Qué noche ni noche
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No concibo que un buen día no termine mínimamente en una tormenta. La magnitud de esta premisa es de proporcionalidad directa: cuanto más bello ha sido el día transcurrido, más estrepitosa tiene que ser la tormenta que lo corone.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailNo voy a aceptar que organizadores de eventos al aire libre, cumpleañeros o asadores desguarecidos me vengan a contar sus peripecias en noches inclementes. Creo que con algo de previsión y algo de plata se puede concebir un plan b para estas noches excepcionales, pero que el común denomina “de perros”.
Qué más regio que una buena fiesta o reunión bajo tinglados o en galerías techadas de casas antiguas, mientras ahí nomás, a escasos metros, el cielo se viene abajo. Y todos meta brindis y guiñaditas de ojo, acompasados por ese viento que más que viento es un suspiro contenido de la lluvia.
