Llanto por el Chacho
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Hay un dejo de tristeza en la chaya, esa música que nos llega del norte, de Catamarca y La Rioja.
Eduardo Falú eligió ponerle melodía de chaya a un poema de León Benaroz; el que habla del general Ángel Vicente Peñaloza. El que en uno de sus párrafos dice:
“El general Peñaloza deja su sangre por el arenal.
Sombra que quiere volver, rumbo de la soledad:
en Olta la muerte lo viene a buscar”.
Escuché esa canción desde muy chico. A mi madre le gustaba mucho el folklore y casi todas las tardes se daba el gusto de escuchar unos discos en el Winco.
Ya por entonces me sonaba triste. Sin saber quién era Peñaloza ni su vida ni su muerte. Debieron pasar muchos años (el colegio tampoco me brindó esas enseñanzas) para que esa música que me sonaba a tristeza se convirtiera en pena profunda por la suerte de ese hombre, el último caudillo, y de su muerte ingrata ocurrida un día como hoy de 1863.
Dicen que la lluvia es señal de buenos augurios. Sobre todo cuando una tierra árida la espera y la demanda. Una tierra como la riojana.
No fue una bendición la lluvia de esa mañana para el Chacho Peñaloza. El manso crepitar de las gotas cayendo en los aleros y los pisos de ladrillos, sobre los charcos y sobre el cuero de las bestias que se refrescaban en las calles de Olta, auguraba tempestades. Ahogaba, tal vez ese crepitar, el galope de una avanzada enemiga.
Peñaloza conservaba entre las arrugas de los años la rebeldía del caudillo.
Por eso, a su edad y tras la batalla de Pavón, le había provocado más de cien revueltas al presidente Mitre. Para la centralidad porteña, esa rebeldía significaba el último escollo para afianzar sus intereses. Urquiza ya era cosa del pasado.
Ese hombre ya viejo, sencillo y casi iletrado era un dolor de cabeza. Se había forjado en ideario y coraje nada menos que bajo el ala de Facundo Quiroga; federal como era, no dudó en ponerse en contra del mismísimo Juan Manuel de Rosas.
Esa mañana de lluvia, el Chacho no escuchó que venían por él sino hasta que los tuvo encima. Estaba sentado en su catre, junto a su compañera de toda la vida, Victoria Romero, la mujer que alguna vez y para salvarle la vida se interpuso al sablazo que le dejó un tajo en el rostro como marca de su lealtad y su amor.
Una partida a cargo del capitán Vera rodeó la casa.
-Ríndase Peñaloza, le gritó mientras entraba.
-Estoy rendido-, lo calmó el Chacho. Le ofreció un mate y su puñal, en señal de que no habría resistencia.
Pero al rato habría de llegar Pablo Irrazábal, el militar enviado por el ministro de Guerra Domingo Faustino Sarmiento para llevar orden a las provincias sublevadas del noroeste.
-Dónde está el bandido de Peñaloza-, preguntó desde la puerta.
-El que está acá es el general Peñaloza, bandido no hay ninguno-, retrucó el Chacho.
Y sin mediar otra palabra, Irrazábal le hundió una lanza en el vientre.
Peñaloza cayó en silencio. Sus grandes ojos claros han de haberse topado con la mirada profunda de la muerte.
Irrazábal ordenó rematarlo ahí mismo con una decena de disparos. Y ante su mujer y su hijastro le cortó primero una oreja y luego la cabeza, que ordenó exhibir en la plaza de Olta, a manera de escarmiento.
Era el fin para el caudillo respetado por todos, venerado por los más pobres, admirado por los miles de gauchos que se pusieron bajo su mando, amado por su Victoria, la Chacha.
El hombre acababa de morir y nacía el mito. El que inspiró el poema de Benaroz al que Falú convirtió en chaya. El de la tristeza de entonces. Y la pena de hoy.
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