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Vecinos de Tandil y la zona condenaron a un hombre que abusó de su prima por años

La defensora Florencia Alaniz junto su asistente y el acusado por quien la letrada bregaría por su absolución.

“Nosotros, el jurado del pueblo, lo declaramos a Gustavo Oliver culpable de los delitos de abuso sexual gravemente ultrajante”, expuso el elegido ente los 12 jurados para ventilar el veredicto. Diez de ellos (dos abstenciones) habían deliberado por una hora para resolver la suerte del imputado, tras dos extensas como intensas jornadas de debate, en lo que resultó la tercera experiencia de esta nueva modalidad judicial penal en la ciudad.

Durante el jueves y ayer, el Tribunal Criminal 1 celebró un nuevo juicio con jurado popular, vecinos de a pie de Tandil y más allá también (ver aparte) que dejaron por dos días sus rutinas para sumergirse en un debate en que se ventiló un drama familiar. Estaba en juego si ese hombre sentado en el banquillo de los acusados debía seguir privado de su libertad por haber abusado sexualmente de su prima cuando ella tenía 9 años hasta los 16.

Aggiornado el recinto para la ocasión, el juez Guillermo Arecha le daría la palabra al fiscal Gustavo Morey primero, y a la defensora Florencia Alaniz después, para que tracen los lineamientos de lo que serían sus hipótesis a desplegar a lo largo del juicio. Una vez concluido el formalismo, comenzaría el derrotero de una veintena de testigos, entre ellos la declaración impactante de la propia víctima que, en vivo y en directo, provocaría en la sala una escena cruelmente desgarradora.

Sería ese testimonio la enjundia del debate. En definitiva creer o no creer lo que decía haber padecido y, en contraposición, evaluar aquellos otros testigos que buscaron desprestigiarla, desacreditarla. La gran mayoría de los vecinos elegidos como jurado inclinó con convicción la balanza a favor de la víctima y sentenció al victimario, quien estuvo acompañado durante las dos jornadas por un amplio auditorium compuesto por su familia, amigos y vecinos.

Los hechos

La triste historia que terminó ventilándose versó sobre un drama familiar. La joven presentada como víctima, cuando tenía 18 años (en el 2015) develó a su novio que había sido abusada por su primo durante años. Más precisamente en el lapso de 2005 a 2013.

Los reiterados abusos sucedieron en la casa de la abuela paterna, donde víctima y victimario vivían y compartían la habitación. Es que ella como él fueron criados como hijos de parte de sus abuelos. Ella, porque su papá y mamá la concibieron cuando tenían 15 años y en esa inestabilidad juvenil decidieron depositar la confianza en esa abuela que resultaba una madraza para todo el círculo afectivo. El, ahora de 30 años, también su madre prefirió que fuera criado por esos abuelos contenedores.

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A lo largo del derrotero que implicó primero su estadía casi completa y después durante los fines de semana, la joven era abusada con tocamientos primero y sexo oral después por quien era su primo y consideraba como un tío, en aquella habitación común, a escasos metros donde los abuelos, otros familiares habitaban y nunca advirtieron nada extraño.

La joven recién la denuncia la cristalizó cuando cumplió los 18, cuando encontró confianza en su novio (que lo sigue siendo) y le confió lo que había sufrido de chica. El joven, azorado por semejante revelación, se vio obligado a obligarla a que se lo tenía que contar a alguien más, que no debía ocultar aquel horror padecido. Pero la joven se mostraba reticente. Especulaba que de contarlo iba a destruir a su familia, que tenía miedo que no le creyeran, como claramente luego ocurriría.

En el 2015, entonces, habló con su tía materna y su mamá y con ellas respaldándola hizo la denuncia en la Comisaría de la Mujer. A partir de ese acto, aquella familia unida, que hacía poco no más había festejado el cumpleaños de quince de esa jovencita, estalló en mil pedazos. Unos pocos creyeron en lo que la joven dijo, el resto, toda la familia que la supo criar y contener incluso más que sus propios papás, se negó a creerle. Gustavito no podía haber hecho lo que ella decía. No era capaz. Todo era una mentira por razones que desde aquel 2015 hasta ayer mismo, finalizado el juicio, ninguno supo explicar.

La familia quebrada

En lo que fue el desfile de testimonios escuchados durante el jueves y ayer, trascendió lo expuesto por la mamá de la joven por un lado, como del padre, la abuela, la tía y el primo.

La madre, como sostén afectivo -más allá del novio- que creyó lo que había pasado y la acompañó en la denuncia como durante el proceso que derivó en este juicio. El resto, los que prefirieron no creerle y defender la inocencia del que estaba siendo acusado inmerecidamente. No entraba en sus cabezas. Cómo esa joven de su sangre iba a denunciar de semejante hecho a uno de los suyos.

En el medio, también pasaría el novio de la joven, quien con total autenticidad y emoción, recordaría cómo fue que recibió aquel develamiento de primera mano sobre los abusos sufridos. También reseñó cómo escuchó audios que ella le mandó en lo que se supone fue en medio de uno de los abusos en los que él reconoció la voz del acusado.

Cuando se enteró lo que había pasado y de alguna manera eso explicaba determinadas reacciones íntimas de su novia, él dijo no poder sostener ese secreto, que no podía ni sabía qué hacer frente a semejante situación. “Yo le insistí para que hable con alguien más, que tenía que contarlo, que no podía guardárselo”, subrayó el consustanciado novio, dejando en evidencia que la primera intención de la joven era mantener aquel horror en secreto, porque de ventilarlo la familia iba a detonar. El tiempo le asistió razón…

La abuela, la tía y el propio padre, redundarían en el buen concepto que tenían para con Gustavo, como las grandes dudas que tenían sobre la veracidad de los dichos de la joven. No dudaron en definirla como una mentirosa, fabuladora, muy inteligente y astuta, que podía engañar a cualquiera sin distinción.

A la hora de responder a la sencilla como contundente pregunta de por qué iba a inventar semejante historia y qué perseguiría la joven con denunciar a su tío, todos especularon con que habría sido una mentira de las tantas que había hecho a lo largo de su vida y que se le había ido de las manos en pos de justificar algún problema con su novio.

La defensora Florencia Alaniz junto su asistente y el acusado por quien la letrada bregaría por su absolución.

La defensora Florencia Alaniz junto su asistente y el acusado por quien la letrada bregaría por su absolución.

A ninguno de ellos, coincidieron, les cabía en su mente semejante atrocidad cometida por quien señalaron como buen hombre, solidario, trabajador. Es que ellos estaban todos en el mismo techo y nunca advirtieron nada. Ella nunca dio señal alguna de rechazo o repulsión para con el supuesto abusador. Todo lo contrario. “Eso nunca pudo haber pasado en mi casa”, rechazó la abuela de la víctima, mamá por elección del victimario.

Con antelación a los citados testimonios, habían pasado frente al jurado las psicólogas y peritos que entrevistaron y trataron a la joven. Ninguna puso en duda la coherencia del relato de la joven y no evitaron en responder que gran parte las actitudes y reacciones en la vida cotidiana (problemas en el ciclo escolar, peleas con compañeros y discusiones con autoridades) de la víctima podían tener que ver con aquella experiencia dolorosa de los abusos que por tanto tiempo ocultó.

El buen concepto

Ya transitando la segunda jornada de debate, el jurado ayer se dispuso a escuchar la docena de testigos aportados por la defensa, todos allegados, amigos, vecinos del acusado, a quien no titubearon en calificarlo con el mejor de los conceptos como persona, amigo, empleado.

Las exposiciones también vendrían acompañadas de sus reparos para con la víctima, sobre quien no tuvieron empacho en calificarla de embustera, capaz de mentir a diestra y siniestra. Que era una chica muy sociable, vivaz, que no tenía problemas en relacionarse con pares, por eso la incomprensión, el descreimiento, de que haya pasado por lo que dijo haber pasado y no evidenciara secuelas en la vida cotidiana.

Por sendas paralelas transitarían las vivencias y composturas de todos los protagonistas que desfilaron frente al jurado y pasadas las 14 se daba por concluida la etapa de prueba. Ya no había más testigos por escuchar, ahora era el turno de los profesionales. Del fiscal y la defensora para que alegaran y persuadan a los seis hombres y seis mujeres del jurado que su hipótesis era la válida. En definitiva, si era creíble o no aquel relato de la joven. Aquella horrorosa historia transformada en una denuncia que estalló como una bomba en el seno familiar que aún no puede juntar las esquirlas. Sus vidas cambió para siempre y no hay resolución judicial que cambie ese escenario.

Los alegatos

Al turno de los alegatos, el fiscal Morey volvería a ponerse de pie como al principio del juicio y micrófono en mano se dirigiría mirando a uno y cada uno de los jurados lo que él entendía que había ocurrido a lo largo del proceso y ahora en el debate, y que el delito ventilado había quedado probado por lo que pidió a los 12 vecinos que declaren culpable a Gustavo Oliver.

Con postura sobria, sin estridencias, casi con tono didáctico se dirigió a los jurados para explicarles sobre la característica del delito que estaba en discusión. Lo que representaba un abuso simple o agravado, lo que establece el Código Penal al cual ellos, como agentes judiciales, están atados a seguir.

Para alegar sobre la credibilidad de la víctima, Morey astutamente reprodujo extractos de aquel conmovedor relato de la joven, con lo que volvió a conmover a más de uno, incluso ahora a aquellos familiares (principalmente su abuela) que nunca se habían permitido escuchar su versión, porque la negación, el descreimiento no les permitió siquiera darse, darle, esa oportunidad.

Así, el fiscal enfatizaría sobre la credibilidad de esa joven con su temperamento a cuestas. Aquel relato desorganizado pero sensiblemente contundente a la hora de poder explayarse en medio de extraños y poder contar aquellas aberraciones que dijo padecer.

“Ella sabía de las consecuencias familiares si hablaba sobre lo que le había pasado. Sigue teniendo un gran sentimiento de culpa por esa familia paterna que ya no la ve”, defendió a la joven el fiscal.

“Ella está sola. Apenas su madre y tía, su novio. Ella contra todos sus seres que tanto quiso y quiere”, subrayó y no dejó de señalar, cual autocrítica del sistema, que la víctima tenga que exponerse frente a todos una vez más.

“La única manera que nosotros tenemos para no dejarla sola es haciendo nuestro trabajo, como fue la investigación. Ahora el turno es de ustedes de hacer su trabajo y acompañarla”, alegó un fiscal que nunca se apartó de su templanza ni apeló a golpes bajo pero sí de efecto, como la reproducción de las imágenes de la declaración de la joven, y que apeló a una serenidad que contagió seriedad, confianza en aquellos vecinos que siguieron atentamente su acusación.

Morey no evitó en anticiparse a desterrar lo que plantearía la defensa y que había ya quedado al desnudo a medida que fueron desfilando los testigos convocados, aquellos que defendían la inocencia del acusado y destilaban dudas como reproches para con la víctima.

No dudó el acusador en aludir a las mentiras en las que incurrió la tía de la joven, quien era su mejor amiga, confidente, pero que prefirió no creer en aquella historia de abuso. Tampoco tuvo empacho en desacreditar los dichos del padre, al que calificó como un padre ausente, que trajo a la audiencia un discurso y se mostró más preocupado en sus sensaciones que lo que le pudo haber ocurrido y le ocurre a su hija.

La defensa

La defensora Florencia Alaniz, a su turno, también desplegaría su estrategia sin dejar su silla y detrás del escritorio, para dirigirse al jurado en un tono coloquial y con un alegato ágil, aunque algo débil en argumentación a la hora de contrarrestar la prueba fundacional y fundamental, el nudo del entuerto: los dichos de la joven y toda su gestualidad a cuestas.

Montada en los testimonios de parte, sí insistiría en que se trataba de una chica mentirosa, manipuladora, y reconocía que aún persistía en ella conmoción por el feo enfrentamiento verbal que debió soportar de parte de la víctima, que en medio de una explosión de emociones furiosamente la insultó. “Yo no soy una hdp (lo dijo con todas las letras), estoy acá porque creo en la inocencia de Gustavo, para luego pedirle al jurado que no se dejaran llevar por las lágrimas, sino por las evidencias.

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Alaniz luego pasaría a reseñar sobre el aporte de los testigos, de una y otra parte, obviamente desacreditando a la familia materna y ensalzando a la paterna.

“Ustedes vieron acá llorar a ella…yo vi el sufrimiento y el llanto de todos ellos que sufren esta acusación falaz”, enfatizó la defensora con vehemencia en la sala.

La letrada cerraría con lo que por dentro sabía que era la clave del veredicto, hacer trastabillar el relato de la víctima, algo que no pudo hacer en el propio interrogatorio porque la intensidad de aquella declaración y el estallido emocional no permitieron seguir avanzando más. “Llorar no prueba los hechos, debe haber evidencia”, recalcó otra vez para cerrar la abogada.

El desgarrador relato en primera persona

“Ella es especial. Avasallante, confrontativa, de carácter”, supo garabatearse conceptos sobre la personalidad de la víctima, esa joven de 20 años, de contextura física pequeña, rostro angelical y voz aniñada pero a la vez de postura desafiante y actitud rebelde. Y vaya que mucho de eso era la chica que supo guardarse por años los abusos sufridos por su “tío” a lo largo de años. Desde que tenía seis hasta cumplir los 16.

Quienes adhieren y creen en su triste historia como los detractores paradójicamente coincidieron en esos imponentes rasgos de temperamento de aquella niña hoy mujer que destiló cabalmente en su desgarrador relato todas aquellas características que buscaron definirla como persona.

Lloraría desconsoladamente, se enojaría de impotencia, cambiaría a la euforia, pasaría a la ternura y otra vez retornaría a la furia sin pausa y con la prisa de querer terminar con la espantosa experiencia de tener que revivir su horror frente a desconocidos y, encima, tener que escuchar y tener que responder preguntas “pelot…” de la defensa.

“Es más doloroso el haber perdido a mis afectos, el que no me crean que lo que me hizo Gustavo”, soltaría entre sollozos una chica que tal como lo presumía desde un comienzo, el hablar, el develar lo que padeció de manos de su tío/primo iba a provocar una hecatombe en su familia, entre sus seres queridos. En aquellos que aún ama pero que ya no son parte de su círculo de afectos porque no le creen. La consideran una mentirosa, fabuladora que por razones poco razonables un día decidió denunciar nada más y nada menos que a uno de los suyos.

El crudo testimonio acompañado por tonos abrumadores, provocó que más de un jurado se quiebre en llanto, otros en tanto, buscaban evitar con la mirada seguir semejante desasosiego que se respiraba en el recinto. Esa chica de humanidad diminuta pero gigante en personalidad, dejaría su huella, tal lo habían pronosticado aquellos que la conocían.

Sobre los abusos, fue categórica como espontánea a la hora de tener que recordarlos con todo el dolor a cuestas, pero más aún entraría en más consternación cuando buscaba explicar por qué sus afectos de parte de la familia paterna, principalmente su abuela que la crío, su tía (las más confidentes en toda su corta vida) y hasta su papá no le creyeron ayer y aún hoy tampoco.

“¿Por qué no lo conté antes?” “¿Por qué lo denuncié ahora?”, se preguntaba ella y se respondía con rebeldía al considerar que seguramente todos se interrogarán sobre lo mismo. “No sé, hice lo que pude”, volvió a quebrarse ensayando una respuesta que nunca la tuvo ni la tendrá. Ocurrió así y punto.

A tal sentimiento arribó que confió a los presentes que todo aquel horror de tocamientos y abusos comenzaron desde pequeña y hasta que los naturalizó hasta grande, cuando ya de novia y ante la circunstancia de querer intimar con su amor se veía imposibilitada por aquella repulsión que le generaba aquellas vivencias, sufrimientos, ocultados por años.

Su “salvador”, como supo definir a ese joven que era y es su novio y con quien pudo confiarle lo que le había pasado y ahora le ocurría, con el condimento que sabía que si hablaba aquella familia que amaba se iba a destruir para siempre, como efectivamente ocurrió y se respiró a lo largo de las dos audiencias.

En las idas y vueltas del desordenado relato, la joven retornaría a su sensación de impotencia, de dolor especialmente sobre a su adorada abuela, a la que extraña con locura. Aquella que todos los días la despertaba con un té y pan con manteca. La que la motivaba a seguir adelante en todo lo que emprendiera hasta que un día, cuando denunció a Gustavo, dejó de tenerla. “A ella necesito, pero ya no está”, se desgarró en llanto.

Y después de la congoja, devino el vendaval de insultos, reproches, exclamaciones de una joven que reventaría en emociones, tal ya había demostrado como rasgos de su iracundo carácter.

“Me siento indefensa, desprotegida. Tengo que exponer toda esta mier…acá, no doy más”, se quebró frente a un auditorium en el que ya no se podía casi respirar frente a tanta tensión.

El punto de mayor ira sería cuando comenzaron las preguntas de la defensa, aunque ya la joven estaba mal predispuesta tras el paso de las horas, porque no sólo tenía que ahora desnudar sus horrores frente a extraños sino también soportar sus actuales días tormentosos, al tener que esconderse y evitar cruzarse con aquellos seres queridos que ya no la quieren por hacer lo que hizo, denunciar y llevar a la cárcel a su tío.

“Por qué tengo que pasar por esto, ella se me ríe”, se cruzó con la defensora, para así dar por terminado el interrogatorio que se había vuelto insostenible frente a la emotividad que esa chica había vomitado casi con asco.
La joven, así, destiló en la sala todas aquellas características de su temperamento. Fue espontánea, frontal, rebelde, desafiante como débil. Todo junto, sin medias tintas.

“No sé por qué lo hizo”

Ya culminado los alegatos, el juez Guillermo Arecha consultó a Olivar si quería expresar algo sobre lo visto y oído a lo largo del juicio. El acusado tomó el micrófono y de forma acotada profirió su inocencia- “No sé por qué me hizo esto. Me gustaría saber por qué lo hizo”, dijo sobre su prima que lo denunció, para cerrar diciendo que él se llevaba bien con ella y no entendía lo que le había ocurrido.

La audiencia de selección del jurado

Minutos después de las 8 del jueves, ya habían ingresado a la sala de debate la treintena de vecinos de acá y más allá también, quienes completaron los casilleros de una planilla en la que se los consultaba distintos ítem sobre su situación personal.

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La intención persigue seleccionar al jurado, recusar a los que las partes crean pertinentes, principalmente por algún inconveniente de salud, prejuicio o molestia que le produjera participar del juicio y así atentar contra la imparcialidad que deben asumir a la hora de ver, escuchar y luego resolver, sobre la culpabilidad o no culpabilidad del acusado.

Uno por problemas auditivos que no le iba a permitir seguir fidedignamente lo que se dijera en la sala, otra porque no tenía con quien dejar a sus pequeños hijos. Otro por razones laborales (su empleador lo presionaba por las faltas al trabajo sin tener en consideración que se trata de una carga pública –una obligación-). Un par, ya había anticipado en las planillas que en su entorno familiar había vivenciado casos de abusos lo que los predispondría mal a la hora de ser imparciales. Hasta el fiscal debió recusar a uno de los postulantes cuando le consultó sobre su domicilio. Era su vecino y dicha circunstancia ameritaba que no formara parte para no crear ninguna animosidad.
Todos, fueron siendo descartados por sus razones a cuestas hasta que se arribó al sorteo que permitió definir los 12 jurados y cinco suplentes (mujeres y hombres en porcentajes iguales).

Ya a las 10, era el tiempo de iniciar el juicio con los respectivos lineamientos del fiscal Gustavo Morey y la defensora Florencia Alaniz, para lo cual el jurado popular se dispuso atentamente a escuchar las hipótesis, no sin antes recibir las directrices del juez Guillermo Arecha, sobre lo que implica la prueba directa, indirecta, lo que se iba a escuchar, el principio de inocencia del acusado y que si éste no hablaba a lo largo de las audiencias no debía ser tomado en su contra. Cómo debían asumir lo que implica la duda razonable a la hora del final, cuando llegara el turno de emitir su veredicto, si el imputado era culpable o no culpable.

Algunos de la ciudad, otros de Azul, de María Ignacia (Vela), de Olavarría, todos los jurados se veían por primera vez las caras y apenas comenzado el debate intercambiarían alguna mirada, un comentario en algún cuarto intermedio y departirían sus experiencias de lo que “les tocó en suerte”: tener que asumir la carga pública, como así también el cambio de planes respecto a sus vidas cotidianas. Dejar la actividad laboral, tener que estar ensimismados por dos jornadas en lo que luego se ventilaría a todas luces como un drama familiar, a partir de la denuncia de un abuso sexual intrafamiliar, con todos los desgarradores como aberrantes condimentos que contienen este tipo de delitos. Intrincadas, controvertidas, sensibles historias humanas cruzadas por el dolor.

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