Desencuentros
:format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2022/02/fantasmas.jpg)
Creo que la última vez que lo vi me comentó que se iba a ausentar un tiempo porque lo habían asignado en comisión al Castillo de Egaña para la temporada alta de turismo. No dudo de que haya ido; lo que sí sospecho es que se haya quedado tanto tiempo. Mi amigo El Fantasma es, ante todo, un tipo inestable. O tal vez debería decir inquieto.
Como sea, desde hace unos días lo estoy buscando porque leí algo de Alejandro Dolina sobre los fantasmas y qué mejor que recurrir a las fuentes.
Durante estas últimas noches destempladas e inclementes me he lanzado a las calles del barrio en su búsqueda. No sé muy bien los lugares que frecuenta ni mucho menos su nombre, como para gritarlo en la oscuridad. De haberlo sabido, no creo que me hubiera expuesto a las miradas detrás de las celosías de los pocos vecinos a que me vieran caminando solo de noche, bajo la lluvia, gritando a viva voz un nombre masculino. Hasta donde tengo entendido, este es un barrio de gente decente.
Me pareció verlo en más de una oportunidad, en la semiluz de la luna o las lamparitas del alumbrado público que tienen aún menos potencia. Se dice que de noche todos los gatos son pardos, a lo que podría agregar que en la penumbra, todas las sombras son fantasmas.
Tengo la íntima sospecha que alguna de esas sombras, apenas insinuadas entre las ramas de los pinos o deslizándose entre los yuyales ha sido uno de ellos. No mi amigo, claro; pero sí otro de su clase. A cada uno nos está asignado ver solo una parte –que estimo mínima- de la cantidad de fantasmas que nos rodean. Caso contrario, esto sería un caos, con calles superpobladas de espectros, perros y cristianos, con el consecuente fastidio para determinar cuál es cuál y esquivar tarasconazos, mangueos y otros sustos.
Me sucede algunos días que percibo que cierta gente no me ve, lo que deriva en una bifurcación de mi teoría: hay personas a las que no solo les está permitido ver apenas un porcentaje de los fantasmas que merodean su entorno, sino también una cierta cantidad de mortales. La otra opción es que yo mismo sea un fantasma que todavía no me he dado cuenta de mi condición. En principio, esto último parece perturbador; luego, no tanto; a ciertas alturas de la vida, preferible.
Así las cosas, todas estas noches he regresado a casa mojado, embarrado y frustrado. Con cierto enojo a flor de labios: “al final, estos tipos nunca están cuando uno los necesita…”.
El domingo a la noche, luego de darme una ducha reparadora y antes de acostarme, me encontraba mirando por la ventana de mi habitación, que está en la planta alta. De repente vi pasar por la calle un hombre ajeno a la vecindad, con un piloto beige, algo que parecía una mochila sobre la espalda y botas de caña alta. Miraba hacia atrás y los costados, como si se sintiera perseguido. O fuera el perseguidor.
Lo chisté más por curiosidad que para pedirle ayuda.
-¡Ey, caballero! Acá arriba… Buenas noches.
-Uy, me asustó. Buenas noches.
-Veo que anda buscando algo y como yo también lo estoy (lo estuve hasta hace un rato, bah) le pregunto: ¿no habrá visto un fantasma por ahí? Un tipo más bien pálido, alto y un poco encorvado…
-No, no he visto a nadie con esas características. Además, lamento desilusionarlo, pero los fantasmas no existen. Son cuentos para asustar a los niños y mantener entretenidos a seres inferiores.
-Está bien. Olvídese. ¿Usted quién es?
-Un ángel de la guarda.
-Ah. ¿Se le perdió algo?
-Sí: el muchacho que me asignaron para cuidar. No lo puedo encontrar y temo por su suerte, porque es algo inquieto.
-¿Hace mucho que lo perdió?
-Mis tiempos no son los mismos que los suyos, pero según su almanaque ya debe hacer algunos años.
-Ah. ¿El muchacho en cuestión solía andar de traje marrón con sacro cruzado?
-¡Sí! ¿Por? ¿Lo vio o no lo vio, entonces?
-No, no. Pero si lo veo le digo que lo andan buscando.
-Le agradezco. Y hágame caso: no crea todo lo que le han contado.
