De olvidos y de anuncios
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Agarro la tijera -que siempre guardo en el mismo cajón- para abrir un paquete. Me suena el celular, leo el mensaje de WhatsApp, lo respondo y ya no sé dónde dejé la tijera.
Vuelvo al cajón, protesto, desando mis pasos, reviso los bolsillos, vuelvo a protestar, me siento y trato de recordar por dónde anduve mientras leía y respondía el mensaje. Me río un poquito; pienso en mi mamá -y en todas las madres en esas circunstancias-: “Que no vaya yo y la encuentre, mirá…”.
Me preocupo, porque a la edad que tengo pueden ser señales claras de que el bocho está empezando a andar en tres cilindros. Me alivio pensando que desde que tengo uso de razón me pasan estas cosas. Apelo a mi mejor versión de negador y le doy vuelta a mi personal teoría de que los objetos a veces tienen voluntad propia. Y son jodones, porque se esconden para volver a aparecer al rato en el mismo lugar donde los buscamos.

