Pensados
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-Hola, mi amigo. Qué dice. Me enteré que me andaba buscando.
-Hola, ¿quién habla?
-El Fantasma (se lo digo despacito para no levantar sospecha acá dónde estoy).
-Ah, bien. ¿Y dónde está?
-En Egaña, como le había dicho. Todavía estoy trabajando en el castillo. Tengo para una semana más. Porque después empiezan las clases en Capital y ya no va a venir nadie: acá son todos porteños los que nos visitan.
-Pensé que ya había abandonado la changuita. No lo hacía un hombre muy constante…
-Mire, la constancia en un fantasma más que característica es una obligación. Por lo demás, no me puedo quejar: hicimos un buen grupo de trabajo acá con los muchachos y asustar porteños es un gusto que ya me daba en vida.
-¿De dónde me está hablando?
-De acá, la casa de una familia de la zona. Les pedí el teléfono prestado.
-¿Y no se asustaron?
-No, qué va… Acá están curados de espanto. Gente buena la de campo, que tiene mucho respeto por los aparecidos, también. Les tuve que mentir, pobre gente, para no hacerlos pasar un mal momento.
-¿Quién le dijo que era?
-El finado Fernández… Pero qué le parece si dejamos la tertulia para otro momento y me pregunta lo que me quería preguntar. Leí el otro día que escribió una duda sobre los fantasmas. Cuénteme nomás, de acá no va a salir, soy una tumba.
-Bue… Es así: Alejandro Dolina cree en los fantasmas, pero dice que en realidad no es gente que murió sino que se trata de aquellas personas que ya no forman parte de nuestras vidas. Qué se yo: un amigo de la infancia, por ejemplo; una antigua novia. Hombres o mujeres que nunca más volvimos a ver, pero de tanto en tanto vuelven en condición de aparecidos. De espectros.
-Ahá.
-¿Ahá qué?
-¿Y usted qué opina? ¿Yo formo parte de su pasado, es decir, soy como la sombra de un recuerdo o soy un fantasma de carne y hueso, si se me permite la frase…
-La verdad que no sé. No recuerdo haberlo visto nunca. Está bien que usted tiene cara de nada, si no se ofende, pero…
-Todos los fantasmas tenemos cara de nada.
-Ah, no sabía. Quizás usted es un viejo almacenero de mi barrio de infancia.
-No.
-¿Un placero?
-Tampoco.
-¿Algún pariente lejano de mi viejo o mi vieja…?
-Dios no permita…
-No. Entonces, no sé. La teoría de Dolina debe estar errada.
-Mire. Además de hacer literatura, de hacer radio, de ser un artista, Dolina es, sobre todo, un tipo que piensa. Y el pensamiento, cuando cotidiano, profundo, crítico y constante, tiende a corporizarse. Ejemplo: uno piensa siempre en una casa que no existe, pero le va dando forma, colores, texturas, dependencias, pasillos, patios, muebles y vuelve una y otra vez a pensarla, hasta que un día se encuentra con esa casa mientras va viajando por una ruta no habitual. La ve de pasada, pero la ve. Es la casa pensada. Pero a no ser que usted sea un obsesivo, no va a poner marcha atrás y va a parar en medio de la nada para confirmar si es. No. Se va y le queda la casi certeza de que era. Bueno, con la gente pasa lo mismo. Usted piensa tanto en las personas, hasta que de esos pensamientos se va formando una muchedumbre de seres cada uno con sus características. Hasta que uno o algunos de ellos se corporizan. A Dolina se le corporizan los recuerdos de seres que pasaron por su vida. A otros no. Cada cual piensa los fantasmas que la razón moldea.
-Entonces yo pensé mucho en un tipo como usted, por eso se corporizó…
-Efectivamente.
-Entonces no existe.
-¿Si no existo qué hago entonces acá en Egaña, hablando de un teléfono prestado? Sucede que esta teoría del pensamiento que se corporiza tiene una propiedad simétrica: nosotros, los fantasmas, en nuestro cavilar eterno, también pensamos en quien algún día nos va a ver. Mientras para el universo resultamos invisibles, para un ñato –o en el mejor de los casos dos- existimos. Esa mirada ajena nos constituye. A vivos y finados.
-Quiere decir que mi existencia no es tal sino apenas el pensamiento recurrente de un fantasma que yo mismo inventé.
-Vaya a preparar el almuerzo, mi amigo. Hay cosas de la vida y de la muerte que todavía no entendemos. Y deje de pensar tanto. O asuma las consecuencias…
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