Un hombre bueno

La última noticia que había tenido de Quique Dabós fue que andaba medio embromado. Y enterarme ayer en las necrológicas del diario que había fallecido terminó de ahondarme aquella pena.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailSe me vinieron varios recuerdos a la cabeza y cuando quise acordar y sin proponérmelo me di cuenta de que estaba sonriendo. Yo, que no soy uno de sus seres queridos, que no soy su amigo ni siquiera alguien cercano, me puedo permitir esa sonrisa cariñosa que despierta la buena gente cuando no se la olvida. Yo, que apenas –y muy orgulloso- fui su alumno.
Creo que lo tuve en cuarto año del secundario en un bodrio llamado Derecho Administrativo o algo así. Lo volví a tener en la Facultad de Económicas en una materia que no era mucho más atrayente; el equivocado era yo al haberme metido para perito mercantil y luego pretender se contador.
Una de las primeras cosas que me dijo cuando me conoció fue: “usted tiene los nombres de mis dos hijos: Marcos y Guillermo…”. Y creo que a partir de entonces, cada vez que me nombraba –para hacerme pasar a dar lección o preguntarme algo- lo hacía por los dos nombres y el apellido.
La otra cosa que me surgió del recuero fue un interrogante que me sobresaltó: “¿le habremos devuelto la tranquerita?”.
Por aquellos años, quienes estaban a punto de egresar del secundario de San José acostumbraban en las últimas semanas de clase ir a cenar a la casa de un profesor. Los más copados o los que aceptaban semejante cosa. Que no era fácil: una manada de adolescentes exaltados que comían como cosacos, tomaban como beduinos y tenían un concepto más bien extraño de las bromas. Las veladas terminaban cuando el dueño de casa –el profesor “agasajado” y su familia- rogaban por poder ir a dormir.
Aquella madrugada, cuando nos fuimos de la casa de Quique –en los dos o tres autos que a algunos les prestaban los padres- a uno se le ocurrió una gracia: “vamos a llevarnos la tranquerita”. En menos de un minuto, uno de los portillos de la entrada al garaje de la casa estaba en el baúl de un auto.
A los dos o tres días volvimos a tener Derecho Administrativo:
-Muchachos, la pasamos fenómeno el otro día, pero por favor cuando puedan devuélvanme la tranquerita.
No sé en la casa –o el auto- de quién había quedado. Pero en las pocas clases que nos quedaron, Quique repetía su pedido.
Egresamos y no volví a ver a mis compañeros y nunca supe si le habíamos devuelto la tranquerita. Quiero creer que sí.
Ni en esas circunstancias Quique se enojó. Era un hombre bueno. De una bondad que se reflejaba en su postura distendida, en su gesto –parecía estar siempre sonriendo-, en la manera de hablar, cercana, cariñosa. Siempre dando un consejo, apelando a un chiste, a algún recurso para hacer sentir bien al otro.
Parece que estuviera describiendo a una persona normal. Pero por entonces, la educación parecía cimentarse sobre gestos rígidos, miradas severas, desprecios y gritos. Del estilo: “Gonzalez, usted es un estúpido que se ríe de cualquier pavada –lo cual era cierto en aquel Gonzalez-. Váyase del salón y quédese en penitencia afuera hasta que yo le diga”, me dijo, y más de una vez, cierto profesor de matemática.
Eso era bastante normal. En ese contexto, Quique era un distinto; alguien en quien confiar, a quien querer.
Luego fui creciendo, ya no me generaba risa cualquier pavada y confirmé que ciertas normalidades –sobre todo si inflexibles y autoritarias- seguían formando parte de la habitualidad. Una normalidad abundante en vilezas y maltratos.
Quique Dabós, a quien tuve como profesor pero me gusta decir que fue un maestro, le puso equilibrio a ese mundo desbalanceado.
Mi sonrisa es, entonces, un homenaje.
(Foto de las redes sociales de Paula Dabós).
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