Adoptó a un adolescente de 14 años y hoy celebra su primer Día del Padre: "Tomás es una bendición"
Mientras la mayoría de los postulantes busca adoptar niños pequeños, Nicolás Villanueva eligió recorrer otro camino. A partir de una convocatoria pública que vio en El Eco de Tandil, se anotó para adoptar a un chico de 14 años que estaba en un hogar. Ambos construyeron un vínculo que hoy se consolidó con una adopción plena y un nuevo apellido, pero sobre todo con la certeza de formar una familia para toda la vida.
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Cuando Nicolás Villanueva tenía poco más de veinte años, una pregunta empezó a rondarle la cabeza. Leía una nota sobre adopción y no lograba entender por qué, habiendo tantos niños y adolescentes esperando una familia, tan pocas personas se animaban a dar ese paso.
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Accedé a las últimas noticias desde tu email“Mi prioridad es adoptar”, recordó haber dicho una tarde, durante una charla con amigos en un café de Tandil. En ese momento todavía faltaban años para que esa idea se convirtiera en realidad, pero la semilla ya estaba plantada.
A los treinta y tantos se inscribió en los registros provincial y nacional de adopción. Pasó el tiempo y nunca recibió un llamado. Soltero, sin hijos y lejos del modelo tradicional de familia que durante años predominó en los procesos adoptivos, sentía que las posibilidades eran escasas. Hasta que una publicación cambió todo.
La convocatoria apareció el año pasado en las páginas de El Eco de Tandil y, por esas vueltas de la vida, fue publicada por la autora de esta nota. Era una búsqueda pública para encontrar una familia para tres adolescentes y Nicolás se anotó sin demasiadas expectativas. “Pensé: ojalá salga, pero no me voy a hacer ilusiones”, contó en diálogo con Perspectivas.
A los pocos días recibió un llamado del Juzgado de Familia 2. Comenzaron las entrevistas, las evaluaciones y el proceso de vinculación. Entre los niños incluidos en la convocatoria estaba Tomás, un adolescente de 14 años que vivía en un hogar convivencial.
Hoy, a los 42 años, Nicolás acaba de completar su adopción definitiva y Tomás, que ya cumplió 15, lleva su apellido. Hace apenas unos días recibió el nuevo DNI y espera con ansiedad que en la escuela comiencen a nombrarlo con su nueva identidad.
El primer encuentro
Nicolás tiene 42 años, trabaja como electricista y sonríe todo el tiempo. A primera vista es un hombre afable, de esos que no conocen la maldad, hecho de un material noble. La primera vez que vio a Tomás se encontró con un chico muy tímido, apasionado por el dibujo y los personajes de manga y animé. Lo llevó a El Ojo de Ugin, un “manga café” ideal para una primera charla.
“Él era muy tímido y estaba un poco nervioso, pero al poco rato ya estaba hablando y se empezó a sentir cómodo”, relató. Después lo llevó a conocer su casa. Mientras avanzaban las entrevistas, Nicolás había preparado una habitación para él. Tomás la recorrió, observó cada detalle y enseguida quiso quedarse.
“No se podía todavía, pero cada vez que lo dejaba en el hogar ya me preguntaba cuándo nos íbamos a volver a ver”, señaló Nicolás con enorme dulzura.
Las visitas se hicieron cada vez más frecuentes. Primero algunas horas, después fines de semana completos, hasta que llegó el momento de la convivencia definitiva. “Siempre le dije lo mismo: esta es tu casa. Este es tu lugar. Acá te vas a quedar para siempre. No es algo temporal. Es tu hogar", refirió.
“Los adolescentes también esperan una familia”
La llegada de Tomás implicó también encontrarse con una historia marcada por profundas heridas. El adolescente había atravesado años de institucionalización, sin vínculo con su familia biológica. “Escuchás cosas que te destruyen. Lo más difícil es trabajar sobre las heridas que dejan ciertas experiencias", reflexionó. Por eso, aseguró, gran parte del proceso consiste en construir algo nuevo.
La edad nunca fue un obstáculo para adoptar, al contrario. "Muchos de los que se anotan para adoptar ponen un montón de requisitos. Yo nunca los tuve. En realidad, lo único que buscaba era que fuera un chico más grande, con cierta autonomía. Siempre pensé en eso porque son los que menos posibilidades tienen de encontrar una familia. Lamentablemente, son los que nadie quiere adoptar".
Esa convicción también estaba atravesada por una historia familiar. Su padre había crecido en una institución hasta los 18 años y, aunque las realidades eran diferentes, conocía de cerca las dificultades que enfrentan quienes transitan gran parte de su infancia sin una familia.
“Yo no quería adoptar un bebé. Pensaba en un chico de 13, 14 o 15 años. Sentía que era la edad en la que más podía acompañarlo. Sabía que iba a ser un desafío, porque la adolescencia es una etapa difícil, pero también es una etapa hermosa”, compartió.
