Buenas costumbres
La escena transcurre en un mercadito de barrio a la hora en la que se hacen las últimas compras del día: la botellita de vinagre para condimentar la ensalada, unas hamburguesas porque no hay tiempo ni ganas de pensar en la cena, el atado de cigarrillos por las dudas que se terminen o la cerveza, porque la primavera remolona comienza a ameritarlo.
Y es que la noche que está empezando se siente tan linda que dan ganas de salir. Incluso hasta el mercadito. Van las madres con los nenes, las parejas, las familias enteras. Y el lugar -una suerte de shopping de entrecasa- está colmado. No hay que sacar número ni hacer cola, pero el orden de llegada se respeta como una cuestión de honor y vecindad.
Hay un nenito de unos dos años que va y viene entre las pocas góndolas, ante la mirada de los padres. La gente sigue entrando: el tipo que recién sale del trabajo, una piba que viene a cargar la SUMO, los estudiantes que llegan con incontables envases vacíos. Entre las piernas de todos ellos, el nene corre, juega. Se entretiene y también entretiene a los que esperan, que lo miran y no pueden evitar la sonrisa.

