A dos años del hecho, sigue el calvario del niño que recibió un disparo en el ojo y su familia denunció amenazas
En 2018, Raúl Giménez quedó en medio de una reyerta familiar entre sus vecinos y fue alcanzado por perdigones de un disparo de escopeta que fueron a parar su cara. A fines del año pasado los culpables, Carlos y Luis Martínez, fueron condenados a tres años y seis meses y tres años, respectivamente, pero como son penas menores se encuentran en libertad. El cuadro de salud del menor ha empeorado con el tiempo y sus padres mostraron su decepción con el accionar de los jueces. Este lunes recibieron amenazas por seguir ventilando el episodio.
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A casi dos años del hecho, Raúl Giménez -el niño que recibió un perdigonazo en un ojo al encontrarse en medio de una pelea familiar entre vecinos en la zona de El Tropezón- y sus padres, siguen inmersos en las lamentables consecuencias del episodio.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailEl suceso ocurrió el 14 de julio de 2018 y el pequeño, que entonces tenía 9 años, quedó en medio de una pelea entre dos familias, en una casa ubicada en Quintana 2045 que fue atacada a disparos de escopeta, cuyos perdigones lo alcanzaron y le provocaron heridas graves. Producto del impacto, el menor perdió por completo su ojo derecho y comenzó a padecer terribles dolores y complicaciones debido a las lesiones.
En diciembre de 2019, el Tribunal Oral Criminal 1, integrado por los jueces Guillermo Arecha, Pablo Galli y Agustín Echeverría, emitió su veredicto en torno al juicio llevado a cabo contra los dos hermanos que protagonizaron el hecho.
Tras las audiencias, resolvieron condenar a Carlos Alberto Martínez a la pena de tres años y seis meses de prisión e inhabilitación especial por el término de siete años, como autor penalmente responsable de los delitos de “Portación ilegal de arma de fuego de uso civil en concurso real con lesiones graves agravadas por el uso de armas de fuego –dolo eventual-“.
En tanto, Luis Miguel Martínez también fue sentenciado a la pena de tres años de prisión de ejecución condicional e inhabilitación especial por el término de seis años, por del delito de “Portación ilegal de arma de fuego de uso civil”. Ambos están en libertad, porque las penas que cayeron sobre ellos no son pasibles de cumplimiento efectivo.
Sensación de injusticia
En diálogo con este diario, Raúl Giménez y Verónica Roquet, manifestaron su indignación con el fallo judicial. Es que pese a que en dichas instancias el caso quedó saldado, ellos día a día deben convivir con las secuelas del incidente.
Antes de que se realizara el juicio, ya habían rechazado un juicio abreviado y sabían que la condena iba a estar lejos de ser ejemplificadora como pretendían. No obstante, aunque al principio fue crítico con Gustavo Morey, el fiscal a cargo de la causa, ahora el padre del menor reconoció que su accionar fue correcto, e hizo todo lo que estaba a su alcance para demostrar cómo se habían desarrollado el episodio ese trágico sábado y para desacreditar la moción de legítima defensa esgrimida por la contraparte.
Con respecto a la decisión de los magistrados, Giménez expresó: “No los entendí, no sé si no tienen hijos o qué, pero quiero que sepan lo que estamos sufriendo. Estamos pensando en sacarle el ojo al nene porque es un llanto todos los días, lo arruinaron”.
Si bien ya pasó medio año desde que el Poder Judicial dictó sentencia, el cuadro de salud de Raúl hijo, lejos de mejorar, empeora día a día. “Las oftalmólogas de acá son muy buenas, pero evidentemente hay un problema porque han pasado dos años y no se cura. Deberíamos viajar a Buenos Aires, pero ahora es complicado”, señalaron.
“Qué hace la Justicia, qué Justicia tenemos nosotros. Primero le quisieron echar la culpa a un menor, finalmente se descubrió que el autor del disparo fue Carlos Martínez, todos tienen antecedentes y denuncias. El nene ya perdió el ojo, arruinaron al pibe, pero están sueltos porque la justicia de Tandil no sirve”, detalló el hombre.
Y agregó: “Seguimos luchando por nuestro hijo, mi bronca es con los jueces, soy un padre que quiere justicia por las cosas que me pasan”.
Las amenazas
El lunes por la tarde, dos hombres se acercaron al local de venta de artículos de limpieza que Giménez posee en Alvarado y Misiones, y tras simular que querían comprar unos productos, uno de ellos se acercó a él con un elemento similar a un arma de fuego de tipo revólver, según consta en la denuncia radicada, y lo amenazó diciéndole “dejate de hinchar con las notas”, a lo que la víctima respondió que no molestaba a nadie, sólo vendía productos.
La amenaza prosiguió: “Me mandó el Luis Miguel (SIC) y dijo que si no te dejás de hinchar te va a pasar lo mismo que a tu hijo”. Atemorizado, Giménez se refugió en su casa, conectada al local comercial y no volvió a ver los atacantes, a quienes tampoco fue capaz de reconocer porque tenían sus rostros cubiertos. Luego de efectuar la denuncia, en comunicación con este medio, manifestó temer por la integridad de su familia.
Además, los hermanos Martínez y los Giménez continúan siendo vecinos y se siguen cruzando, lo que recrudece la sensación de impotencia para la familia de la víctima y el propio damnificado. Sus padres incluso aseguran que hay ocasiones en que uno de los culpables le acerca la camioneta o el camión al chico, para amedrentarlo y burlarse de él.
Un dolor que no cesa
En una semana llegan a concurrir cuatro veces a la guardia hospitalaria por los episodios de dolor y aumento de presión ocular que atraviesa el niño, que ahora tiene 11 años. También le quedaron perdigones alojados en el otro ojo, cerca del nervio óptico, por lo cual su visión es reducida. Si bien la capacidad visual no se puede recuperar, apuntan a lograr una mejor calidad de vida para su hijo, libre de dolor, para que desarrolle su vida con normalidad. A esto se suma el gasto en medicación que significa tratar una afección de estas características. Como la pérdida de visión no es total, no se lo reconoce como discapacidad y tampoco pudieron tramitar un certificado que facilite ciertas cuestiones médicas.
En este sentido, Verónica indicó que “el globo ocular le raspa, ahora deben colocar una lente protectora, antes la tenía pero se le salió en la pileta y como andaba bien no se la volvimos a poner. Acá mucho más que recetarle gotitas y revisarlo no se puede hacer. En el primer momento decidimos que no le sacaran el ojo, pero tal vez nos equivocamos porque dos años no ha mejorado nada. Y en el juicio minimizaron las cosas”.
Sin posibilidades de apelar judicialmente, sólo les queda hacer su voz para lograr, quizás, alguna especie de reivindicación ante tanta bronca y dolor, y una vida que quedó modificada para siempre por un hecho que jamás debió haber tenido lugar.
