De memorias y orgullos
Esta selección será inolvidable. Una nueva columna de Marcos González
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Esta selección será inolvidable. Lo digo desde la facilidad que en asuntos de memorias y olvidos impone la edad. Las chances de que viva medio siglo más son más bien escasas. Y ese es, a grandes rasgos, el tiempo que requiero un olvido.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailO si se quiere: nadie se olvida lo que pasó ayer. Mi vida tiene más de ayer que de mañana.
Por una cuestión generacional debo decir que mis selecciones inolvidables (cuyas formaciones puedo nombrar sin titubear) son las del 86 y las del 94.
Como se verá, no es cuestión de triunfalismos. Una logró el título; la otra, se volvió en octavos.
Artífice de ambos resultados fue Diego Armando Maradona.
Por eso (por muchas otras cosas) soy encaprichadamente maradoniano.
Mi hijo más chico siente eso mismo por Messi. Y lo seguirá sintiendo toda su vida. Incluso si surge otro futbolista argentino (cosa que casi daría por descartada) que lo supere.
Mi hijo más chico dirá cuando pasen los años que esta Selección, la de Scaloni, la de Messi, la de Qatar, la de las copas América, la de 2026, es inolvidable.
Entonces, en lo personal me reservo el beneficio del orgullo.
Esta Argentina me hizo sentir orgulloso.
Vuelvo a la cuestión etaria: es difícil que en mi veteranía involuntaria algo me genere un orgullo genuino. Porque a los 64 debo sumarle unos cuantos vendavales de frustraciones, desencantos, fiascos y desalientos.
En el fútbol y en lo que no es fútbol también.
Ayer me senté a mirar el partido con dos convicciones contrapuestas. Una, que “ya estaba”. Después de ganarle a Inglaterra mi demanda estaba satisfecha. La otra: a los cinco minutos, quería salir campeón.
No se dio. Claro. Pateamos dos veces al arco, en los últimos cinco minutos del segundo tiempo del suplementario. Ciento quince minutos sin verle la cara al arquero español.
Y no me importó. No porque hoy me dé lo mismo perder una final, sino porque en ese instante entendí que no había nada para reprochar.
Como si una sabiduría extraña (pero sobre todo desconocida) me hubiese invadido. Entendí todo: físicamente estábamos mal, las lesiones, jugadores clave jugando al 60 por ciento. Y un rival superior.
Por supuesto, grité por algunos pases mal dados, pretendí cambios que no se hicieron, renegué de la formación inicial. Si no hubiera hecho todo eso, sí me hubiera desconocido por completo.
Pero el árbitro pitó el final, me levanté del sillón y fui a preparar unos mates.
Para cuando volví, comenzaba la ceremonia de premiación. Y ahí estaban los muchachos, esperando su turno para recibir esa medalla que estoy seguro, pero muy seguro, de que ningún futbolero argentino quiere recibir: la del segundo puesto. El estigma del cebollita.
El gesto que vino después me terminó de convencer que además de orgulloso, esta Selección es lo que más me representa en estos tiempos complicados.
Con su dolor a flor de piel, con las lágrimas de Messi brotándome un dolor que se me hizo propio, mientras a sus espaldas la justa fiesta española continuaba, los jugadores se pusieron de frente a su hinchada.
¿Cuántos minutos? ¿Diez? ¿Quince? ¿Una eternidad que quedará registrada en fotos y videos? No sé.
Ahí estaban, los derrotados ofrendando, manifestando o poniendo a consideración su derrota ante los únicos a los que se le deben rendir cuenta: los millones de hombres y mujeres futboleros de este país.
Mi hijo mantendrá en su memoria el campeonato de Qatar, los títulos continentales, la Finalísima contra Italia, la remontada contra Egipto, la guapeza y el triunfo frente a Inglaterra.
A mí, para quien el olvido es un lujo, me alcanza y me sobra con el orgullo.
Que me durará, qué duda cabe, toda la vida.