Esencias
:format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2022/03/acto.jpeg)
Si algo recuerdo de los actos escolares de mi infancia es el tedio. Salvo que me tocara actuar (y en ese caso, lo que recuerdo es la desgracia de que haber sido elegido y la vergüenza de estar arriba de un escenario), aquellas ceremonias de protocolos y discursos se me hacían largas, infinitas. Pensaba –y hasta creo recordar esos pensamientos- que podía estar en mi casa, jugando con los perros o en el potrero pateando una la pelota o tirado al sol leyendo-, pero tenía que estar ahí, parado, guardando silencio y tratando de prestar atención a las palabras del docente encargado de pronunciar el discurso de ocasión.
Recibí las noticias en tu email
Accedé a las últimas noticias desde tu emailPor supuesto que a todos nos pasaba más o menos lo mismo. He tenido muchos compañeros aplicados, pero ninguno de ellos disfrutaba esos momentos. Los asumía respetuosamente, más aún si le tocaba estar de abanderado o escolta (experiencia que jamás atravesé. Por suerte, porque en esas circunstancias me compadecía de esos chicos que debían guardar circunspección durante una hora y media).
Con semejante predisposición era altamente probable que me distrajera con cualquier cosa: un pájaro que detenía su vuelo sobre un cable, el ruido de un motor en la calle, los peinados de las maestras.
