Las partes en blanco
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Una de las particularidades que tienen los que no han tenido la oportunidad de vivir la cotidianidad de la infancia con alguno de sus padres –por estar ausentes, separados u otra razón- es que hay cuentos que quedaron sin contar, preguntas pendientes, respuestas en eterna espera. Partes de la esa vida ajena sin la riqueza de los matices, los claroscuros, los aromas.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailMis viejos se separaron cuando yo era chico y con mi padre me faltaron esas charlas intrascendentes que pueden darse en cualquier momento del día –a la salida del colegio si me hubiera ido a buscar, mientras esperábamos que nos atendieran en la panadería, en alguna siesta aburrida- en la que los mayores cuentan a sus hijos de cuando ellos eran chicos o jóvenes. Esa parte de la vida desconocida de los padres.
Lo veía en los veranos –cuando me iba a pasar las vacaciones a Mar del Plata- o cuando él podía viajar a Tandil algún fin de semana. Y en esas ocasiones, las charlas parecían centrarse en cuestiones de actualidad, urgentes, importantes: cómo me iba en el colegio, si me había enfermado, cómo eran mis amigos, mis mascotas, su trabajo, mis parientes marplatenses, cómo estaba Boca en la tabla, etc. Prácticamente no existían espacios muertos en los que alguna circunstancia podía disparar la conversación sin rumbo o hacia el recuerdo de esa parte de su vida que desconocía.
