Un patriota

El Eco

Sencillo. Entrañable. Genial. Un simple gesto que involucra cerrar un ojo, ladear la boca con una mueca y hacer un círculo con los dedos pulgar e índice, significaron por generaciones un saludo que Carlitos Balá supo ejecutar e inculcar como pocos.

Aún hoy la expresión es usada por muchos y sobre todo por él, que a sus noventa y pico de años, continúa con el mismo humor haciendo morisquetas y cepillando prolijamente el flequillo de su eterno corte taza.

Balá creaba un flujo casi hipnótico frente a la pantalla. Nos introducía en un mundo de canciones, perros invisibles, autos destartalados y de niños valientes que lograron en un sincero acto de heroísmo cederle su objeto más preciado: el chupete.

El chupetómetro de Carlitos era surrealista. Recuerdo que sentada frente al televisor suplicaba a mis padres que me llevaran a participar del programa y mamá siempre esbozaba la misma respuesta: “no podemos, nosotros tenemos que trabajar”.

Imaginé tiempo después que muchos de aquellos que arrojaron su presea de látex en esa enorme batea, crecieron añorando la succión y supieron con el tiempo prenderse con firmeza a la teta del Estado y como ávidos lactantes, absorbieron hasta la última gota de alimento de la administración pública.

Ese Estado del cual lograron formar parte gracias a que otros (como yo) siguieron mamando despreocupados como dichosos bebés de pecho y no hicieron más que confiar en la resolución de quienes marcaron esa diferencia invocando patriotismo.

Pero al madurar, entendí que la patria y el Estado, no son lo mismo. No es lo mismo servir a la patria que servirse del Estado. Y es importante no confundir los conceptos ya que muchos suelen apelar a la sinonimia. La primera noción está ligada a lo afectivo, lo natal, lo ancestral. La segunda, refiere netamente a lo gubernamental.

Tampoco es comparable manifestar un sentimiento patriótico a sentirse `el Estado´. Ya sabemos que cuando esto último sucede, nada bueno acontece.

Y aquí me quiero detener. Porque en algún punto, cuando algunos candidatos llegan al poder, comienzan a delinear un límite difuso entre sus atribuciones de turno y el aparato político que los sustenta. Confunden partido con poder y poder con Estado.

Sin ir más lejos, la reciente condena al ex vicepresidente de la nación Amado Boudou me conduce a este ejemplo. El ex funcionario que suma aún varias causas en la Justicia, quedó tras las rejas por incompatibilidad de negociaciones en la función pública y cohecho.

El hombre que supo radicar domicilio en un médano en la localidad de San Bernardo y manejarse con papeles apócrifos de un vehículo particular, recibió el galardón de ser en el país el primer vicepresidente de la Democracia que va a la cárcel por corrupción.

Triste. Lamentable accionar de un sujeto que la voluntad popular ubicó en un lugar de privilegio y que lejos de defender y desempeñar su rol con lealtad a la patria, se nutrió de la teta estatal para engrosar sus arcas y la de sus amigos.

Cada vez que estos hechos o tantos otros tomar curso en las huestes judiciales me surgen preguntas.¿Realmente la ocasión hace al ladrón o se es de antes?. ¿Brinda el Estado el lugar propicio para aquel que quiere enriquecerse a costa de lo público?.

Si me remito a los hechos, no sé cuántos patriotas quedan, si acaso los hay. Lo que sí existe y por manojos, son constantes inconductas de quienes deben dulcificar nuestros destinos y nos dejan tras su paso por la gestión paladeando la pesadumbre de la desconfianza.

Decoran con discursos demagógicos los debates que se deben dar y mientras tanto se prueban la talla de los guantes blancos para desestimar con sus actos las proezas que argumentaron. Nada a lo que no estemos sobradamente acostumbrados.

No hay que mentirse. Amigos de lo ajeno e inescrupulosos hay en todos lados. Pero aquel que bajo juramento ante los ciudadanos y su credo promete asumir una función tan importante y que lejos de ejercer con dignidad aprovecha y corrompe, desdeña lo más sagrado que pudo obtener gracias al pueblo.

La pena impuesta al ex vicepresidente no le permitirá nunca más, acercarse a ese pecho que sacia el apetito de los ambiciosos. Porque verdaderamente querer robarse la máquina de hacer dinero, es de una codicia desmedida.

No puedo dejar de pensar que Boudou probablemente haya sido uno de los tantos que resignó su bien más preciado frente al chupetómetro y haya gastado allí, su cuota de patriotismo.

Tal vez sí, por eso hoy la Justicia y la patria se lo demandan.

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