A casi un año de aquel “grito” de Ailin Torres y las 20 puñaladas, un jurado popular consideró que el crimen fue un femicidio

Ayer comenzó y culminó el juicio por jurados en el que se ventiló el crimen de Ailin Torres, por el cual resultaba imputado Damián Gómez. Tras escucharse la docena de testigos y los respectivos alegatos, los vecinos que conformaron el jurado popular ratificaron que el acusado es culpable del homicidio agravado en un contexto de violencia de género.

El Eco

En una extensa e intensa jornada en el TOC1, ayer un jurado popular seleccionado para la ocasión escuchó sin prisa y con breves pausas, a una docena de testigos más los alegatos de la acusación y defensa para luego resolver la suerte procesal de Damián Gómez, quien tomó por asalto a Ailin Torres en su departamento en la madrugada del 11 de noviembre del año pasado y le asestó 20 puñaladas.

El trágico suceso, ampliamente difundido y con sensibles repercusiones más allá de las fronteras serranas, tuvo su corolario procesal penal, para lo cual no había mucho por dilucidar sobre la autoría del asesinato, más bien el entuerto judicial versaba sobre la calificación penal a imponer, con la consecuente pena a purgar para ese joven que su vida se había transformado desde que su novia de 9 años, de los cuales siete convivieron, le dijo que ya no lo amaba más y que iba a hacer su propio camino, proyecto que quedó truncado al filo de un cuchillo y de una veintena de puñaladas porque él no podía seguir sin ella, entonces la mató.

Eran las 22.30 de anoche cuando los papás, allegados y amigos de Ailin pudieron soltar en lágrimas esa angustia que les carcomió sus días. Con un sentido y emocionado aplauso celebraron lo que esos vecinos comunes habían resuelto tras una maratónica jornada de juicio que había comenzado a las 9.

“Nosotros, como representantes del pueblo, dictaminamos culpable a Damián Gómez de homicidio agravado en el contexto de violencia de género”. Aquel conmovedor aplauso no tardó en llegar y, a partir de allí, la angustia contenida se transformó en un grito consolador de “justicia”, para darle lugar al llanto reparador ante esa necesidad de que el asesino de Ailin pague con la pena máxima por lo que hizo.

La emoción destilada por el entorno de la víctima llegó al punto de que esos estoicos papás, tras trenzarse en un abrazo interminable por el consuelo de la justicia terrenal, no dudaron en ir también al encuentro del fiscal Gustavo Morey con quien se fundieron en otro abrazo de agradecimiento con el siempre adusto funcionario judicial que, una vez más, con un sólido trabajo, no dejó margen a mayores interpretaciones.

Ya afuera de la sala, más de una veintena de familiares y amigos de los Torres que siguieron atenta y sentidamente el debate se unirían en la misma emoción hecha lágrimas incontenibles y el alivio de que aquellos “gritos de Ailin” que conmovedoramente relataron los testigos de aquella madrugada violenta y fatal ahora habían sido escuchados.

En un menor número también se hicieron presentes en la sala los hermanos y allegados del victimario, que con un respetuoso silencio siguieron las alternativas de un juicio con final anunciado. Apenas abrazaban la “esperanza” de que el representante legal, el controvertido Claudio Castaño,  lograra torcer la historia procesal en cuanto a la calificación penal a imponerse. Pero ningún artilugio, entreverado alegato e irreverentes intervenciones lograrían cambiar un ápice en la convicción de esa docena de vecinos, a quienes unos 20 minutos les alcanzaron para resolver y emitir su fallo. Hoy al mediodía, los actores judiciales (fiscal, defensor y el juez Pablo Galli) protagonizarán la audiencia de cesura, en la que se ponderará la pena a imponer para el ya considerado culpable, con una pena en expectativa según reza el Código de prisión perpetua.

Violencia de género

La apertura del debate tuvo como acto preliminar la audiencia en la que las partes tanto eligieron como descartaron a los postulantes a integrar el jurado popular. Una vez resuelto, casi arribando al mediodía, se dio inicio formal a la audiencia que contó con una docena de testimonios, todos aportados por la acusación, entre los que se destacaron por su connotación emotiva la mamá de Ailin, una de sus mejores amigas, el par de vecinas del departamento donde se desencadenó la escena fatal y del policía y por ese entonces pareja de la víctima, Nicolás Guallarello, quien debió soportar los embates del abogado Castaño, más preocupado en poner en duda su rol en el hecho, cuando el juicio tenía que ver con nada más y nada menos que resolver la responsabilidad penal de su pupilo.

La discusión jurídica, entonces, versaba sobre qué calificación penal le correspondía imponer a Gómez, quien siguió el juicio inmutable, sin cruzar mirada con los Torres, esa familia que lo consideraba como a un hijo más, que le dio cobijo incluso después de que la propia Ailin intentaba cortar todo lazo afectivo para con ese amor de adolescente de años que se transformó en tóxico y que quiso abortar pero con el deseo de no dañarlo, esperanzada en que iba a superar esa ruptura. Ella no pudo. Él no quiso. Y cuchillo en mano, esperó agazapado en el baño y la apuñaló una y otra vez hasta matarla. Después, se tiraría en la cama y se auto infringiría unos cortes en sus muñecas, simulando un intento de suicidio, y una vez arribada la policía, pediría que lo maten.

Sólo se mostró quebrado emocionalmente cuando su abogado insistiría cual súplica al jurado que consideren la condena a imponer, ya que de resolver que el crimen fue bajo el contexto de violencia de género, le cabría la pena de perpetua. Ahí Gómez se abrazó con la joven que acompañaba a Castaño y se salió de aquella postura impávida, que no tuvo miramientos a la hora de sostener firmemente la mirada al último testigo del debate, Guallarello, ese hombre que “le había arrebatado” a esa mujer que creyó que era de su propiedad. Y que si no era de él, no sería de nadie.

Los alegatos

Efectivamente tras escuchar los testigos citados para la ocasión (ver aparte), ya transitando la tarde noche, fue el turno de los alegatos, por los cuales el fiscal Morey y el defensor Castaño cobrarían protagonismo a la hora de pretender imponer y persuadir al jurado sobre sus respectivas hipótesis.

Con sutil alocución y sólida argumentación, el ministerio público desplegó su intervención cual clase pedagógica de qué estaba en discusión en el juicio y sobre las características del delito que se estaba debatiendo, acerca de lo que configura la violencia de género.

En ese tren, Morey profundizaría sobre cómo fue el proceso de esa relación amorosa, conviviente, que terminó en homicidio. De cómo esa relación de poder que impuso Gómez para con Ailin fue in crescendo, pasando de la amenaza de quitarse la vida si no retomaban la relación, a insistentes e interminables mensajes de texto en un contexto de hostigamiento abrumador, con episodios virulentos en el medio (irrumpiendo por las madrugadas en el departamento, rompiendo un vidrio de la ventana), hasta el ultimátum vía whatsapp: “las injusticias se pagan”.

Precisamente el fiscal reproduciría un acotado cúmulo de mensajes de texto (en unas doscientas páginas del expediente se reprodujeron los mensajes de la víctima y victimario) en los que se desnudaba contundentemente el tenor del hostigamiento del imputado para con esa sensible joven que apelaba a que aquel novio al que le guardaba cariño pero no amor recapacitara y la dejara en paz.

También como argumento para robustecer la hipótesis de la violencia de género, Morey trazó una contundente hipótesis sobre el accionar previo de Gómez, para sentenciar que pergeñó el asesinato, que no se trató de un acto instintivo del momento. Más bien todo lo contrario, el acusado sabía de los movimientos de Ailin esa noche y el posible recorrido que iba a realizar para arribar a su casa. Ubicó el auto en un lugar estratégico para no ser divisado y se coló en el departamento a esperarla con el cuchillo en mano, arma blanca que no era de la víctima, sino que la trajo consigo Gómez con el claro propósito de matarla.

Con templanza, el fiscal cerraría su alegato solicitando al jurado que no se dejara llevar por expresiones o conjeturas que intentó imponer la defensa. Y concluyó con aquella frase que el propio femicida había elegido de ultimátum para con la víctima, “las injusticias se pagan”, con el telón de fondo de la imagen de Ailin y sus mascotas. Una tierna y dulce postal de esa joven que destilaba cariño, que había descubierto con su nueva pareja que otra vida era posible pero que “Dami” le quitó.

La defensa

Al turno del alegato defensista, Castaño recurriría a una zigzagueante alocución, con interpretaciones algo confusas sobre la figura del femicidio y algunas frases desafortunadas que merecieron algún que otro reproche del propio fiscal, y del sensible público en la sala, fastidioso y por momentos enardecido por sus irritables intervenciones.

El letrado aclaró que no se ponía en duda la autoría de su cliente, pero pidió al jurado que a Gómez se lo juzgue por el delito correspondiente, considerando que se trató de un homicidio simple, y no en un contexto de violencia de género. “No discuto que pasó, sino por qué pasó”, y allí arremetería con todos aquellos que hablaron de aquellos días de hostigamiento y nada hicieron para evitar el desenlace fatal, en especial Nicolás Guallarello, sobre quien consideró que en la audiencia no debió ser un testigo sino un acusado de, en principio, incumplimiento de los deberes de funcionario público, y hasta de homicidio culposo, por no intervenir en la agresión que su pupilo le propinó a la víctima, conjeturando con que si el policía no entraba en la escena, Gómez no mataba a Ailin.

Sin más y culminados los alegatos, el juez Pablo Galli leyó las instrucciones al jurado para que sepa qué tenía que ponderar de lo visto y oído a lo largo de la extensa jornada de juicio. Más luego, los vecinos se excluyeron del resto de los presentes y deliberaron hasta que ventilaron su veredicto.

 

El relato de una madre

Sin dudas uno de los pasajes más emotivos de la jornada fue cuando irrumpió en la sala Cristina, la mamá de Ailin, quien con un tono cálido y sin visos de resentimiento pero con un dolor que sólo ella supo sobrellevar, se entregó al respetuoso interrogatorio de las partes.

Habló de la historia de la relación de Ailin y Damián, de esos nueve años de noviazgo y siete de convivencia en su propia casa hasta que la pareja decidió independizarse, y ellos los ayudaron.

No tuvo rencor a la hora de exponer sobre el cariño para con “Dami” (aún ayer lo nombraba así) a quien consideraban como un integrante más de la familia, como un hijo.

Confió que supo de ciertas tensiones de la pareja y de los episodios que su hija padeció, pero que jamás pensó que corría riesgo la vida. Reconoció que lo notaba celoso y algo posesivo pero que nunca había presenciado violencia física. Sí intervino cuando ya en su propio departamento supo de la ruptura de la pareja y que Damián molestaba a Ailin. Incluso cuando llegó aquella escena donde le rompió el vidrio de la ventana y Cristina intervino, habló con Damián y éste le dijo que “jamás le haría daño a Ailin”.

A preguntas de por qué no lo denunciaron frente a semejante hostigamiento, la sufrida madre confió que la propia Ailin aseguraba que él jamás le iba a hacer daño.

También el fiscal le preguntó por ese interrogante que quedó flotando en el aire de aquella trágica madrugada hasta hoy, acerca del rol, del accionar de Nicolás frente a la agresión que estaba sufriendo su hija. Una vez más, esa madre del dolor se mostró piadosa para con el último amor de su hija. “Él no la pudo defender”, no podía haber evitado la criminalidad ya dispuesta de Damián.

Bajo el mismo tenor emocional pasaría frente al jurado una de las mejores amigas de Ailin, quien tal vez más sabía de aquel hostigamiento padecido por la víctima. De aquella enfermiza posesión que Damián hacía para con Ailin cuando novios, al punto de manipularle el teléfono celular, de revisarle los mensajes, celarse por la admiración que la joven tenía para con un grupo de rock.

También ahondaría en lo que fue la ruptura y la nueva vida que había emprendido su amiga, a quien se la veía feliz, incluso sorprendida por detalles que hacían a la nueva pareja. Se emocionaba por una invitación al cine, porque le preparaba el desayuno. Situaciones que ella nunca había vivenciado.

Un testimonio de similares características se escucharía luego de la cuñada de Ailin, novia de uno de sus hermanos y quien también cumplía el rol afectivo de confidente.

 

Las vecinas del horror

 

Otro pasaje que causó consternación en la sala fue cuando se escucharon las versiones de las dos jóvenes que eran vecinas de Ailin. Ambas chicas rompieron en llanto cuando debieron repasar lo que observaron pero principalmente escucharon aquella noche desde sus respectivos departamentos. Sobre todo aquel “grito” indescriptible e irrepetible de Ailin (cuando se vio sorprendida por Damián en el baño) y luego los pasos de la corrida bajando la escalera –de Nicolás- y el pedido de auxilio. Minutos después, el movimiento policial y la noticia de que a su vecina Ailin la habían matado a puñaladas.

También fueron contestes sobre los acontecimientos violentos previos a esa madrugada. De los timbres del portero interminables, de los saltos del portón y de la rotura del vidrio de la ventana, además de aquellas conversaciones telefónicas subidas de tono en las que Ailin pedía que la dejara en paz.

Sus sentidos relatos fueron acompañados por la conmoción de ese público que se representaba una y otra vez aquella imagen aterradora con Ailin acechada por su victimario, siendo blanco de los puñales asesinos.

 

El testigo presencial

 

Cerrando el comparendo de testigos, Nicolás Guallarello se encargó de reproducir en qué circunstancias conoció a Ailin, cómo iniciaron la relación y, en especial, cómo sucedió el homicidio frente a sus ojos hasta que él salió de la escena en busca de socorro.

Reseñó pormenorizamente el periplo de esa noche en que Ailin conoció a su familia y él a la de ella, en sendas fiestas, hasta que emprendieron la retirada al departamento. Cuando él se tiró en la cama y Ailin fue el baño y ahí escuchó el grito de ella. Cuando se acercó, Gómez la tenía maniatada y apuntándole con el cuchillo en el cuello. El atinó de decirle “pará, tranquilízate” y al unísono el agresor le asestó los primeros puntazos en el cuello. El salió del lugar hasta su casa en busca del arma y pidió auxilio telefónicamente a sus compañeros del 101. Después, lo que ya se difundió. La muerte impiadosa y la imponte desesperación de un joven que hizo lo que se le cruzó en ese instante.

Fue allí donde arremetería el defensor Castaño sobre su accionar, embestida verbal que mereció la intervención del fiscal y las observaciones del juez para que el interrogatorio no se transforme en una inquisición. No era objeto del proceso juzgar lo que hizo y dejó de hacer Guallarello.

Sería Morey el encargado de preguntarle si la familia de Ailin guardaba algún rencor para con él, a lo que el testigo reconoció que tenía cierto temor por lo que opinaban pero que con el paso de los días la propia familia Torres lo recibió y hoy cobijan una estrecha relación.

Nota proporcionada por :

  • ElEcodeTandil

Deja tu comentario