Desde lejos no se escucha
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A las personas de pocas palabras en ocasiones se las considera observadoras, pensantes, analíticas. Quizás en algunos casos sea así. Me considero un tipo bastante silencioso y no creo encuadrar plenamente en esas descripciones. A veces me quedo callado no por estar analizando algo en profundidad: simplemente no tengo nada para decir. No sólo nada importante; en ocasiones, simplemente nada.
Tampoco encajo en eso de ´habla si lo que tienes que decir es mejor que el silencio´. Me gusta más como lo dice Claudia Piñeiro: ´si se va a rasgar el silencio con una palabra es porque esa palabra lo merece, porque debe ser dicha, y porque es ésa y no otra´. Y tampoco soy de esos.
Porque al fin y al cabo, si uno toma tal sentencia al pie de la letra es muy posible que se pase el resto de la vida sin abrir la boca.
Reconozco que a veces quedarse callado es saludable para uno, pero sobre todo para los demás. Aunque si el mundo estuviera habitado por tipos como yo, las reuniones sociales, las mesas de café, las colas en un banco, los encuentros por zoom y hasta la vida en familia serían un verdadero tedio.
Admiro mucho a quienes tienen la capacidad de contar, que no es lo mismo que la tendencia a hablar. Aunque lo que digan sea superfluo, inconsistente, discutible, me gustan los que tienen una historia para contar y lo hacen bien.
Creo que no abundan, más bien están en extinción. O tal vez estén opacados, perdidos entre tantos charlatanes que hacen del relato un ejercicio ilegal del relato.
Como contrapartida, tal vez causa, tal vez consecuencia, entiendo que hemos perdido la capacidad de escuchar.
Hasta no hace mucho, quienes trabajamos en el oficio de la palabra escrita nos preocupábamos porque los lectores tendían a desaparecer. Es cierto, al ritmo de las nuevas tecnologías la lectura ha quedado relegada. Podrá decirse que las redes sociales han revertido esta tendencia. Lo dudo; leer es otra cosa. En ciertos casos, desentrañar un mensaje de whatsapp a veces tiene más de interpretación que de lectura, por la cantidad de dibujitos y chirimbolos que se utilizan.
Todo sea para ahorrar tiempo y darse a entender.
Entonces, quien se dispone a leer necesariamente está dispuesto a dejar en un segundo plano el resto de los sentidos. Clausura temporariamente el habla, el oído, el tacto y hasta la vista; suspende cualquier estímulo externo.
Es decir, se concentra; todo lo contrario a lo que el mundo nos expone: distracción, vértigo, multimedias, alarmas, timbres de mensaje, 3D, HD, 5G. No por nada, las pocas bibliotecas que aún se mantienen en pie conservan carteles de "guardar silencio".
Con los que saben escuchar tal vez esté pasando lo mismo que con los lectores: cada vez quedan menos. Se aburren, se dispersan. Ante tanto estímulo del afuera, concentrarse para prestarle atención a alguien es todo un esfuerzo. Porque ese alguien no es un profesional del habla: somos cualquiera de nosotros. Somos el tipo que perdió el trabajo y se lo quiere contar a alguien; el que al hijo lo hicieron abanderado en la escuela; el que se le murió el perro y no puede llorar. Es el portador de las pequeñas historias cotidianas que necesita compartir.
Somos cualquiera de nosotros, a punto de confesar un crimen, un amor o una miseria ante un tipo al que le suena el celular, le entra un mail o entra en Tinder a ver qué onda. Que escucha como de lejos.
-Perdón... ¿qué me estabas por decir?
-Nada, nada. Una pavada.
