Rechazos
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En una de las casas donde viví en mi infancia (desde los 8 o 9 años hasta los 13) había un galpón horrible.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailNi bien nos mudamos supe que ese no era un buen lugar. Me gustaba todo de aquella casa: la cocina, chica pero funcional, las habitaciones, un comedor grande, un living pequeño pero que resultó muy apropiado para el televisor y dos sillones, el pasillo de entrada y hasta el baño, que era uno de esos sitios desproporcionados, largo, finito, alto, frío, con una claraboya de donde colgaba la cuerda para abrirla. Feísimo y todo, el baño no me causó tan mala impresión como aquel galpón.
Yo ya había conocido otros. Mis casas anteriores siempre tuvieron uno y eran de mis lugares favoritos, porque reinaba un caos que me fascinaba. En el interior de la casa había que mantener el orden, no dejar ropa en cualquier lado, hacer los deberes y luego juntar los cuadernos y los lápices; las revistas tenían su lugar, los juguetes también; los platos, los vasos, la mercadería. Todo en su lugar. Mi madre se encargaba –de buena o de mala manera- de hacernos entender a mi hermana y a mí que no se podía vivir en un lugar desordenado. “No puedo ir detrás de ustedes juntando lo que dejan tirado. La próxima vez se los tiro todo a la basura…”, sentenciaba. Y creo que más de un soldadito o alguna pieza de rasti tuvieron ese cruel destino de convivencia final con cáscaras de papa, yerba usada y papeles inservibles.
