Reflejos en la tormenta
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Que la noche y la tormenta lleguen juntas quizás sea una señal. No sé de qué. De oscuridad profunda, supongo. Porque los relámpagos, que primero son espaciados y luego más insistentes, la reafirman; basta un segundo de luz enceguecedora para que la oscuridad nazca más profundas.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailEl Servicio Meteorológico había dado alerta amarillo. Algunas de las conversaciones que presencié en algunos comercios también vaticinaban una lluvia como la del martes. Y a la hora que preveían los pronósticos yo tenía que llevar un papel a un lugar más allá de la ruta. No sé cómo todavía existen los papeles, los importantes, los que no admiten su doble, virtual. Me quejé largo y tendido durante algunas cuadras, durante las primeras gotas y las últimas claridades. Hasta que me cansé de escucharme y puse la radio del auto. Pura estática hasta que enganché una emisora de música. Clásica. Me voy a calmar o no me voy a calmar.
Aminoré la velocidad, me reacomodé en la butaca y no sé si busqué disfrutar pero encaré el camino con otra visión. La visión de mirar para afuera, por ejemplo. Las veredas ya en penumbras brillantes por la lluvia y las luces del alumbrado público; el agua que se iba juntando en los cordones; las siluetas a paso firme, volviendo a casa en las primeras horas de la noche.
