El otro Julio
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Hoy es el cumpleaños de Julio Cortázar e inexplicablemente no tengo ganas de hablar de su obra literaria. Por dos razones fundamentales: no sé del tema, solamente lo leí –a veces con desesperación, a veces con admiración, a veces con desentendimiento y a veces con gusto-. Pero principalmente quiero alejarme de ese rol que de tanto en tanto asumo sin darme cuenta que es el de la palabra exaltada, el de la glorificación y toda esa parafernalia que me recuerda a los antiguos actos de círculos literarios en donde un poeta presentaba su reciente libro y el presentador se la pasaba veinte minutos hablando loas del ñato ante los bostezos generalizados.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailMe gustaría poder hablar del Cortázar que todavía no era Cortázar, pero que empezaba a insinuarse. El muchacho que se recibió de profesor de letras y como de algo tenía que vivir y de paso pasarle unos pesos a su madre, no le quedó más remedio que aceptar empleos en escuelas del interior de la provincia, dando materias como geografía, historia o instrucción cívica.
“No me satisfacía ni mucho menos –habría de confesar tiempo más tarde y ya consagrado en una entrevista-, pero me sirvió para ayudar a mi madre”.
