Con gusto a roble
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-¿Sabés?- me dijo sabiendo que no sabía- . Yo pensé que en una de e las frustraciones más grandes de una vida, y cuando digo una vida no digo la vida, sino una, la de un hombre, una mujer, una persona, bueno, yo pensaba que una de las frustraciones más grandes de una vida era llegar a cierta edad, ponele emblemática como los 40 o los 50 o la que quieras, y esa botella de vinito que te guardaste para una ocasión especial todavía está ahí en la alacena o en el modular del living o en una cava, si tenés cava. Un buen vino, pero también puede ser un champagne, un whisky, un brandy. Una botella cara. Que una vez compraste o te regalaron. O te afanaste, no importa. Y la ocasión uno siempre la asocia con un amor o tan siquiera un amorío especial, una cena romántica. Pero también podía ser otra cosa: pegaste un laburo, te recibiste de algo, te fuiste a vivir a tu propia casa.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailY de tanto en tanto, buscando otra cosa, te encontrás con la botella, todavía cerrada, intacta. Y si es de vino, probablemente ya se haya picado. Te decís ´má sí, me la tomo hoy mismo, qué voy a andar esperando qué….´. Pero no hay caso: a último momento, te das una nueva chance. Esperaste tanto, mirá que no vas a esperar un poco más. Porque esas cosas funcionan así: hoy te tomás la botella que guardaste cinco años y al otro día te llaman de la editorial para decirte que van a publicar tu libro. Hasta que la botella pasa a formar parte del modular, como si fuera una visagra. La vez, pero no la ves. Y un día, que bien puede ser esa edad emblemática, pinta bajón y viste cómo es la mente humana, que se castiga, hacés un balance, un inventario y te acordás que habías guardado esa botella. La frustración te envuelve como un toallón de hotel cinco estrellas. ¡Ni una ocasión especial! ¡Ni una! Digo una a la altura de tus expectativas.
-Bueno, ¿pero sabés? –volvió a preguntarme sabiendo que yo no sabía-. Luego lo pensé mejor y la frustración más grande es no haber guardado nunca esa botella. Primero, porque puede que nunca te sobró un mango para semejante gasto. Hablamos hoy de tres, cuatro lucas para comprarte uno de esos vinos que te pasan por la garganta como si fuera terciopelo. Ni hablar si es un whisky: una fortuna. Tampoco en el ambiente que frecuentas son de regalar esas cosas. Por ahí te regalan un vino, sí, un vino más o menos bueno, ponele, pero lo hacés fleco en el primer asado que pintó. Porque me juego la cabeza que no esperás una ocasión especial. Como si esas cosas no fueran para vos. Porque la vida te apaleó tanto, que ya naturalizaste la paliza. Y ojo que te puede pasar: encontrás el amor de tu vida, te recibís de algo, pegás un buen laburo, un viaje. No al espacio, como el insolente este del otro día: un viaje lindo. Porque cada quien sueña con la zapatilla del número que le va. Pero vos no te guardaste esa botella, porque en el fondo nunca pensaste que se te podía dar. Una frustración que se da por descontada.
