Ya es hora de un gobierno parlamentario
La forma en que se inició el año político y más aún el año parlamentario nos anticipa un 2010 de conflictos institucionales permanentes. El Poder Ejecutivo recurriendo a los decretos de necesidad y urgencia aun cuando se halle reunido el Congreso, y la oposición recurriendo a las cámaras para anularlos o a la Justicia para impedir su ejecución antes de que puedan ser tratados. El Poder Judicial convertido en el árbitro entre los otros dos poderes, acusado de ?partido judicial? si falla en contra del Ejecutivo y de ?falto de independencia? si falla a favor. Huelga decir que en este entrevero el primer perdedor será el país, ya sea por el desprestigio de sus instituciones o por el perjuicio directo al pueblo al trabarse la normal administración.
Nos hallamos ante una situación de virtual empate de poderes, por cuanto si bien el Ejecutivo ejerce la administración general y dispone de todos los recursos del presupuesto nacional, el Congreso puede ponerlo al borde de la ilegalidad o trabar sus actos. Por ejemplo, no convalidando la designación de Mercedes Marcó del Pont en el Banco Central o trabando la designación de embajadores o ascensos militares. A esto se suma la segura recurrencia al veto que hará la Presidente sobre las leyes que logre sancionar la oposición, la que carece de la mayoría de dos tercios para insistir en su promulgación.
Frente a un panorama de virtual parálisis de las instituciones es hora de pensar si no sería conveniente cambiar el sistema de gobierno ?previa reforma constitucional, desde ya-. Nuestro sistema presidencialista tiene la característica de que si el titular del Ejecutivo no posee mayoría propia en las cámaras puede verse paralizado en su accionar. Finalmente, ni gobierna el oficialismo ni gobierna la oposición. No se ejecuta ninguna política coherente. En Estados Unidos el sistema ha funcionado ?hasta ahora-, quizás por la relativa independencia de los senadores y diputados con respecto a sus partidos, pero en nuestro país no, como lo demuestran la debilidad del último tramo del gobierno de Alfonsín y todo el período de De la Rúa.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailEl sistema parlamentario
En un sistema parlamentario sólo se votan legisladores y sólo el partido o coalición de ellos que consigue un voto de confianza ?es decir, mayoría en las cámaras- puede formar gobierno. Ergo, nunca se asiste al espectáculo de un gobierno que no puede hacer aprobar una ley en las cámaras. Si le sucede, se cae y se forma otra coalición o se anticipan las elecciones. Así funcionan España, Alemania, Gran Bretaña, Italia y tantos otros. En la mayoría de los casos, los legisladores se eligen sólo cada cuatro años, y en el intermedio se eligen intendentes ?alcaldes- y concejales.
Esto fuerza a hacer alianzas, a negociar, pactar programas de gobierno y a la larga, a un sistema de partidos razonable que garantice la gobernabilidad. En nuestro sistema asistimos a una competencia despiadada para imponer mayorías circunstanciales que se hacen y deshacen con toda facilidad.
No se me escapa que en Italia ?quizás el más parecido a la Argentina de todos los países europeos- el sistema parlamentario llevó a gobiernos débiles que se caían con facilidad, pero una reforma del sistema electoral que forzó a reducir la cantidad de partidos políticos, terminó con ese déficit, cualquiera sea el juicio que nos merezca el gobierno de Berlusconi.
Se dice que el sistema parlamentario no condice con la mentalidad argentina, que es un país caudillista, que necesita de liderazgos fuertes. Supongo que lo mismo dirían en 1853 quienes se oponían al dictado de una Constitución. La democracia, más que un sistema de gobierno es una forma de convivencia y la convivencia se aprende en la práctica de todos los días. Ninguna persona ni ningún país está programado para ser eternamente igual y no poder rediseñarse a sí mismo si eso le conviene. *
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