La tiranía de la opción perfecta: cuando la libertad nos paraliza
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¿Querés ser tu propio jefe? Nuestros padres postergaban la búsqueda de su propósito, necesitaban un trabajo, un sueldo y un techo. La escasez de posibilidades simplificaba la toma de decisiones. La necesidad obligaba a ejecutar primero y pensar después. Hoy, la infinidad de opciones y la constante comparación digital han paralizado a los jóvenes. Los 20 ya no son el inicio de la vida adulta, sino una etapa de prueba infinita donde nada parece ser lo suficientemente definitivo. En la espera de la oportunidad perfecta, nos olvidamos de la ejecución necesaria. Quien no pueda elegir un camino y sostenerlo, se volverá esclavo de su duda.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailEs sábado por la mañana y los cafés del centro de Tandil rebosan de pantallas y caramel macchiatos. En las mesas se ven jóvenes con la mirada fija en el brillo de sus laptops, craneando el proyecto que los va a salvar, el emprendimiento disruptivo que los sacará de la Matrix. Hay una atmósfera de ambición suspendida, una urgencia por el éxito que convive con una quietud física casi total. Mientras tanto, en los talleres de las afueras o en las obras del centro, los oficios tradicionales enfrentan la falta de relevo. Tandil, creciente polo tecnológico, pide trabajo y le dan ideas. Pareciera que hoy, a los veintitantos, sentarse a trabajar ocho horas o aprender un oficio manual es visto como un desperdicio de talento, una derrota frente a esa expectativa contemporánea que nos susurra al oído que todos somos demasiado especiales para empezar desde abajo.
Para nuestros padres, la promesa del progreso modernista todavía estaba vigente. Sostener un mismo trabajo con disciplina, constancia y dedicación permitía imaginar un camino de crecimiento paulatino hacia horizontes optimistas. Confiaban en que el esfuerzo se traduciría mecánicamente en bienestar. Los hogares modestos de nuestros abuelos empujaban a nuestros padres a una adultez precoz sin vacilaciones. Dejar de ser adolescente requería mantenerse y tener un techo propio. Aquellos jóvenes no se preguntaban qué querían ser, sino más bien por dónde empezar a hacer. A su vez, las generaciones previas a la era digital concebían un número acotado de caminos posibles. Antes de Instagram, el espectro de comparación era reducido. De esta manera, algunos de sus pares trabajaban en algún oficio, tal vez el mismo que sus padres, otros estudiaban una carrera tradicional y quizás llegaba el comentario sobre alguno más temerario que optaba por viajar afuera y trabajar en negro. Hasta ahí llegaba lo conocido y, por supuesto, lo posible. Estudiar o trabajar era un dilema razonable. Cualquiera de las dos respuestas obligaba a actuar de inmediato.
La globalización puso al mundo entero al alcance de nuestras manos. Construimos un laberinto de espejos digitales que nos llevó a vivir desconfiando del sistema. Las redes sociales nos someten a una exposición constante a versiones editadas de otros, a realidades alternativas más productivas y más libres. Consumimos diariamente los logros de vidas que no son las nuestras. Observamos a cada rato los lugares donde no estamos, el reconocimiento que no tenemos. El algoritmo se encarga de que aquellos perfiles hablen sobre lo que nos interesa, trabajen de lo que nos apasiona y muestren lo que añoramos. La comparación digital establece una vara inalcanzable, irreal y sobre todo artificial. Frente a eso, cualquier realidad sabe a poco, y nadie quiere conformarse con menos. El pesimismo posmoderno dinamitó aquella idea de progreso y la convirtió en una ansiedad por la consagración inmediata. Lo que antes era un lento pero estable camino hacia la realización, hoy es una caja oscura que nos atrapa a todos. La única forma de ver la luz, es lograr como sea dar el anhelado “salto”.
Por otro lado, el éxito se piensa de manera individual y ya no en forma comunitaria. La idea de ser un engranaje funcional para un desarrollo compartido se ha reemplazado por la necesidad de sobresalir y “ganarle” al sistema. En la era de la vitrina constante, el anonimato se siente como un fracaso y la normalidad como una condena. Hemos perdido la capacidad de conformarnos. Perfeccionar un oficio y construir cosas útiles, o cumplir un horario con responsabilidad, sin una marca personal que lo vuelva propio y nos distinga, parece inútil. El individualismo supone que trabajar con otro es trabajar para otro. Nadie quiere ser un carpintero, sino el carpintero que ha inventado esto o aquello. Además, a diferencia de nuestros padres, ya no se proyecta ese éxito dentro de una dimensión local, sino que debe alcanzar al mundo entero. La ciudad de origen se figura como un marco de experimentación que debemos superar, como si el verdadero triunfo necesitase de la validación del afuera.
Frente a esta realidad saturada, definir un rumbo y lanzarse a manejar la ruta de la adultez se ha vuelto casi imposible. En cambio, vivimos preparando el auto y mirando el mapa. Lo que antes era sólo un dilema, hoy no es siquiera un abanico. Podemos imaginar que la época actual dispone frente a los jóvenes un panel con mil botones: cada uno representa una vida posible, un viaje, una carrera o una versión de “ser tu propio jefe" que se ve mucho más estética y exitosa que trabajar ocho horas y cobrar un sueldo. Pero esta sobreoferta de destinos no nos ha hecho más libres, sino que ha generado lo que podríamos llamar la parálisis de la oportunidad. El miedo a apretar el botón equivocado y perderse de algo mejor nos deja congelados frente al tablero. Elegir un botón obliga a hacer el duelo del resto. En otras palabras, si llevamos a un niño a una juguetería y le damos la libertad de llevarse el juguete que quiera, con la condición de que elija sólo uno, lo más probable es que la cantidad de alternativas lo abrumen y le lleve muchísimo tiempo hacerlo. En lugar de disfrutar su elección, sufrirá por todas las opciones increíbles que tiene a su alcance y debe dejar morir en la estantería. Si logra elegir un juguete, sea cual sea, no podrá evitar compararlo con los otros, porque sus ojos ya han visto la juguetería entera. Los jóvenes scrollean en sus smartphones mientras juegan a planear futuros viajes, emprendimientos, aplicaciones, estudios, posgrados y meetings. Sentados a la espera, dilatando el primer paso como quien posterga una sentencia.
A su vez, mantenerse en la etapa de evaluar oportunidades y organizar proyectos funciona como una fuente segura de dopamina. Idealizar un emprendimiento previamente a ejecutarlo nos da satisfacción sin riesgos. Tomar acción y ponerse en marcha implica afrontar la angustia del fracaso y la dificultad de sobresalir. Echarse a andar el camino, que está repleto de obstáculos, significa ser golpeado por la realidad. Inconscientemente, nadie quiere aceptar una vida “normal” por el miedo a ser uno más. Sin embargo, es necesario volver a las bases y comprender que el verdadero valor no está en desarrollar un emprendimiento rimbombante ni hallar una idea sin precedentes. Algunas veces, establecer un norte y caminar con decisión puede llenar ese vacío. Ponerse en movimiento suele dar muchas respuestas. Para ser primero hay que hacer, porque a errar y aprender hemos venido. Nadie se baña dos veces en el mismo río y siempre hay tiempo para los cambios.
Nos hemos vuelto expertos en la teoría del éxito, pero inútiles en la gimnasia de la ejecución. Romantizamos la libertad de no tener horarios, pero terminamos siendo esclavos de una incertidumbre full-time que nos carcome los nervios. Volviendo al pasillo de hotel que ilustré en otra columna, nos quedamos en el umbral de las puertas, evaluando cuál creemos que nos conviene más, sin nunca entrar a ninguna. Debemos entender que la búsqueda de sentido y la ruptura de la estandarización no se resuelven esperando la oportunidad perfecta, se resuelven actuando. Quizás la verdadera rebeldía de nuestra generación no sea emprender algo épico, sino tener el coraje de elegir un camino, aunque sea uno simple, y empezar a caminar.
Escritor, poeta y músico tandilense. Actualmente vive en Buenos Aires, donde cursa la Licenciatura en Artes de la Escritura en la Universidad Nacional de las Artes (UNA). Con una fuerte versatilidad literaria, ha publicado ensayos, poemas y obras teatrales, incluyendo el estreno de “Apocalipsis Siglo XXI” en el Teatro de La Confraternidad. En el ámbito musical y de la cultura urbana, es conocido por sus seudónimos Niño Neo y Neo Noir, y cuenta con dos álbumes editados y presentaciones en destacados escenarios porteños.