con acreditaciones.
A las ocho y media apagó el despertador y abrió la ducha. Desayunó y salió al encuentro con el portero (?¿Te caíste de la cama??, bromeó y continuó barriendo la vereda). Caminó hasta la parada del 146 y esperó diez minutos hasta señalar un peso veinticinco al colectivero. Se ubicó frente a un hombre que hacía malabares para leer La Nación y no caerse con las frenadas, e intentó revisar el programa y chequear que estaba todo en orden cuando una hippie a su lado notó el texto, se quitó los auriculares y consultó: ?¿Hay algo interesante este año??.
Después de casi una hora de viaje llegó a destino: avenida Corrientes-Abasto. ¿Siguiente paso? Buscar los tickets para después de la última función privada y correr a la primera sala antes que cierren las puertas (He aquí la gran regla del Bafici: si has llegado un minuto tarde, tómatelo con soda y quédate afuera).
Sin embargo el niño decidió hacer un paseo tranquilo, bordeando el edificio del antiguo mercado central por donde anduvo Gardel, ya que tenía 10 minutos de sobra y estaba cerca. Sucedió que no tuvo en cuenta que al llegar al Espacio Bafici, iba a encontrar una cola de cien personas reclamando sus dos adicionales.
?Aquí tiene el listado para anotar las que le interese?, le dijo una simpática empleada cuando llegó. El joven con su credencial de prensa colgando del cuello parecía no entender. ?Perdón, quiero las entradas pero en cinco minutos va a empezar una del programa que ustedes armaron para justamente mantener orden y? no creo que llegue… ¿Cuánto va a tardar la fila??, preguntó pausadamente. ?Mirá, se acaba de abrir la boletería y deberías hacer la fila porque éste es el momento que se agotan?, replicó serena pero seria.
¡Pero están todos locos!, pensó gritar cuando un rubio alto salió corriendo desde el fondo insultando y avisando a sus colegas: ?¡No llegamos ni mamados!?. El tandilense, aturdido por el momento de pánico, decidió seguirlos y salió al trote. Atravesó todo el ancho del mercado, esquivó los hombres de gafas raras y remeras con imágenes de Hitchcock y Star Wars, y subió por la escalera mecánica a los saltos. Mostró su credencial al acomodador que lo dejó pasar chequeando que la cara de la foto sea la misma del portador. Y una vez adentro, más tranquilo, se acomodó en una butaca para ver la cinta argentina ?Rodríguez?, sobre ?dos chicas que se unen en un viaje accidentado, recelosas una de otra y distraídas de lo extraordinario que aparece a su alrededor?. Su primera película de este Bafici.
¿Dónde queda el Malba?
Cuando terminó ?Rodríguez?, el muchacho salió un poco avergonzado al no comprender por qué la gente había aplaudido cuando se prendieron las luces de la sala (?Serían amigos del director?, imaginó). Y tampoco recordó que desde allí debía ir al piso de arriba para la próxima tortura: ?Putty Hill?, una norteamericana cuya sinopsis dice: ?Un joven muere por sobredosis y sus amigos se juntan antes del funeral?.
Buscando un descanso a la vista y quizás también una excusa, fue en busca de sus postergadas dos ?Cortesías?. La situación había cambiado frente al Abasto: el amontonamiento se había reducido a una veintena y el sujeto de Canal 7 que daba la consigna en el programa de Badía, ?Estudio País?, esperaba último, justo delante suyo.
Consiguió sus anheladas y fue hasta la oficina de prensa: quince computadoras para redactar periodismo, de las cuales pocos privilegiados podían hacer funcionar. Descubrió que allí estaba sentado un crítico de una famosa revista de cine y buscó lugar a su lado. Fingió escribir un mensaje para su jefe de redacción (?La nota sale mañana. Después le notifico?), y se la envió a su madre, mientras el de Canal 7 se quejaba porque cada máquina que ocupaba no tenía Internet.
Pensaba comer una pizza cuando descubrió que la próxima función era en treinta minutos. Y, ¡en el Malba! Para dar una referencia: eso queda bastante lejos. Además, por ahí no existen colectivos ni subtes ni trenes.
?Discúlpame, ¿cómo llego al Malba desde acá??, preguntó al crítico a su lado. ?Subite al subte hasta Callao y te tomás el 37. Te deja en tal y tal, y caminás tanto?. Como no lo convenció, buscó otra opción. ?El 128 en Salguero. Por la izquierda son unas cuantas calles, pero es el más rápido?, aseguró la chica en la recepción.
Con movimientos de robot, miró la hora en el celular y se imaginó en una escena de la película ?Corre Lola Corre? (música techno enfermiza y una alemana de pelo rojo que corre durante 90 minutos). Se ató los cordones y disparó para la izquierda. Esquivó mesas de bar, camiones de construcción, defecaciones de perro, semáforos siempre en rojo y cuando llegó a una esquina vio que se iba el 128. Se paró delante para frenarlo y subió. ?Al Malba?, ordenó. El chofer dijo que no pasaba por ahí y lo hizo bajar inmediatamente.
?No voy a llegar?, pensó vencido. Y la imagen era tan patética que un anciano se acercó y preguntó que le había pasado. El gentil hombre le avisó que a ese lo tenía que tomar a la vuelta de la manzana. ?¡Dale, apurate!?, dijo y lo vio correr de nuevo. Más baldosas rotas por raíces de árbol, más amontonamientos y más defecaciones. ?Chofer, ¿va al Malba??, preguntó agitado. ?Sí, te dejo por ahí?. Tomó asiento y se puso a revisar la santa biblia del provinciano: la Guía T.
?Bajate acá?, dijo el hombre y obedeció. Notó que la avenida del Libertador era distinta al Abasto. Edificios lujosos, concesionarias lujosas de autos lujosos y hasta perros lujosos. ?Señorita, ¿dónde queda el Malba??, preguntó a una mujer de grandes y redondos anteojos negros. ?Por esta a cinco cuadras?, indicó con desgano. Otra vez: minutero cayendo y a correr.
Al llegar, la obra se llamaba ?The Forest?, de Piotr Dumala, y era un muy bello y poético largometraje en blanco y negro que sirvió de ideal somnífero para que el muchacho despertara una hora y media después.
Lo que viene más tarde
De vuelta en el Abasto fue testigo de cosas extraordinarias: una guitarra criolla, un cello y una trompeta haciendo temas de Pappo donde poco tiempo atrás bailaban floggers; una colisión de autos en la esquina que consiguió el vuelco de un taxi y su conductor que se arrastraba por el piso en busca del celular para avisar a su mujer; otra corrida a la sala por estar demasiado tiempo esperando la ambulancia; y una película al estilo de ?Amor sin barreras? con increíbles cuadros musicales en base a grabaciones de jazz (?NY Export: Opus Jazz?).
Todo eso sucedió en un día y el joven del relato a
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