El Castillo Astelarra volvió a cambiar de precio y se ofrece como una joya histórica por 150 mil dólares
La emblemática construcción de Quequén, levantada a comienzos del siglo XX y vinculada a una de las familias tradicionales de la zona, fue nuevamente retasada. El caso vuelve a poner la mirada sobre el destino de antiguas casonas, palacios rurales y cascos de estancia que sobreviven en distintas localidades bonaerenses
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El mercado inmobiliario también puede convertirse en una ventana hacia el pasado. En la provincia de Buenos Aires todavía sobreviven grandes casonas, palacetes rurales y antiguos cascos de estancia que fueron construidos cuando las familias vinculadas a la producción agropecuaria buscaban dejar una marca arquitectónica en sus tierras. Muchas de esas propiedades, con el paso de las décadas, cambiaron de manos, fueron abandonadas o directamente comenzaron a ofrecerse en venta.
Uno de esos casos es el Castillo Astelarra de Quequén, una construcción que volvió a llamar la atención del mercado inmobiliario luego de que su valor fuera retasado en 150 mil dólares.
La propiedad había sido puesta a la venta años atrás por una cifra considerablemente mayor. En 2023, cuando la noticia de su comercialización comenzó a circular, se hablaba de una valuación cercana a los 400 mil dólares. En la actualidad, distintas publicaciones inmobiliarias muestran una oferta de 150 mil dólares, aunque también aparecen avisos con otros valores, una situación que se explica porque la propiedad es ofrecida por diferentes operadores del mercado.
La construcción se encuentra en la zona de las calles 511 y 520 de Quequén, a pocos metros del mar, y constituye una de las edificaciones singulares que sobrevivieron de la época de esplendor que tuvo aquella localidad balnearia durante las primeras décadas del siglo XX.
Una casa que nació hace más de un siglo
El origen del inmueble se remonta a comienzos del siglo pasado. La propiedad fue construida para Martín Coronado, escritor, periodista y poeta, quien eligió Quequén para levantar allí una residencia destinada a sus estadías de verano.
La construcción respondió a una época en la que las familias de mayores recursos incorporaban a sus residencias de descanso una arquitectura que buscaba combinar comodidad, amplitud y una fuerte presencia visual.
Coronado falleció en 1919 y años después la propiedad cambió de manos. En 1936 fue adquirida por el médico José Astelarra, quien terminó dándole el nombre con el que actualmente es conocida.
El edificio se desarrolló en varias plantas y conserva algunas de sus características más llamativas: amplios ambientes, numerosos dormitorios, grandes ventanales y un mirador ubicado en la parte superior, con una particular planta hexagonal y vistas panorámicas.
Las publicaciones actuales describen una superficie cubierta cercana a los 639 metros cuadrados, ocho dormitorios y cuatro baños. El terreno sobre el que se encuentra también tiene una dimensión considerable, aunque existen diferencias entre los avisos inmobiliarios respecto de la superficie exacta consignada.
Más allá de su valor como inmueble, el Castillo Astelarra representa una parte de la historia arquitectónica de Quequén. De hecho, las antiguas casonas de la localidad son consideradas testimonios de una etapa en la que la zona atravesó uno de sus períodos de mayor esplendor.
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Una construcción de similares características, también conocida como chalet Astelarra y ubicada en otra parcela de Quequén, fue construida en 1908 y declarada patrimonio municipal en 2001. La historia de aquellas grandes residencias permite entender la dimensión que llegó a tener la arquitectura residencial de la zona durante la llamada belle époque.
Cuando la historia entra al mercado inmobiliario
El caso del Castillo Astelarra no es aislado. En distintos puntos de la provincia de Buenos Aires se ofrecen actualmente antiguos cascos de estancia y grandes propiedades rurales que conservan construcciones de varias décadas de antigüedad.
Los portales inmobiliarios exhiben, por ejemplo, propiedades con cascos de estancia en Lobos, San Antonio de Areco, Luján y otros puntos del interior bonaerense. Algunas se comercializan como campos productivos, mientras que otras ponen el foco en las características arquitectónicas de sus casas principales, parques, arboledas y construcciones complementarias.
La tendencia plantea una particular paradoja: aquello que alguna vez fue construido como símbolo del poder económico de una familia hoy puede convertirse en un desafío para sus propietarios. El mantenimiento de edificios de grandes dimensiones, con techos, estructuras, aberturas y materiales que muchas veces ya no se fabrican, puede representar una inversión difícil de afrontar.
Al mismo tiempo, esas propiedades pueden encontrar nuevos usos: emprendimientos turísticos, hoteles boutique, espacios culturales, salones de eventos, establecimientos educativos o residencias.
Tandil, un territorio lleno de historias similares
El fenómeno adquiere una dimensión especial en Tandil. Desde las primeras décadas posteriores a la fundación del Fuerte de la Independencia comenzaron a instalarse grandes establecimientos rurales. Con el crecimiento de la actividad ganadera y agrícola aparecieron estancias que se convirtieron en verdaderos núcleos de producción y, en algunos casos, también en espacios de representación social.
El archivo histórico de El Eco de Tandil registra entre las primeras estancias del partido a El Carmen, de Eustaquio Díaz Vélez; Loma Partida, de Felipe Vela; San Ciriaco, de Ramón Gómez, y La Merced, de Ignacio Gómez, entre otras.
Con el paso de las generaciones, muchas de aquellas extensas propiedades fueron subdivididas, cambiaron de propietarios o perdieron parte de su función original. Sin embargo, todavía permanecen en el territorio tandilense numerosos cascos y construcciones rurales que conservan rasgos de aquella arquitectura.
Uno de los ejemplos más emblemáticos es el Palacio Sans Souci, construido en 1910 por José Santamarina sobre tierras que había heredado de su padre, Ramón Santamarina. El edificio fue concebido como una residencia de verano de estilo normando y llegó a contar con tres niveles, numerosas habitaciones, mármoles de Carrara, calefacción central, ascensor y grandes jardines.
El destino del Sans Souci fue muy diferente al del Castillo Astelarra. Después de atravesar distintas etapas históricas, la construcción terminó abandonada y sufrió un importante deterioro. Actualmente existen proyectos destinados a recuperar el predio, aunque la situación del edificio continúa siendo compleja.
También en el ámbito urbano tandilense existen antecedentes de propiedades históricas que fueron colocadas en venta. En 2018, por ejemplo, la antigua casona de la familia Blanco Villegas había sido ofrecida en el mercado por 380 mil dólares. La vivienda, construida alrededor de 1930 y de estilo neoclásico francés, había sido declarada edificio histórico por el Concejo Deliberante en 1995.
Más recientemente, otros inmuebles históricos de la ciudad encontraron nuevos destinos a partir de procesos de recuperación y puesta en valor. Un ejemplo es la antigua vivienda de Rodríguez 344, una construcción de fines del siglo XIX que fue restaurada y transformada en una residencia para adultos mayores.
Entre la conservación y una nueva oportunidad
El Castillo Astelarra vuelve ahora a aparecer en escena con un precio que puede resultar llamativo: 150 mil dólares por una construcción de enormes dimensiones y con más de un siglo de historia.
Pero detrás de ese número existe una discusión mucho más amplia. ¿Cuánto vale realmente una propiedad cuando además de metros cuadrados tiene historia? ¿Cómo se calcula el precio de una construcción que necesita mantenimiento pero que, al mismo tiempo, posee características arquitectónicas imposibles de reproducir?
La respuesta no parece sencilla.
En Tandil, donde las estancias y sus antiguos cascos forman parte de la identidad productiva y cultural de la ciudad y de la región, la pregunta también permanece abierta. Muchas de esas construcciones fueron levantadas cuando los grandes establecimientos rurales eran, además de unidades productivas, verdaderos símbolos de poder y prestigio.
Hoy, varias de esas propiedades buscan compradores capaces de asumir no solamente una inversión inmobiliaria, sino también el desafío de conservar una parte de la historia.
El caso del Castillo Astelarra funciona, así, como un espejo de lo que ocurre en buena parte del interior bonaerense: edificios que alguna vez fueron concebidos para durar para siempre y que ahora dependen de encontrar un nuevo dueño que quiera, y pueda, mantenerlos en pie.
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