No darse cuenta
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En la mayoría de los aspectos soy todo cursi, bobín, previsible: me gusta la lluvia. Así cuando no es aguacero. Trato de quedarme en silencio, con una luz medio tenue (apenas para leer) y escucho. Y tengo que dejar el libro porque la cabeza se me desencadena y sale a trotar despacito por las adyacencias. Si me pongo muy pero muy plomo con el asunto, salgo, me pego una vuelta manzana o voy hasta el centro. Vuelvo, me siento, en silencio. Y otra vez, a escuchar. O mejor dicho: a leer, que a veces son la misma cosa.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailEstá bueno, porque cuando salgo, la lluvia me obliga a ponerme los lentes en el bolsillo. Entonces lo que veo es otro mundo. Otro barrio, otros barrios. Generalmente, de noche el mundo es otro mundo; las sombras dibujan formas que el día oculta. Y si a eso le agregás lluvia, las nuevas formas tienen otros colores, otras texturas, aromas. Sumale miopía y astigmatismo: es Tandil, Praga o Estambul.
Con la gente pasa algo parecido. Aunque en principio, inverso. Más bien se esconde de noche o cuando llueve. Y cuando ocurren las dos cosas más aún. No se dejan ver. Pero si tenés suerte, en esa vuelta manzana o en el tramo hasta el centro, podés encontrar a alguien que viene disfrutando. Por lo general, va con la cara expuesta, a cara lavada (por la lluvia), con paso sereno. No lo escuchás, pero va cantando por dentro alguna cancioncita de El Plan de la Mariposa. Y decís ahí hay uno; es decir, hay otro.
