Elogio de lo conciso
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No siempre la grandeza está asociada a la abundancia. A veces me digo que casi nunca. En literatura —como en la conversación— hay quienes confían en el exceso y quienes apuestan por la sustracción. Escritores que edifican catedrales y otros que levantan monoambientes, pero habitables para siempre. Arthur Rimbaud escribió lo esencial antes de cumplir veinte años y se fue. Emily Dickinson publicó casi nada en vida. Nuestro Macedonio Fernández publicó poco y “tarde”, y sin embargo fue fundamental en la literatura nacional. Todos ellos parecieron intuir que decir menos no es callar, sino elegir con mayor rigor.
En este caso sirven las comparaciones y a veces se me da por trasladar ese consejo literario a las cuestiones de la oralidad. Me gustan las personas que hablan un poco menos de lo justo. Que dejan a uno con la tarea de culminar una frase o un razonamiento. O, al menos, de asumir el desafío de estar a la altura de esos silencios.
Pero volviendo a lo literario me viene el ejemplo de Juan Rulfo, a propósito del aniversario de su fallecimiento. El mexicano hizo de esa brevedad su sello. Lo que no le impidió —con apenas dos libros fundamentales— ser uno de los más grandes escritores de lengua hispana. El llano en llamas y Pedro Páramo son casi sus únicas obras y constituyen, además, una de las puertas de entrada a ese género dado en llamar realismo mágico, por la que luego se animaron a entrar otros, como Gabriel García Márquez.
Cierta vez le preguntaron por qué, luego de esos libros, no volvió a escribir, y respondió: “se me murió el viejito que me contaba las historias”. La referencia era a su tío Celerino, quien realmente existió y con quien recorrió buena parte de su país. Sin embargo, la respuesta —más o menos ingeniosa— fue una excusa para salir del paso. En otra ocasión, ante un interrogante similar, la declaración fue más contundente: “no tengo más nada para decir”.
El asunto de por qué Rulfo no había vuelto a escribir fue motivo de análisis y debates en el ambiente literario de la segunda mitad del siglo pasado. Al respecto, el escritor hondureño Augusto Monterroso lo resumió en una suerte de fábula. No es un dato menor: Monterroso es el autor del microrrelato más breve —y más famoso— de la historia de la literatura: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”.
“El zorro es más sabio”, se llama el texto, y cuenta la historia de un zorro que publica un primer libro excelente y un segundo aún mejor. El éxito es tal que profesores, críticos y lectores le exigen un tercero. El zorro, cansado, piensa —pero no dice— que en realidad lo que quieren es que publique un libro malo. Como es un zorro, decide no hacerlo. Y no lo hace.
La fábula de Monterroso no sólo dialoga con Rulfo: discute una ansiedad muy extendida, la de la productividad como valor en sí mismo. Como si el silencio fuese un defecto y no, a veces, una forma de dignidad. Rulfo y Monterroso parecen decir lo mismo desde lugares distintos: hay obras que se completan justo cuando se detienen. Todo lo que viene después corre el riesgo de ser repetición, ruido o concesión.
Hay quienes encuentran placer en la abundancia. Yo me quedo con los que disfrutan de cierta escasez. Tal vez porque la verdadera medida de una obra no sea cuánto dice, sino cuánto resiste el silencio que viene después.
