Puntillosos de cartón
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No sé qué me resulta peor: si la excitación boba de cierta clase del periodismo deportivo argentino ante el triunfo de la selección o la puntillosidad ridícula que sobreviene a la derrota de un representativo nacional.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailCreo que la primera se entiende un poco más. Es cierto, se trata de tipos que debieran ser profesionales que no deberían permitirse determinados excesos, al menos en horario de trabajo. No quita que la emoción –como a cualquier hijo de vecino- les juegue una mala pasada y terminen lagrimeando cuando no llorando a moco tendido ante la obtención de un campeonato mundial. Me gusta –en el periodismo, pero en la vida en general también- la gente que hace un esfuerzo para no caer en esas emocionalidades y así todo no puede. Uno los ve o los escucha, intuye, sabe, prevé que de un momento a otro el relator -o el comentarista o el que está en el campo de juego- va a desbarrancar. Sin embargo, el tipo trata de reponerse una y otra vez: acomoda la garganta, tose, cambia de tema, le cede la palabra a un compañero. Y en una de esas no puede más y estalla en llanto o se le quiebra la voz y pide perdón. Uno no puede menos que entenderlo, sobre todo cuando ve que esa emoción es genuina. Está perdonado, hombre; permítase este momento de emoción, carraspee y arranque de nuevo como debe ser, que para eso le estamos pagando.
Distinto es el que no hace ningún tipo de esfuerzo para evitar el desliz: se ve que está por llorar y efectivamente, llora. Entre una cosa y otra no hay nada: ni una mueca ni un intento por reponerse ni un pedido de disculpas por lo que va a venir. Nada: le vino la emoción y le abrió la puerta. Es decir, lo que me pasaría a mí si estuviera relatando la definición por penales de una final mundial.
