Ediciones
:format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2021/09/sin_t%C3%ADtulo-4-2.jpg)
En este momento soy el editor de imágenes de un recuerdo. En realidad no soy el único que puede hacer estas cosas: todos lo somos y en todo momento. La memoria es la materia prima con la cual elaboramos los recuerdos. A gusto y placer o a la inversa. Porque también es cierto que a la hora de las culpas y los arrepentimientos, nada como agregarles agravantes a lo que nos dicta la memoria.
Voy a esto: en este momento decido detener la imagen. Voy a editar. La pelota ya está en el aire. Acaba de pegar en el último ladrillo vasco de la vieja pared en el fondo de la casa de mis tíos, la que divide su propiedad de la del vecino de a la vuelta. Allí, además de gente vive un perro. No es ni malo ni bueno ni demasiado guardián ni muy ladrador. Es, entiendo yo –pero lo entiendo ahora, al momento de editar las imágenes- un perro aburrido. Está esperando que por su vida pase algo interesante. Una perra, por ejemplo; que el dueño le diga ´vamos a pasear´; que a la casa llegue un perro nuevo para corretear y morderse despacito las orejas. Nada de eso le ha pasado en la vida. Por eso, cuando se acuesta junto a la puerta de entrada de la cocina mira para el fondo, no para la casa donde está su familia. Sabe que de ahí no va a venir ninguna sorpresa. Pero del otro lado, sí. Más concretamente, del otro lado del paredón. Una vez, pasó un gato y lo corrió y a punto estuvo de hincarle el colmillo. Pero era un gato rápido y como apareció del otro lado del paredón, en décimas de segundos volvió a desaparecer.
Sin embargo, lo que de tanto en tanto caen del otro lado son pelotas de fútbol. Ya fueron como tres. Y si bien cuesta enterrarle los colmillos, la sensación de pincharlas es excitante. Además, luego queda objeto de cuero con el que jugar durante varios días. Las tres pelotas que cayeron del otro lado tuvieron ese final. Las tres pelotas eran de mi primo.
La cuarta, en este momento está en el aire aún. Cinco centímetros más allá y su suerte estará echada; cinco más acá y todo seguirá como si nada.
El que le acaba de pegar un puntinazo a la pelota fui yo. A pesar de las estrictas recomendaciones de mi primo –“no la levantemos porque si cae del otro lado del paredón, el perro la rompe. Ya me rompió tres. Mi viejo me va a matar”- le pegué muy de abajo. Yo le quería dar fuerte nomás, para poder hacerle un gol al amigo de mi primo que estaba en el arco, delimitado por un fierro que sostenía el cordel de tender la ropa y dos ladrillos que apilamos nosotros. Le pegué fuerte y un poco alto. No lo voy a negar, ni en ese momento ni ahora que estoy editando las imágenes (la pelota ya subió, quedó suspendida unos segundos y ahora ya está cayendo): pero el arquero en lugar de dejarla pasar o de atenazarla, la tocó con la punta de los dedos de la mano derecha. Y la elevó aún más. Apenas unos centímetros, que proyectados fueron suficientes como para que el balón diera justo en el filo redondeado de un ladrillo de la última fila del paredón. Del tapial, para ser más precisos. La velocidad, el impulso y el efecto que tomó la pelota, hicieron el resto: picó bien para arriba, en vertical casi perfecta de 90 grados. Cuatro, quizás cinco metros hasta llegar a su punto más alto. Y allí, comenzar a caer. Que es lo que está haciendo ahora, mientras edito, en cámara lenta.
Tomo las imágenes de la cámara 2 y está mi cara. Tengo una mirada que parece no alcanzar todo lo que quiere abarcar; los ojos desmesuradamente abiertos; la boca, algo torcida, en una mueca de arrepentimiento; el labio inferior, ligeramente metido hacia adentro, a punto de dejarse morder. Claramente, es el rostro del miedo.
La cámara vuelve a abrir el plano, panea y se va al arquero, el amigo de mi primo. Está sonriendo, no hay duda. Es la cuarta o quinta atajada fenomenal de la tarde. Es su tarde. En lo que a mí respecta, lleva la valla invicta. Sabe que no le voy a poder hacer un gol nunca más. Me tiene de hijo. Sonríe, ajeno a lo que está ocurriendo a sus espaldas. De saberlo, disimularía un poco ante su amigo.
Cámara 3, en plano detalle del rostro de su amigo: mi primo. Hay, en su ojo derecho, más precisamente en la comisura interna, el brillo de una lágrima naciendo. Sabe con precisión que es la cuarta pelota que va a perder en las fauces del perro aburrido de los vecinos del fondo. No la define como la cuarta, sino como la última. Porque es lo que está recordando en este momento en que la lágrima está brotando: las palabras de su padre. “Es la última pelota que te compro. Dejá de patear acá en el patio, andá al potrero de la esquina…”.
Y mientras en la comisura de su ojo derecho la fatalidad está a punto de precipitarse, en su izquierdo ya se materializa la furia. Es una mirada –o media mirada, para ser más exacto- furiosa. Imagina que en siete u ocho segundos más, va a estar dándome trompadas en el piso. “Te dije que no le pegaras alto”, me dirá entre dientes. Se entiende entonces mi gesto de terror, ya descripto por cámara 2.
La tecnología actual me permite montar una cuarta cámara, por entonces ausente. Está instalada sobre un dron, que se eleva y sobrevuela el patio del vecino. La pelota sigue cayendo, indecisa o tal vez indefinida. La imagen hace foco en el perro, acurrucado aún sobre sí mismo junto a la puerta de la cocina. No obstante, tiene un ojo abierto y una oreja, la contraria, que va camino a erigirse. Mientras no puede salir todavía de una modorra que no es sueño sino vacío existencial, el ojo le confirma que la vida puede volver a recobrar el sentido, cuando esa cosa redonda que está en el aire le caiga a sus pies. Su mente, elemental pero atenta, ya dio la orden de correr; el cuerpo, todavía no decodificó el mensaje.
Vuelve cámara 1, primer plano de la pelota, a velocidad normal. Acompaña el último tramo de su caída. Caprichosamente, volverá a picar sobre el tapial y a elevarse medio metro más, antes de precipitarse nuevamente.
Acá es cuando dejo de editar. La imagen quedará eternamente detenida. No puedo hacerme trampa. La memoria es inequívoca, el recuerdo tiene cierto margen de acción, pero no puede torcer la realidad. Y la realidad ya es cosa juzgada.
Mi primo habría de pedirme perdón esa misma noche. Fue la única condición que le impuso mi papá antes de entregarle una pelota de cuero flamante, recién comprada. O mejor dicho, financiada.
Aquella tarde, que quedará para siempre detenida como ahora he decidido dejar la pelota, me hice de una hemorragia nasal que me duró poco más de una hora y de una deuda a pagar en incómodas cuotas, condonada luego de un tiempo.
Fundido a negro. Vuelvo al hoy.
