Pensar el hambre

El Eco

Hay tres cosas que cada persona debería hacer durante su vida: plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro. No se si estos son preceptos de un profeta islámico, algún proverbio o palabras replicadas por poetas inspirados. Lo cierto es que en el haber, dos de tres, eran las máximas cumplidas hasta el momento en el balance de mi existencia.

Desconocía por completo el enunciado cuando a los diez años, trasplanté un pequeño pino en la casa que mi padre había alquilado una temporada veraniega en Necochea. Tampoco vino a mi mente cuando llegó al mundo mi primogénito durante un caluroso septiembre del siglo pasado.

Tal vez, crecía en el interior la inquietud de inmortalizar mis palabras en alguna obra literaria que sin trascendencia, acabara empolvada en algún estante de biblioteca  pero esta sola idea, terminaba por desalentarme una y otra vez. Lo positivo era que esa oportunidad permanecía latente.

Acaso, el mundo de lo posible se hacía manifiesto gracias a que nací en un hogar de trabajo, con valores inquebrantables y en el que siempre, a disposición había algo tan fundamental como intrascendente para muchos: un plato de comida. Uno para mí y otro para quienes circunstancialmente se sumaran a la mesa.

Y este no es un dato menor. Claro que no. El alimento es la base de todo sustento para que un ser humano pueda crecer dentro de los parámetros psicofísicos elementales para su desarrollo. Para que pueda empuñar la pala y sembrar la semilla. Para que pueda gestar una vida dentro de la suya o para multiplicar las neuronas necesarias para algún día, escribir un libro.

“La única guerra que vale la pena, es la del hombre contra el hambre”. La frase del médico pediatra y fundador de CONIN, Abel Albino empezó a resonar fuerte en mi cabeza. Tan fuerte, como el ruido a tripa vacía que algún erudito señaló con el nombre de borborigmo. Como si la necesidad imperiosa de comer conociera de estas definiciones.

Pensé en que tal vez nuestros legisladores, aquellos encargados de promover políticas públicas para desterrar este mal enquistado en la sociedad argentina, tuvieron una especie de epifanía cuando decidieron días atrás, dar curso a la normativa que reglamenta la donación de alimentos para los sectores más vulnerables de la población.

La iniciativa que creó el “Plan Nacional de Pérdidas y Desperdicios de Alimentos”, será debatida en el Senado. El proyecto que busca modificar el índice de pobreza que hoy roza el 30 por ciento, se basa en que las empresas alimentarias puedan deshacerse de productos próximos a vencer y que éstos, a través de los bancos de alimentos puedan llegar a quienes lo necesitan.

No sé si esta ley trata en su espíritu de achicar la brecha entre el volumen de comida que se descarta (según datos oficiales a razón de 38 kilos anuales per cápita) y la pobreza estructural, o si una visión más progresista me conduce a pensar que estos desperdicios son una especie de pseudo solidaridad para administrar el hambre.

Esa clase de hambre, que incuba una secuela permanente, una huella que no puede ser llenada con sobras o desechos por más que estos cumplan con los parámetros y controles sanitarios que suscribe la regla. Ese dolor abdominal que no permite inferir, elegir, aprender, soñar, amar.

No es viable un país con un tercio de pobres. No son factibles las medidas cortoplacistas que tratan de maquillar la lividez propia de un cuerpo mal nutrido o de reciclar un cerebro con escasas herramientas para encontrar el terreno donde germine un brote, un vientre para perdurar a través de la descendencia o mucho menos, redactar una simple palabra.

Tal como se muestra, la normativa contribuye a una implementación de forma pero no vislumbra una solución de fondo. Más bien, en este amplio menú de desigualdades la fría letra de la ley promueve un parche y lejos de pensar el hambre, sirve un canapé para miles de estómagos que piden a gritos saciar la penuria y la avidez de un vacío orgánico que impide desarrollar la facultad no siempre innata pero sí inherente entre los humanos: razonar.

Quizá no sea este un comentario oportuno para sellar lo dicho, pero cada vez que puedo me doy una vuelta por Necochea y paso por la casa del pino que hace más de treinta años crece entre cuidados y riego. Se transformó en una imponente conífera que gracias a sus veinte metros de altura proyecta una enorme sombra en la que más de una oportunidad, vi algún veraneante apaciguando el calor de enero y esa simple imagen me hace pensar en la fortuna que tuvimos tanto yo, como el árbol.

 

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