Y detrás, sigue lloviendo
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-Acordate que hoy Teté se queda con vos. Recién lo dejé en el cumple de Gloria. Tenés que pasar a buscarlo a las 19. También a Blas y llevalo a la casa. Ahí te paso la ubicación de la casa de Gloria es por La Elena.
Demasiada información para mí. Soy capaz de retener un video explicativo paso a paso de cómo hacer una represa hidroeléctrica, pero me dicen algo de la vida real y al segundo dato me pierdo.
Vuelvo a leer el mensaje de la mamá de mi hijo. Retengo lo clave: siete de la tarde, retirar a Teté y a Blas, llevarlo a lo de Charly. Abro el Google Maps para ver por dónde es más o menos la casa de Gloria. Porque no sería la primera vez que la española del GPS se queda sin señal en el lugar menos oportuno. Veo que es lejos de todo. Más aún de dónde yo vivo, que también es lejos, pero en el sentido contrario. Hay una calle que se llama Paloma. No la conocía. Me gustan que las calles se llamen así. A medida que el pueblo crece, los concejales le ponen un poco más de onda a las denominaciones. O posiblemente se les hayan terminado los generales, coroneles, monseñores y doctores. Pájaros hay para nombrar calles de acá a que seamos tres millones.
El celular me dice que voy a tardar 22 minutos. Pero se larga a llover con todo y como soy un poco maniático con los horarios, salgo a las seis y diez de casa.
Diez minutos más tarde, ya estoy a mitad de camino. La española del celular parece enojarse porque no le hago caso. Y me repite las cosas: “a 50 metros doble por Arana. Por Arana, doble por Arana…”.
Arrimo el auto al cordón, agarro el celular como para acallarla y me encuentro con un mensaje y una llamada perdida. Mensaje de Ricardo (papá de More): “Me enteré que vas a buscar a Teté y a Blas. Perdiste: retirala a More y dejala en lo de Charly. No te pierdas…”. Respondo que sí, que se quede tranquilo y me enfoco en la llamada perdida: “Seba (papá de Rafa)”.
-Hola, Seba. Me llamaste.
-Qué hacés Marquitos. Mirá yo ya estoy en lo de Gloria, el camino está complicado, se inundó. No sé si vas a poder pasar con el auto. Ando en la camioneta, así que si querés te alcanzo a Teté a algún lugar.
-Uh, qué genio. Te espero en Juan B. Justo y Paloma o un pájaro así. A las siete estoy ahí.
-Dale. ¿A Teté solo o a alguien más?
-Blas y Morena.
-Listo.
Son las siete menos veinte y estoy en Arana y Perón. Llueve con la exageración con la que la lluvia cae últimamente en Tandil. Estaciono para hacer tiempo y mirar Instagram o Facebook. “Batería baja: 15%...”. Vuelvo a dejar el celular en el asiento de al lado. Miro la gente que intenta escapar de la lluvia y no lo logra. Como una hora más tarde vuelvo a mirar el reloj, pero apenas pasaron cinco minutos. “Ma´ sí. Voy…”. Encaro por Juan B. Justo. No puedo ir despacio porque debería tirarme hacia la derecha y ahí está lleno de agua. Voy a la velocidad que me impone una camioneta que viene detrás de mí. Por fin me pasa. Intento prestarles atención a los carteles, pero no mucha, porque la avenida es muy angosta, hay pozos, lomos de burro, subidas y bajadas y llueve… Por fin veo “Paloma”. Pongo las balizas y bajo del auto a fumar. Me mojo. Mucho y bien. Al rato, la camioneta de Sebastián estaciona junto a mí. Está cargada de chicos y chicas. Mientras nos saludamos, algunos se bajan y suben a mi auto. Cuando por fin me siento, los cuento: son tres. Me cercioro de que sean los correctos. Estoy haciendo las cosas bien.
Cuando dejo a Blas y More, Charly me dice que un amigo de la Usina le comentó que el corte viene para largo y es generalizado: “Como el del Día del Padre, ¿te acordás…?”. Recién en ese momento me entero que la luz estaba cortada y encuentro explicación al no funcionamiento de los semáforos.
Mientras Teté me habla del cumple, de la perra de Gloria, de los nueve caballos de Gloria, de lo genial que es la casa, de un puente sobre un arroyo desbordado, pienso en un cambio de planes para la noche sabatina. No encuentro ninguno: un nene de 9 años sin electricidad es de entretenimiento imposible.
No obstante, él pone lo suyo. Cuando llegamos a casa se entusiasma con el operativo velas y las va ubicando en sectores estratégicos.
-Pensar que antes la cosa era así –le digo, como para iniciar una de esas conversaciones que pienso que van a resultarles importantes-. La gente vivía sin luz eléctrica.
-Claro. ¿Pero cuándo fue eso?
-Y, hace más de cien años. Ponele.
-Ah, hace mucho.
-Pero fíjate que la humanidad vivió muchos más años sin electricidad que con electricidad. ¿Querés leer? ¿Jugar a las cartas?
-No. Prepará la cena porque estoy (y acá va mala palabra permitida) de hambre. En los cumpleaños siempre hay cosas dulces y no me gustan.
-Hijo, son las ocho. ¿No es medio temprano para cenar?
-Sí, pero tengo hambre. Además, ¿qué vamos a hacer? Cenamos y nos vamos a dormir.
Lo dejo pelando unas papas mientras voy a apagar las velas innecesarias, por las dudas. Y en eso llega la luz.
Nos miramos como se miran padre e hijo que acaban de ver el gol del triunfo de su equipo en el último minuto de descuento: una mirada que presagia un abrazo.
Nos abrazamos en plena ovación. Decimos otras dos o tres malas palabras (de las permitidas y alguna que no) por la alegría.
Las milanesas con papafritas son un éxito total. Hablamos de los planes inmediatos:
-Nueve y media juega Boca con Independiente, hijo. ¿Lo vemos?
-Bueno. Yo iba a proponerte ver “Steve y la Liga de los Monstruos”, que me dijeron que está buenísima.
-Bueno, como quieras. Arrancamos con la peli y si nos embolamos, el partido.
-Dale. ¿Hay más papas?
-Sí. De las mejores del mundo…
Detrás de la ventana, un relámpago se pierde entre los pinos, como intentando preocuparme. Cambio el foco de la mirada y me veo reflejado en el vidrio. Estoy sonriendo. Y detrás, sigue lloviendo.
