La espera
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Estoy esperando que llegue el camión de la maderera con unos palos que compré para cercar la huerta.
En realidad, son unas tablitas de madera que se utilizan para los techos. Madera ordinaria, medio torcida, sin cepillar, como de cuatro metros de largo. Creo que se llaman bulines. O algo así.
Porque después de andar averiguando (en busca de esos cercos de plástico que son bastante coquetos y caros pero tienen cero onda) y sacando cuentas, creo que esto era lo más barato. La idea es que los perros no se me metan en la huerta. Ni el gato.
No tiene que ser una fortificación; en el caso de los perros, algo que les indique que por ahí no pueden pasar. Si supiesen leer, creo que con un cartel bastaría, porque realmente no les interesa pisar la huerta. Con el gato es otra cosa. Siempre es otra cosa con los gatos.
Este año me propuse retomar la huerta. El anterior no quise. La pandemia no tuvo nada que ver. Resulta que en el 2019 tenía unas plantas de tomates que estaban bárbaras y cuando empezaron a dar, las agarró un bicho (unos cuantos, bah) y me las estropeó. Les eché esos preparados caseros y orgánicos (con ajo y no sé cuantas cosas). Pero no dio resultado. La cuestión es que en diciembre ya estaba acobardado y ahí quedó la huerta, hecha yuyal y bicherío, como muestra de mis nulos conocimientos botánicos y mi facilidad para rendirme ante la primera adversidad. Por eso, el año pasado no hice huerta.
Pero hace cosa de un mes compré tomates para una ensalada y eran esos tomates que no tienen gusto a nada. Parecen tomates por fuera y por dentro. Pero cuando uno se los lleva a la boca es como si se llevase una gelatina sin sabor.
Así que acá estoy, decidido a emprender nuevamente mi huerta. Ya preparé la tierra, con pala, asada y rastrillo. Compré unos plantines orgánicos y encargué la madera.
Más que esperando, estoy ansioso porque llegue le camión. No veo el momento de agarrar el serrucho, el martillo, los clavos…
Hace un calor parejo y de corrido. No como estos días que pasaron, que en un día entraban las cuatro estaciones. Hoy, desde que me levanté, la temperatura sigue subiendo y ahora el celular me dice que hace 28 grados. Los perros duermen la siesta bajo los árboles y ni los pajaritos se animan a volar con semejante sol. Los pocos que hay, caminan a la sombra de los pinos o del ligustro que hace de medianera con mi vecino. Caminan, los pájaros, como preocupados, con la cabeza para adelante, inclinado el torso, con las alas como manos, tomadas en la espalda. Van y vienen, los horneros, los gorriones, como en una sala de espera. Ansiosos, parecen también.
Ni bien llegue el camión no me van a importar ni el calor ni el sol. Tengo tantas ganas de hacer eso que no voy a esperar a la tardecita, que sería el momento propicio, en el que los pájaros planean contentos.
Dentro de un rato nomás, ni bien llegue el camión, voy a empezar a serruchar, a martillar, a clavar. Y seguramente me pegue dos o tres martillazos en los dedos, porque soy medio bruto. Y como buen bruto, diré los primeros insultos que se me vengan a la boca. No es cuestión de andar pensando tampoco. La idea es justamente esa: no pensar.
Ahora espero bajo el sauce. Bajo la reposera donde estoy sentado hay un camino de hormigas. Una avenida; van y vienen. A veces me digo que en mi vida anterior debí ser hormiga. Es como si sintiera esa obligación, ese peso, de andar todo el día cinchando, haciendo fuerza sin saber muy bien para qué. Creo que lo debo haber vivido en la vida anterior. Pero no sé de esas cosas.
Arriba, en uno de los brazos principales que nacen del tronco del sauce, una paloma mete el pico debajo de las alas.
Cada auto que escucho pasar por la calle de asfalto que cruza la otra esquina me genera la ilusión de que es el camión. Pero no, los autos suenan distinto, más suavecito. Imagino que el camión de la maderera ha de ser más bien ruidoso; capaz que un viejo Mercedes 1112 a punto de jubilarse.
Como yo, que tengo otras cosas para hacer, pero prefiero esperar las maderas del cerco para la huerta. Tal vez allá por las Fiestas estaré comiendo mis primeros tomates. Esta vez no me voy a dejar vencer por las chinches o los otros bichos de hace dos años.
Me estoy dando una nueva chance. Debe ser por eso la ansiedad de la espera.
No es el camión.
Soy yo.
Ya va a llegar.
