Vergüenzas
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Volví a sentir ese mismo ahogo que provoca una clase particular de vergüenza; una categoría que pensé que ya no existía, que había sido una sensación, una confusión de sentimientos.
Ayer, muchos años después de aquella primera vez, volvió para confirmarse. Para confirmarme que hay distintos grados de vergüenza: la que devora como un fuego que se enciende desde las orejas y luego lo consume todo, la vergüenza profunda, abismal y a la vez fugaz, la vergüenza que parece no cesar, infinita o tal vez eterna y pegajosa. Esos son los grados, las intensidades de la vergüenza, que se definen desde el afuera: uno se ve –real o imaginario- en la mirada del otro en una actitud vergonzante.
La vergüenza de ayer, la misma que hace más de cincuenta años, no necesita del otro, de una mirada ajena. Viene de adentro, desde el origen de los tiempos. Una vergüenza constitutiva, que en instantes pareciera darle dimensión a la vida.

