Miradas
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La historia podría haber terminado bien: el pibe y yo sembrando una amistad que aún hoy podía continuar florecida; o mal: me agarraba del cuello y me soltaba recién cuando yo terminaba de dar la última patadita en el aire, para luego caer seco y redondo al piso. Porque mi gran temor era ese, que el pibe me matara por lo que yo (le) había hecho. Y tenía con qué, porque si bien me llevaba un par de años, era dos veces yo. O al menos así lo veía, en mi condición de alfeñique de 11 años.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailEra, lo que se dice, un oso. Lo cual ya me llamaba poderosamente la atención, como para mirarlo cada vez que me lo cruzaba. Un oso torpe. Porque el pibe tenía algún problema de motricidad, algo en los miembros inferiores, que le impedía un normal desplazamiento. Segunda y rotunda razón para mis miradas insistidoras, urticantes, a pesar del empeño que le ponía para disimularlas. Tal vez ese disimulo no hacía más que empeorar las cosas: porque lo miraba mucho (y mal), pero me hacía el distraído.
Pues bien. La historia no terminó ni bien ni mal. Se diluyó de alguna manera, quedando en mis vivencias no como un capítulo, pero algo así como un párrafo sin cerrar. Por eso la evoco hoy. Para forzar un punto aparte, aunque más no sea.
