De la grieta al cráter
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“...tierra de ángeles sufridos. Ayer te hirieron las balas, hoy te hieren los olvidos”
Y Dios está inmóvil en la silla sucia de un geriátrico que murmura zumbidos de heladera. La enfermera le lleva un puré gris hasta la boca con una cucharita, sucia también porque la enjuagan, pero jamás ha conocido una esponja. Pobre viejo que chupa la cucharita y se le escapa baba por las comisuras. El tele viejo susurra un noticiero y el viejo llora porque no puede morir. No lo visita nadie, ni su hijo, ni su virgen, ni su madre la luna, ni sus nietos los jóvenes. Sus nietos que no quieren nada: ni saber nada, ni comprar nada, ni elegir nada. Ya no tienen hambre, ni alegría, ni tristeza, ni placer, ni dolor, ni sueños, ni miedo, ni lágrimas, ni sexo. Saben que tienen sangre porque se apuñalaron y la vieron brotar, la tocaron, la apretaron viscosa entre las yemas. Y saben que no sabe a nada porque la chuparon y la escupieron. Y saben que están vivos porque tienen sangre, pero la vida no es más que un gran adelanto con infinitas horas de sobra. No lloran porque para llorar hay que tener muchas ganas y no se mueven porque ahí mismo les dijo la muerte que los pasaría a buscar cuando el sol se derrumbe. Es infinito este mundo, es atemporal, interminable, irreconocible, infinito e idéntico. Y tan infinito y tan inmenso que entra en la palma de una mano. Y tan infinito y tan ruidoso que no existe sonido ni vibración alguna. Y tan infinito y tan poblado que los nombres y las voces y los rostros se desintegraron, tragados por la nada misma. Y Dios baboso vertió el océano entero en un vasito de vidrio que rebalsó en olas por todos lados hasta formar un nuevo océano en el piso del comedor. Y todas las hormigas del geriátrico se ahogaron, menos las que treparon por el vidrio. Y resolvieron duplicar su medicación y cerrar las persianas.
Sus nietos no eran nada, ni médicos, ni artistas, ni contadores, ni deportistas, ni amantes, ni asesinos. Aunque eran infinitos los quirófanos y las canciones y los billetes y los estadios y los besos y las víctimas. Infinitos, pero lejanos atrás del vidrio. El vidrio siempre. El vidrio y la yema. El altavoz para despertar, el vidrio y la yema. El desayuno en plástico con sellos, el vidrio y la yema. Lavar platos y ollas, el vidrio y la yema. Sodio y cáncer, el vidrio y la yema. La fricción del vidrio y la yema hasta el orgasmo de los píxeles, hasta la costumbre infinita. Y Dios no murió, pero vivo tampoco estaba. Fueron infinitas las bombas atómicas, las violaciones y los genocidios. Y fueron infinitas las sectas que controlaban sectas, los viejos inmortales que comían bebés, los alienígenas y las entidades demoníacas. Enterraron a sus madres y a sus hermanas. Se llevaron a sus padres y a sus hermanos. Apuntaron calibres gruesos a la altura que deberían estar sus cerebros, pero ninguno levantó la mirada. En todo momento el vidrio y la yema. Infinitos los clips, los hooks. Y hasta el mismísimo Malo se volvió aterrado a su casa, fondeó blanco y se ahorcó con un cable.
Y los de este lado se enojaron con sus padres por ser pobres y no darles nada. Y los de este lado se enojaron con sus padres por ser ricos y servirles todo. Y los del medio amaron con locura a sus padres y los vieron morir de a poco sin diagnóstico. Aunque eran infinitos los que estaban peor, desde la basura hasta las trincheras, desde los hospitales hasta las morgues. Aunque eran infinitos los que estaban mejor, del vidrio a la yema. Cada borde del edén borroso, inalcanzable, vacilante. Ni un contorno en el inmenso vacío barroco. Y una novia desafía a su novio a embocar una herradura, un dron persigue a un hombre por la tundra, una bebé dice su primera palabra, un auto muerde la banquina y vuelca, una banda presenta canción, un cuñado apuñala a otro en la garganta, un famoso se pronuncia, pero tiene seis dedos, un médico habla de. Un caleidoscopio infinito de realidad, un gusano plano en el intestino. Hicieron dulce con las manzanas hasta empacharse en frascos y se asquearon del dulce y de los creadores.
Ignoraron a las víboras que buscaban poder y a los chajás que gritaban rebeldía, a los tábanos que seguían el olor y a las lauchas que agarraban comida. A los murciélagos, pero también a las mariposas, especialmente a ellas. Y con autonomía de lagartija dejaron atrás su soberanía para que las plantas, que estaban conectadas bajo tierra y no hacían ruido alguno, la absorbieran. Y livianas las lagartijas corrieron para el lado de quien menos dientes muestre y fingieron que sentían algo mientras esperaban.
En algún momento los convencieron de que esta tierra no era suya, de que la patria era una estrofa y la juventud se pagaba por mes. Y salieron a trabajar en bandadas amargas sin saber para quién, y se quejaron con sangre fría y lavaron platos con agua caliente. Lejano el Andes, los Infernales, las tolderías y fortines. Ajeno el aguará guazú y el pescado castigado. Ajenas las tumbas y las manos del alambrador. Les quedó el mate y la pelota, como caricatura triste de feria. Y otros ritmos llegaron como el ciervo colorado. Y el tero se hizo gorrión para estar cerca de las migas.
Acá mismo, entre los dos eucaliptos, había una grieta franca, un norte y un sur. Teníamos pecado y carnaval, puerto y pampa, potrero y camino. Los vivos luchaban y los muertos morían. Y las luchas vivían y las muertes contaban historias. Y las cosas pasaban. Muchas veces mal y algunas veces bien. Pero fue tan infinito el deseo que ya nadie quiso nada, tan infinitas las posibilidades que nadie pudo elegir, tan inagotables las malas primicias que nadie se enteró de nada, tan vasto el llano que nadie pudo defenderlo, tan infinitos los culpables… Y vivimos con los ojos entrecerrados, esperando la cachetada, con un espejo en el pasado y otro en el futuro. Y no sabemos trabajar, ni descansar, ni dar, ni pedir, ni estar en guerra, ni estar en paz.
Escritor, poeta y músico tandilense. Actualmente vive en Buenos Aires, donde cursa la Licenciatura en Artes de la Escritura en la Universidad Nacional de las Artes (UNA). Con una fuerte versatilidad literaria, ha publicado ensayos, poemas y obras teatrales, incluyendo el estreno de “Apocalipsis Siglo XXI” en el Teatro de La Confraternidad. En el ámbito musical y de la cultura urbana, es conocido por sus seudónimos Niño Neo y Neo Noir, y cuenta con dos álbumes editados y presentaciones en destacados escenarios porteños.