Poca llama
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El calambre me sorprende desparramado sobre el pasto, boca arriba. Estoy cansado, debe estar por terminar el partido y el dolor ni siquiera me deja pensar con claridad: ¿vamos perdiendo o vamos ganando?
Me revuelco en el césped y ninguno de los muchachos viene a levantarme la pierna para hacerme la clásica maniobra de estiramiento para que se me pase el calambre. El único que se acerca es el árbitro.
-¡Despiértese!
-Cómo que me despierte. Estoy acalambrado, le juro, no estoy haciendo teatro.
-No, ya sé. Pero usted está durmiendo. Vamos, despierte. Es un sueño.
-Cómo que un sueño…
Efectivamente: me desperté. Y con un flor de calambre en los gemelos, pierna derecha.
Intenté mantenerme acostado estirando la pierna, pero no calmó. Me paré, pisé firme y empezó a aflojar, de a poco. Por fin me senté en el borde de la cama. Preferí quedarme un rato así, sin forzar nada, mirándome los pies.
No solo lo escuché resoplar debajo de la cama sino que una pelusa salió despedida de allí hasta el medio de la habitación.
Recién entonces recordé que debajo de mi cama vive un monstruo: el típico monstruo de abajo de la cama. A veces me olvido que existe.
-¿Qué hacés resoplando? ¿Estás enojado?
-¡Y qué te parece…! Ahora se te dio por tener calambres mientras dormís. Sos insoportable, viejo. Con razón vivís solo…
-Pará de rezongar, que además de feo te vas a poner viejo. Y si te molesta, ya sabés: tomátelas.
-No puedo. Soy un invento tuyo. Superame de una buena vez; el día que vos superes el miedo a que se te aparezca algo debajo de la cama, yo no existo más.
-Es que no sé…
-¿El qué no sabés? ¡Sesenta pirulos tenés! Existo solo en tu imaginación. Fantasía pura. Mucha película de Drácula, Frankestein, El Hombre Lobo, cuando eras chico. Crecé de una buena vez. No existo.
-Ya sé cómo es. Hace rato que te perdí el miedo. Cuando era muy pero muy pibito, sí que me hacías asustar. Recuerdo muchas noches que me mirabas con esos ojos rojos, encendidos, que tenés desde abajo de la cama de mi hermana, que estaba al lado de la mía. ¿O ese era el monstruo de ella?
-No: era yo. Ella no creía en los monstruos. Entonces me tenía que esconder para que no me viera. Vos sí, ella no… vivía estresado en ese entonces.
-Ahhh. Una vez me quisiste agarrar el pie cuando bajé de la cama de madrugada.
-Mentira. Nunca tenemos contacto.
-Bueno, me echaste vientito.
-Eso puede ser. Un soplido, como el de recién.
-Pero mirá si serás…
-Pero ya no te asusto, decís.
-No. La verdad que no.
-No entiendo. O me estás mintiendo o algo funciona mal. Si me superaste, yo no tendría que estar acá.
-Es que no sé si te superé. Es decir: me parece que pasé del miedo a…
-¿La lástima?
-No. Jamás. Por qué te tendría lástima. En todo caso, debería tenerte bronca por los julepes que me diste.
-¿Cariño? ¿Estamos reviviendo el clásico de la bella y la bestia versión libre?
-No, cariño tampoco es. Pero por ahí anda. Es un me da no sé qué…
-¿Qué yo desaparezca? Vos metele sin asco. Me toca la merecida jubilación después de bancarte 60 años.
-No. No es por vos: es por mí. Vos lo dijiste recién, la soledad. Me da no sé qué quedarme solo.
-Casate y dejame vivir.
-No, ya estoy grande para esas cosas. Más vale malo conocido…
-Me hacés reír.
-Yo sé que estás. En algún sentido, nos hacemos compañía. No nos hablamos nunca, no nos vemos. Pero ahora, por ejemplo, me agarró un calambre y apareciste vos, haciendo sopliditos de abajo de la cama.
-Disculpame que te analice, pero tengo autoridad para hacerlo. Seré reiterativo: sesenta años al lado tuyo. Y encima escuchándote cuándo hablás dormido, el inconsciente no se guarda nada. Lo que te pasa a vos es que no querés cambiar de monstruo. Yo ya no te asusto. Pero si me das por superado, te espera otro miedo: te vas a inventar el monstruo de la soledad. Y con ese no querés saber nada. Ese te asusta en serio. Monstruo nuevo barre bien.
-Capaz que tenés razón. ¿A vos te jode si seguimos un tiempo? Así como estamos, digo. Nada de mirar películas juntos ni nada. Vos en tu lugar; yo, en el mío.
-Dejámelo pensar. Como sea, si me quedo es con una condición.
-Lo que sea.
-Comprame una de esas luces led para leer cuando está oscuro. Me paso las noches leyendo desde que eras pibe. Pero la vista ya no es la de antes. A esos ojos encendidos que me viste en tu infancia, ya casi no les queda llama. No veo nada. Y una vela no voy a prender porque al otro día amanecemos para que nos esparzan en la cancha de Boca.
-Listo, mañana te compro.
-Gracias viejo. Andá a dormir que dentro de un rato suena la alarma. Acalambrao…
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