Trepar la duna
:format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2023/10/columna_gonza.jpg)
No me acuerdo cuándo fue la última vez que fui a Mar de las Pampas. Mejor dicho: no lo sé. Porque si se tratase de un descuido de la memoria, quizás podría solucionarlo. Por ejemplo, buscando algunas de mis columnas –cada vez que voy al mar, escribo. No falla- y buscando la fecha. Pero como no tengo ganas de hacer esas cosas –puedo preguntarle a alguien, fijarme si tengo registro de alguna foto, una factura, un mail, algo-, doy por cerrado el asunto: no sé cuándo fue la última vez que fui a Mar de las Pampas.
Recibí las noticias en tu email
Accedé a las últimas noticias desde tu emailPero algo sí sé: cuando estaba saliendo de la playa rumbo al centro me dije que la próxima vez a lo mejor se me hacía imposible subir esa duna gigante que hay en la entrada principal hacia la playa.
Siempre que he ido me pasa lo mismo. Es tanto el entusiasmo por ver el mar, que cuando llego y tengo que subir esa duna ni me doy cuenta; es el ímpetu el que me da fuerza. Entonces, la supero y llego a la orilla. Si es verano, es altamente probable que me meta un poco en el agua, apenas, porque siempre está frío. Y empiezo a caminar, sintiendo la brisa o el viento, el sol o el frío; disfruto de ese encanto que no sabe de estaciones ni de temperaturas. Junto piedritas, caracoles y vidrios gastados con un esmero casi científico. Nunca supe definir cuál es la condición que deben reunir para que me los quede quede. Lo sé cuando observo con detenimiento: “esta sí”, me digo y la guardo en el bolsillo o la mochila. Digamos que en toda una tarde de buena cosecha, puedo llevarme cuatro o cinco caracoles, piedritas y/o vidrios.
