Y dale con los contenedores
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Dábamos cuenta días pasados en este mismo espacio de las vicisitudes en torno a la llegada de un contenedor al barrio. La crónica intentaba describir las reacciones que genera la presencia del aparato en cuestión en la cuadra, habida cuenta de que quien más quien menos tiene en el fondo de la casa algo para tirar, que por su volumen o peso los recolectores no se llevan.
Dejé sentado en dicha columna que en más de una ocasión me he deshecho de algún objeto inservible, amparado en el anonimato y la oscuridad de la noche.
A manera de atenuante, las veces que he tenido que alquilar un contenedor me han tocado las generales de la ley, situación que acepté con solidaria resignación.
Me referiré en esta oportunidad a una tercera variante en torno a los contenedores. Variante a la que también adhiero incondicionalmente: el curioso. El que no resiste a la tentación de mirar qué hay dentro.
En mi caso, la vergüenza me juega en contra y cuando veo algo interesante debo librar una batalla interior entre mi costado pacato y el cartonero que llevo dentro.
No quiero decir que esta tarea sea vergonzante ni mucho menos. Por el contrario, el cartonero se hace cargo ni más ni menos que de una actividad que a esta altura debiera ser un deber en una sociedad que se precie de organizada: el reciclado.
Lo cierto es que de tanto en tanto, parado frente a un contenedor me asalta la duda existencial: ¿me lo llevo o no me lo llevo?, ¿me estarán mirando?, ¿y si pasa algún conocido?
Porque convengamos, tampoco soy un reconocido artista plástico de vanguardia, que hace esculturas con pedazos de palanganas y viejos caños de luz. Ni tampoco tengo el don de un Trueba o un Furlanis que con tres chapones, medio litro de pintura y un buen gusto fuera de lo común, ambientan una sala.
Ni trabajo ni arte, lo mío es coleccionar porquerías.
También es cierto que los tandilenses somos poco generosos a la hora de desprendernos de los objetos. Apego sentimental o amarretismo, vaya uno a saber.
Cuentan quienes han vivido en el primer mundo, que es habitual encontrar electrodomésticos, muebles y hasta computadoras tiradas en la basura. Incluso en Buenos Aires suelen hallarse pequeños tesoros en los contenedores.
En esta ciudad la cosa no pasa de reposeras oxidadas, macetas rotas, baldes rajados y alguna silla desvencijada.
Así y todo tengo en mi haber dos o tres cositas que exhibo con orgullo cuando alguien viene a casa. Entre ellas, una antigua valija de cartón que me encontré una tarde en calle Pellegrini.
-Estaba en un contenedor, aclaro enseguida, sin que nadie me pregunte.
Ya se me ha hecho costumbre cuando voy en el auto y veo un contenedor, aminorar la marcha y estirarme para ver qué hay adentro.
Hace un par de meses, venía por 25 de Mayo, al mediodía, y vi unas maderas viejas asomando. Me estacioné unos metros más adelante y disimuladamente, me acerqué. Efectivamente, eran restos de un viejo banco de carpintero, en parte apolillado. Debajo, y casi aplastada, una jaula antigua.
La hora no era la indicada; había un tránsito incesante. No obstante, me zambullí medio cuerpo adentro del contenedor, forcejeando para sacar la jaula. En una de esas, asomé como para retomar impulso y escuché que de enfrente me gritaban.
-¡Hey!, Marquitos, ¿te dedicás al cirujeo ahora?
En un instante me subieron todos los calores a la cabeza. Me sentí una calabaza de Halloween.
Era el bueno de Franco Manazzoni que me miraba sonriente.
-¡Qué va a hacer…! -atiné a decirle, mientras me sacudía las manos, como queriendo sacarme el polvo-. ¿Vos bien, Franquito?
Sin esperar respuesta, me subí al auto con la cabeza aún en llamas.
Volví a la noche, pero la jaula ya no estaba.
Capaz que se la llevó Franquito. Desde entonces no lo volví a ver. De cualquier manera, si lo veo no creo que me anime a tocar el tema.
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