El pelotazo como lección
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Ha de ser que los últimos acontecimientos de orden público que suceden en nuestro bendito país no me dan respiro, por ello es que de tanto en tanto me derivo hacia otras informaciones un tanto menos traumáticas.
Fue así que llegué a enterarme que mientras realizaba el calentamiento previo del partido, Cristiano Ronaldo le pegó soberbio pelotazo a un vigilante y lo tumbó.
Dicho sea al pasar, la noticia (?) realza el gesto del jugador portugués que ni bien se percató de las consecuencias de su balinazo, fue a socorrer al desmayado. Por lo que se ve, no solo el periodismo argentino está en crisis: a ver ¿cuál es el gesto de solidaridad? ¿dónde radica la nobleza del acto? En todo caso, demuestra que CR7 es una persona, algo que de lo ya estábamos enterados. O deberíamos.
A lo que voy es a la fatalidad de recibir un pelotazo. Quién más, quién menos, ha sido víctima de este tipo de accidente. Algunos, en más de una oportunidad. Y no me estoy refiriendo a un jugador o a alguien que está jugando al fútbol, porque las probabilidades de que ello ocurra son altas. Hablo del que está afuera de la cancha, del potrero o del lugar donde transcurre el cotejo.
Recibir un buen pelotazo en la cabeza es entender un poco del mundo. Es, en algún sentido, avivarse. ¿De qué? De que no hay que andar por la vida en condición de incauto; boleando cachirlas, como se decía antes.
Porque quien se come un pelotazo es el último en enterarse. Mientras el resto del mundo sabe que esa pelota que viene en el aire tiene como destino su cabeza, él (o ella) sigue como si nada, mirando para otro lado. Es más, desoye o no interpreta las últimas y urgentes señales que le llegan del exterior. Ante el grito de “¡guarda!” o “¡cuidado!” o “¡agachate!” que le advierte el prójimo, lo mira sin comprender. Incluso comienza a ensayar el clásico gesto de hacer “montoncito” con los dedos para preguntar ´guarda el qué…´. Obviamente, no alcanza a completar el ademán: cuando el brazo va a la altura de la cintura, siente el estallido.
Porque un buen pelotazo en la cabeza (sobre todo si el impacto se da cerca de una de las orejas) es una explosión. La velocidad del sonido es mayor a la del entendimiento. Con lo cual, primero siente un ruido (el de la pelota impactando contra una superficie: la propia, el cráneo) y unas milésimas de segundo después, el dolor. Entonces sí, tarde e infructuosamente, intenta meter la cabeza dentro de los hombros. Luego, el cuerpo todo acusa la conmoción.
Y es en esta instancia en la que operan varios factores, con predominancia de la propulsión del balón. Si es un flor de pelotazo –como los que suele ejecutar Cristiano Ronaldo- la humanidad toda se derrumbará en sentido hacia dónde iba dirigida la pelota. ¡Pum!, de cara al piso, sin atenuantes. Desmayo total. Volverá en sí, con suerte, en el mismo lugar, luego de recibir unos cuantos cachetazos y un baldazo de agua, o en una sala de emergencias. “¿Quién soy? ¿dónde estoy? ¿qué pasó?”, “¿quién fue?”.
El material constitutivo de la pelota es otro de los factores a analizar. En la actualidad, las pelotas están hechas de algún tipo de aleación sintética que la convierte en friendly a la hora del pelotazo. Antes, y me remonto a mis años de infancia, un balón iba tornándose más duro a medida que pasaba el tiempo. Capas sucesivas de barro, grasa –con la que se los mantenía impermeabilizados- líquenes y otras especies parasitarias, lo convertían en una esfera cementicia. Recibir un pelotazo era pasaje seguro a terapia intensiva. O al más allá.
Aspectos como la distancia, la dirección de viento, el color de la pelota, el ángulo ascendente o descendente y si viene con comba o sin ella, también son materia de análisis, pero no abundaremos al respecto.
Sí es preciso dejar en claro lo consignado en los primeros párrafos: quien no recibió un pelotazo en su vida, carece de la preparación necesaria para enfrentar el mundo de hoy.
Hay que andar por la vida mirando para todos lados, con ojos y oídos bien alertas, atentos a las señales de terceros, dispuestos siempre a llevarse los brazos a la cabeza o zambullirse al piso, llegado el caso.
Es por eso que todo padre o madre que se precien de tal deben pegarle un buen pelotazo a su niño/a a bien temprana edad. Lo harán como parte del juego: ubicar al infante en cercanías del arco (profesional o improvisado), decirle “ahora atajá vos” y ahí sí, apuntar bien, cerrar los ojos y darle de puntín, sin contemplaciones emocionales ni de otro tipo. Luego vendrán las disculpas del caso, los consuelos, el agua en la cabeza y las explicaciones a la madre o padre de la criatura. Pero el trabajo parental estará hecho: ese niño ya aprendió todo.
O casi.
