Antonio Vizintín, la más conmovedora muestra de resiliencia al servicio de la vida humana
El exrugbier uruguayo viajaba en el avión que el 13 de octubre de 1972 se estrelló en la Cordillera. Durante 72 días, le ganó la pulseada al frío, el hambre, la sed y a una frustración inconmensurable. El cambio de asiento que le salvó la vida, la decisión de comer carne humana, el rescate, su regreso a Uruguay y más, en un mano a mano con Último Bondi.
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Por Fernando Izquierdo, de esta Redacción
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Hace más de medio siglo, el 13 de octubre de 1972, un avión de rubgiers uruguayos y allegados se derrumbó en la Cordillera de Los Andes, viéndose frustrada su llegada a Santiago de Chile, destino deportivo para los integrantes del plantel de Old Christians Club.
El impacto dañó severamente la aeronave y se cobró varias vidas. Parte del fuselaje quedó enterrado en la nieve cordillerana y pasó a servir como refugio para los sobrevivientes al cabo de los apremiantes días posteriores.
Tras el accidente, comenzó el calvario para quienes lograron conservar su vida. Jornadas gélidas con el padecimiento como factor permanente e inevitable, entre el frío y la posterior falta de provisiones que incrementaron la sed y el hambre de quienes pasaron a tener al casco del Fairchild FH-227D como nueva vivienda.
El paso del tiempo dictaminó más muertes, entre las consecuencias de las severas heridas tras el choque del avión y un aluvión de nieve que se produjo días más tarde.
Antonio “Tintín” Vizintín, de 19 años en ese entonces, fue uno de los que sorteó todos esos obstáculos y dejó atrás esos 72 días para convertirse en uno de los héroes de una historia que cobró repercusión inmediata en el mundo entero y que inspiró películas, libros y documentales por doquier.
A días de visitar la ciudad para compartir sus vivencias en el Centro Cultural Universitario, Vizintín dialogó con Último Bondi (emitido de lunes a viernes de 18 a 20 por Tandil FM 104.1 y Eco TV):
“Ya estuve en Tandil, tengo amigos, conozco gente del rugby. Las expectativas pasan por poder contarles algo más de la historia y de un libro que escribí, que va a salir en septiembre. La idea es charlar un poco sobre lo que fue nuestra vida en la montaña, de cómo conseguimos salir. Y también de una parte importante que tuvo esta historia, que tiene que ver con cómo el rugby nos fue llevando a trabajar en equipo, a sacrificarnos y a tener, internamente, una cantidad de cosas que los ‘brothers’ nos fueron inculcando en el colegio y que, al momento de necesitarlas, las teníamos. Ese conjunto de valores que nos permitió vivir en la montaña y poder salir del lugar”.
-¿En qué medida cree en el destino luego de haber cambiado de asiento en pleno viaje, dejando el fondo del avión, sector que se llevó la peor parte en el accidente?
-No sé si creo mucho en el destino. Pero evidentemente hay casualidades que se fueron dando que, de pronto, te hacen cuestionar una serie de cosas, pensar si el destino realmente está escrito. Estuve en el último asiento hasta quince minutos antes del accidente y pasé para adelante. Ésa es sólo una entre varias casualidades que se dieron durante toda la historia, que la hacen distinta a todo de alguna manera.
-Y le tocó vivirla teniendo apenas 19 años.
-Sí, iba a Chile con la expectativa de conocer la nieve, era “el gran viaje” en ese momento. Anteriormente, habíamos ido a Buenos Aires a jugar varias veces. Pero éste era el viaje más importante del club. En el ’71 se viajó sin ningún tipo de problemas y, en el ’72, tuvimos este accidente que nos impidió llegar al lugar.
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Antonio Vizintín aguantó 72 días en la nieve de la Cordillera de Los Andes.
-Ante una situación de esta naturaleza hay dos opciones: pelear hasta lo último o rendirse prematuramente. Por lo que ha trascendido, usted optó por la primera.
-Creo que en el diccionario del jugador de rugby no existe la palabra “entregarse”. Sea la situación que sea, pase lo que pase, vas a luchar hasta el último momento, porque estás entrenado y has practicado esas situaciones. No importa el resultado cuando estás jugando un partido, y menos aún al momento de jugarte la vida, estando también en juego la de tus compañeros. Ahí es cuando aparece esa fuerza interior a la que yo le doy mucho valor, la fuerza de voluntad. Era mucho más fácil quedarnos quietos, sentados, esperando que pase el tiempo, y morirnos de una manera u otra. Sin embargo, toda esa situación adversa se transformó en rebeldía, en una locura de caminar por Los Andes de mocasines, como algunos lo hicieron. Transitar esas montañas nevadas que eran desconocidas para nosotros, buscando una salida sin tener la certeza de que ibas a encontrarla. Con gran tenacidad y fuerza, desde el convencimiento de que si la muerte nos encontraba, nos iba a encontrar luchando para salir de ese lugar.
-¿A cuál de todos los padecimientos le temía más? ¿Al hambre, al frío, a la sed…?
-Al frío, en cierta medida, te acostumbrás después de los primeros días. En principio, tenés una sed tremenda, un hambre brutal y el frío te cala los huesos. Y encontrás un límite, llega un momento en el que no tenés más ropa que ponerte, ya no tenés cómo abrigarte, lo único que te queda es soportar, esperar que termine ese momento. Entonces, llevamos a límites increíbles los umbrales de frío y dolor. Fuimos capaces de soportar esas temperaturas brutales, se habla de entre 30 y 40 grados bajo cero. El freezer que tenemos en nuestra casa está en 18 bajo cero. Entonces, fue como vivir dentro de un freezer. Y fuimos capaces de adaptarnos. Ese grupo de gente se fue transformando en una sociedad, con sus normas, sus reglas. Ello nos permitió, a los 28 que quedamos vivos, convivir entre nosotros. Hubo una figura que fue importantísima, la del capitán del equipo, Marcelo Pérez Del Castillo. Él fue estableciendo un orden, poniendo normas y armando equipos. Cada uno fue trabajando en la medida de sus posibilidades. Nos fuimos enseñando el camino que debíamos seguir, sin proponérnoslo fuimos sabiendo qué rumbo teníamos que tomar. Supimos que debíamos estar unidos y hacer un sacrificio muy grande. Estar ahí era un esfuerzo brutal, de noche teníamos ese “baño de realidad” pensando “yo de acá no me voy, es imposible, me voy a morir”. Sin embargo, al otro día te levantabas con esa fuerza brutal de alguien de 19 años, dispuesto a lucharla, sin permitirte entregarte fácilmente.
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Vizintín, en sus años de juventud.
-¿Qué postura tuvo inicialmente ante la irremediable opción de ingerir carne humana de los compañeros fallecidos?
-Hacer eso era lo que menos esperaba. Creo que hubo una reunión entre los mayores, quienes fueron dándose cuenta de una serie de cosas. La verdad es que yo no tenía la menor idea de eso que iba a suceder, pensaba en ser rescatado. Hasta que en determinado momento nos plantearon que no íbamos a poder seguir así, que teníamos que alimentarnos con algo. Lo que quedaba de provisiones era muy escaso para 28 personas. Fue un momento muy difícil. Ellos tuvieron la reunión afuera y cuando entraron al fuselaje nos plantearon que la única opción que quedaba era hacer eso.
-¿Cómo lo tomaron?
-Fue un golpe tremendo, un mazazo. Era romper un tabú religioso, social. Te estaban diciendo que tenías que alimentarte con los cuerpos de tus compañeros muertos, de quienes iban a tu clase, de aquéllos con los que habías entrenado la semana anterior. ¿Qué disparate era eso? Hubo que asimilar ese golpe. El sistema de supervivencia del cuerpo te estaba diciendo que dar ese paso era la única forma de seguir vivo. Esa decisión se tomó, ese paso se dio, ese pacto se hizo, entendiendo que todos quienes resistimos debíamos conservar la vida alimentándonos con los cuerpos de los compañeros que estaban muertos. Una vez tomada la decisión, se siguió hacia delante, no había otra. Fue difícil, estaban de por medio el tema religioso y el humano. No fue una decisión fácil pero…¿cuándo lo son?
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Lo que quedó del fuselaje del avión uruguayo.
-¿Qué opina sobre las películas y los libros que se han hecho sobre este suceso?
-Creo que la última película, La Sociedad de la Nieve, es la que mejor refleja lo que vivimos, aquello por lo que tuvimos que pasar. Fue una película deseada por todos porque no habíamos quedado conformes con Viven. Porque se pusieron personajes y después se puso a las personas en un casillero. Y también nos quedamos con que Viven fue como un libro de historia, en el que no aparecían los sentimientos que habíamos tenido en la montaña.
Muchos años después, aparece el libro de Pablo Vierci, La Sociedad de la Nieve, donde sí se reflejan los sentimientos que experimentamos en Los Andes. Y la película de Bayona exhibe brutalmente lo que pasó, es cruda, es real. Cuenta detalles que hacen a la película. De principio a fin te toca las fibras más íntimas, era imposible hacerla más cruda. En la medida que va avanzando la película, te vas metiendo dentro de ese fuselaje, de lo que estábamos sintiendo, de lo que veníamos pasando. Quedamos contentos porque consideramos que a aquél que no estuvo allí le da una idea bastante aproximada acerca de lo que tuvimos que pasar.
-¿Cómo eran esas expediciones que emprendían en búsqueda de ayuda, sometiéndose a un desgaste supremo tanto en lo físico como en lo emocional?
-Ante cada expedición que encarábamos pensábamos que allí estaría la solución. Y nos encontrábamos con que no era así. Las expediciones se iban dando y, con ellas, los fracasos. Ésta no es una historia de éxito, es una historia de grandes fracasos. Fracasamos muchas veces en esas expediciones. Pero fuimos aprendiendo cosas de cada uno de esos tropiezos, íbamos mejorando cuestiones para poner en práctica al cabo de la expedición siguiente. Fuimos aprendiendo de cada una de nuestras caídas, nos fuimos levantando. Era difícil, poníamos todo nuestro empeño confiando en que íbamos a salir y, de repente, el optimismo se te venía abajo por un motivo o por otro. Pero siempre teníamos esa rebeldía, esa convicción de levantarte y seguir adelante, sabiendo que no podíamos quedarnos. Eso fue lo que nos mantuvo durante más de setenta días, siempre en la búsqueda de esa salida, con ese objetivo común de que, todos los que estábamos en esa situación, pudiéramos salir del lugar. Para conseguirlo, fue fundamental la ayuda de todos los que estaban. No era solamente tener un objetivo en común, también fue importante contar con un equipo atrás, que se encargaba de la comida, de hacer agua, de limpiar el avión, de que las frazadas queden como recubrimiento de los asientos para dormir secos de noche. Es decir, todo ese equipo que hubo detrás permitió que se hicieran esas expediciones. Y lo que facilitó que Nando (Fernando Parrado) y Roberto (Canessa) pudieran cruzar Los Andes y salir de ese sitio. Sin lugar a dudas, tuvimos suerte. Pero también hubo un esfuerzo muy grande de todos, como también mucha planificación, todo lo que se hizo fue pensado, no dejamos margen para que las cosas sucedan por casualidad. Calculamos los días y una serie de cosas, no dejamos todo librado al azar, pensando en que todo se dé “a la bartola”.
Las cosas que logramos fueron producto de una planificación, de una ejecución, del trabajo que un equipo hizo en pos de un ideal.
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-¿Cómo fue el momento del rescate?
-Habíamos calculado que iban a demorar diez días en venir a buscarnos. Casualidad o no, se dio así. Ese día, estábamos con la radio en la que, en su momento, habíamos escuchado que ya no nos buscarían, siete días después del accidente. Esa radio quedó arrumbada y la volvimos a utilizar diez días después de que se hizo la última expedición. Escuchamos que habían aparecido dos uruguayos, sabíamos que eran Nando y Roberto, y que estaban preparando el rescate.
La alegría nuestra fue brutal cuando sentimos los helicópteros, estuvimos todo el día esperándolos. Llegaron tipo 3 de la tarde, ya desde la mañana estábamos al tanto de la noticia. Oír ese ruido a helicóptero fue una satisfacción increíble. El primer grupo se fue a San Fernando, con unos compañeros nos quedamos un día más, en total estuvimos 72. Finalmente, nos fuimos directamente para Santiago de Chile, llegamos después de hacer escalas breves en San Fernando y Los Maitenes. Cuando llegamos a Posta Central, un hospital con helipuerto en el centro de Santiago, encontramos una montaña de gente, entre enfermos, médicos y enfermeras. Todo el mundo aplaudiendo y gritando, nosotros nos mirábamos diciendo: “¿Qué pasó, por qué todo esto”? No entendíamos qué estaba pasando, no teníamos idea sobre cuánto había repercutido la noticia en el mundo. Lo único que queríamos era volver a nuestras casas con nuestros padres, nuestras madres, hermanos…simplemente eso. Sin embargo, nos encontramos con ese aluvión de gente, con periodistas de Francia y de la BBC de Londres. Nos preguntábamos qué hacía esa gente allí, nos llevó su tiempo darnos cuenta de que, evidentemente, habíamos hecho algo muy especial.
-¿Mantienen contacto fluido entre los sobrevivientes?
-Sí, tenemos un grupo de WhatsApp, estamos permanentemente en contacto, nos intercambiamos información. A pesar de las diferentes edades que hay entre nosotros, nos decimos “hermano”.
Una situación como la que pasamos es algo que no se borra fácilmente. No te olvides de que National Geographic lo describió como el hecho de supervivencia más grande del siglo XX. Evidentemente, cuando repasás en tu memoria o ves imágenes, descubrís que fue un hecho histórico que nos unió, tenemos algo en común que nos ha conectado de por vida.
-¿Cómo se lleva con los aviones desde aquel momento?
-Siempre me llevé bien. Cada vez que entro a un avión siento, como decimos entre nosotros, olor a avión, que es una mezcla de combustible con plástico. Cuando percibo eso, me da por dormir. No tengo problemas en volar y, sin lugar a dudas, hoy hacerlo es mucho más seguro que en aquella época.
-¿Ha regresado al lugar del hecho?
-Varias veces, por distintas situaciones. Para llevar a mis hijos, a mis nietos, o a algún grupo de gente. Habré vuelto unas diez o doce veces, desde el lado argentino. Cada vez me parece más grande la montaña que subimos con Nando y Roberto, serán unos 500 y pico de metros. Cuando la miro, digo: “Qué pedazo de animales que fuimos”. Desde abajo parece increíble poder subir, quizá en ese momento, con la nieve, la veíamos mucho más plana, mucho más accesible. En aquel entonces, miramos y nos preguntamos cuánto tiempo nos podría llevar subirla. Y llegamos a la conclusión de que sería alrededor de un día. En realidad, nos llevó tres. Nos costó mucho llegar hasta arriba, se nos dificultó todo. Sólo podés lograrlo teniendo 19 años y siendo muy inconsciente.
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“Regresé al lugar unas diez o doce veces”, cuenta Vizintín.
-¿Cómo fue el regreso a Uruguay?
-Llegamos a Montevideo el 28 de diciembre. Hubo una conferencia de prensa. Llegué a mi casa a la tardecita, a las 6 ó 7 de la tarde. No recuerdo si mi mamá o mi papá me dijo que nos íbamos para La Coronilla, a unos 300 kilómetros de Montevideo. Nos fuimos creo que el día 30, yo no tenía muchas ganas porque iba a estar lleno de gente, y ahí ya empezábamos a tener cierta fama. Pero terminó siendo una decisión muy sabia. Después de los primeros días, pasé a ser uno más y disfruté un verano muy tranquilo con la gente con la que nos veníamos viendo los últimos años. Pude recuperar fuerzas, peso, sentirme alejado de todo el bullicio periodístico. Terminó siendo algo muy sano ir allí, después de aquella molestia inicial con mis padres ante su decisión de llevarme a ese lugar. Hoy, a la distancia, pienso que tuve suerte en que hayan tomado esa determinación.
-¿Cómo se da el intercambio con el público en las charlas que brinda?
-Es una historia que, así como te la cuento, la siento, que emociona. Por momentos es difícil de narrar. Tenemos una presentación de quince minutos y a veces me abstraigo, me pongo a mirarla y digo: “Uh, mirá, están hablando de mí”. Recordar ese momento te recorre las fibras íntimas. Trato de transmitir lo que viví, especialmente a la gente joven. Me baso mucho en lo que significan el rugby y la fuerza de voluntad. Considero que no hay que hablar de que lo nuestro fue un milagro, no fuimos tocados por una varita mágica. Fue el triunfo del espíritu humano luchando contra la adversidad. Es una cualidad que todos tenemos, no es propia de los sobrevivientes. Esa fuerza de voluntad que tenemos dentro nos permite hacer un montón de cosas. Cuando pensamos que no somos capaces de algo, tenemos que recurrir a esa fuerza interior y salir para adelante diciendo “sí, puedo, puedo mucho más de lo que creo”. La realidad es que somos mucho más capaces de lo que sospechamos, lo que nos pasa es que muchas veces no nos animamos a salir de nuestra zona de confort, nos quedamos quietos en ese lugar en el que nos sentimos cómodos, evitando arriesgarnos, o eludimos ciertas situaciones que, de una forma u otra, se te van a terminar apareciendo en la vida.
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Antonio Vizintín le contó su conmovedora historia a Último Bondi.
-¿Siente que en Uruguay los sobrevivientes tienen el reconocimiento que merecen?
-Pienso que sí. Pero la historia tiene una fortaleza muy grande, ha recorrido el mundo. Quizá, somos mucho más reconocidos en el exterior que en nuestro país, en la medida que conocen qué son la nieve y la montaña. En Uruguay no tenemos ninguna de las dos cosas y, de pronto, piensan que subimos una pequeña elevación y que pasamos un poco de frío. No hay una real conciencia acerca de lo que tuvimos que pasar. Pero eso no importa, porque es algo que, al mismo tiempo, nos permite vivir muy tranquilos, lejos de la exposición. Y uno tiene el convencimiento de lo que hizo, como también lo hicieron mis compañeros, y del sacrifico que hicimos todos los que estuvimos allí. En definitiva, lo que puedan opinar desde afuera importa poco.
-Es difícil tomar dimensión de lo que soportaron, cuando uno piensa que ya no va a resistir luego de pasar media hora de frío.
-Era frustración todos los días, estar muertos de hambre todo el tiempo, lo mismo con la sed y el frío. Hay un punto en el que ya no tenés qué comer ni con qué abrigarte, es ése el momento en el que emerge esa fuerza que tenemos dentro. Esa voluntad que te dice “voy a seguir un poco más”. Eso es algo que lo practicás en el rugby, cuando pensás que no das más, te instan a que sigas, a que des un paso extra. En la vida, uno se enfrenta a una cantidad de problemas que a veces piensa que no podrá superarlos y la realidad es que somos capaces de hacerlo. El tema es que hay que atreverse a enfrentar esos problemas. Cada uno carga su mochila en la vida y tiene que lograr hacer el mejor viaje posible con ella.
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