Naranjas
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Había una piedra de granito, de las que se usaban para los cordones de la vereda en el fondo de su casa. Nos sentábamos ahí y nuestros cuerpos eran tan elásticos que podíamos incorporarnos una y otra vez sin emitir ningún tipo de quejido, de esos que surgen en la columna, a la altura de la cintura y sin pasar por ningún organismo de control se manifiestan en un “ahhhh”…
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailNos incorporábamos una y otra vez para agarrar naranjas. Porque pronto las que estaban tiradas en el piso se terminaban. Nunca eran más de dos o tres. Había otras que parecían comestibles pero estaban podridas, con agujeritos por donde entraban y salían hormigas hasta que se quedaban pegadas. Esas hormigas negras, robustas y patonas. A esas no las comíamos; les pegábamos una patada y algunas llegaban desgajadas a la pared del fondo, al tapial de ladrillos de barro. Y las que llegaban enteras reventaban al estrellarse.
Entonces había que incorporarse para agarrarlas directamente del árbol. Pero no nos trepábamos, porque el árbol no estaba en la casa de Carlitos –que era mi amigo del barrio, con el que en algunas siestas nos juntábamos a jugar- sino en la casa de atrás. Los fondos eran linderos y junto al tapial del otro lado habían plantado un naranjo y dos o tres ramas grandes pasaban la frontera y eran propiedad de Carlitos. De la familia de Carlitos. En la otra casa vivían dos viejas: madre e hija. No se sabía cuál de las dos estaba más arruinada, si la que estaba siempre callada y sentada en un sillón de mimbre en la galería techada o la otra, la que podía caminar a duras penas y nos retaba cada vez que se nos iba la pelota para el otro lado.
