“Yo siento que en la cárcel soy feliz”, confesó el escritor que plasmó en libro su experiencia docente en Azul
Hace un lustro que Matías Madrid brinda su corazón en un taller de teatro en la Unidad 7 de la ciudad vecina. Después de dar un montón de vueltas, desde su Juárez natal llegó a Tandil, trabajó, estudió y conoció gente maravillosa. Su trabajo en la cárcel lo identifica, es donde quiere estar, y esa experiencia quedó plasmada en un libro de rejas que lo liberaron: "Barrotes de cielo".
:format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2019/07/Madrid-Matias-1.jpg)
Ya hace diez años que Matias Madrid es un tandilense más. Si bien lo suyo siempre fue la actuación y compartir esos conocimientos a través de clases, un día se puso a escribir sus vivencias. Para ese entonces ya encabezaba el taller de teatro en la Unidad 7 del Servicio Penitenciario Bonaerense, en Azul, dentro de las actividades del Programa Universidad en la Cárcel de la Secretaría de Extensión de Unicen.
Recibí las noticias en tu email
Accedé a las últimas noticias desde tu emailEsas memorias personales que llevaba en una libretita de mano terminaron convirtiéndose en “Barrotes de Cielo”, su ópera prima recientemente presentada que también será expuesta en la Feria del Libro de la ciudad.
“Nunca consideré que podría decir algo mediante la escritura. No me creía capaz. Fue una necesidad de expresar lo que yo sentía”, confesó. Pero a Matías le pasaban cosas y la gente que lo conocía lo fue incentivando para que comparta esos sentimientos y emociones con el resto.
Esos trazos iniciales quedaron plasmados siendo fiel reflejo de sus anotaciones, como en aquellos tiempos en que su abuela lo mandaba con la lista para hacer los mandados con la libreta.
El libro de todos
El primer día, antes de entrar a la cárcel, Matías se fumó dos puchos y surgió la frase: “Cigarrillos que se pitan para poder estar adentro”. Ese mismo día empezó a escribir, sin pensar en una obra, sino como una especie de reflexión, desahogo, ayuda memoria. El repite todo el tiempo que el libro no es solo suyo, sino que es “de los pibes” que lo llevaron a ese lugar, que hicieron de él otro ser, como también siente que es un poco de su abuela, de su mamá, de sus perros, de cada persona que haya atravesado justo por su vida.
“Es un libro sencillo, en el que me pueden ver reflejado a mi, en lo que me gusta, en la Pampa”, describió.
Un día, cuando todavía iba a sesiones de psicología, la profesional le sugirió que había llegado el momento de compartir esas memorias con los demás. Esa muestra a la luz también había sido un juramento a su madre el día que partió de esta vida, junto con la promesa de luchar siempre por su felicidad.
A remarla otra vez
Para empezar a contar sobre su actividad en la cárcel de Azul, Matías primero necesitó develar que se considera un afortunado por haberse criado con mujeres. Su madre, sus abuelas y su hermana. “Creo en la sensibilidad que tienen y en la forma de tomarse la vida. Amaron lo que hacían y siempre confié en que todo llega”, anticipó.
Ahí si empezó su historia. Nació en Benito Juárez, de más grande vivió por once años en Buenos Aires, donde ya empezó a involucrarse con la cuestión social al trabajar en una ONG en una Villa de Lugano, pero sintió que aún no era el momento. Luego de una separación y otro montón de cosas, se vino a Tandil a estudiar la carrera de Teatro.
“El día que llegué, me encontré caminando por el centro pensando: ‘otra vez a empezar a remarla’”, compartió. Rondaba los 30 años y, aunque sentía mucha fuerza y convicción, a la vez resultaba un desafío.
Hace muy poco cumplió 40 y, al fin de cuentas, todo salió bien. Estudió la carrera de teatro en la Facultad de Arte de Unicen, la localidad lo acogió, su gente también, y aseguró que estará siempre agradecido. Ya es parte de la ciudad y puede vivir de lo que le gusta, conoció personas que le han brindado su corazón y ya no está solo.
Para sostenerse vendió café en bicicleta por más de dos años a unos 50 clientes. Lo hacía desde bien temprano a la mañana hasta el mediodía, para después ir a cursar. Él tenía claro que no iba a volver a trabajar en relación de dependencia y esa idea le resultó bien.
Empezó a ir a castings y así quedó para “Fábricas”, el film realizado íntegramente en Tandil por la Productora de Contenidos Audiovisuales de la Universidad Nacional del Centro y dirigido por Víctor Laplace.
Ahí conoció a Javier Lester y Pedro Baldovino, que fueron unos de los que iniciaron con esto de los proyectos en cárceles. Para sorpresa de Matías, un día fueron a su casa para invitarlo a formar parte de esta historia en la penitenciaría de Azul.
Los barrotes de libertad
El primer día que llegó al penal fue con Javier Lester, se abrieron rejas y más rejas. “No me olvido más, escucho que me gritan ‘Negro Madrid’ y para mí fue como una bienvenida”, se relajó. Es que aparentemente había gente de Juárez que lo conocía y al verlo lo saludaron. Corría el 2014 y para él, esos gritos fueron como una señal de que estaba dónde tenía que estar.
Como su compañero se iba de viaje, necesitaba alguien que pudiera permanecer en el tiempo con el proyecto, ya que la cuestión de pertenencia es muy importante sobre todo para los que están privados de su libertad.
Fue en ese plan que invitó a José Martín “Cebolla” Rodríguez para dar clases juntos y hace casi cuatro años que el taller marcha con ellos, mutando en sus variables y métodos. Han grabado un film y escrito una obra de teatro adentro que el día del estreno dos chicos se fueron en libertad.
Según contó, las temáticas que surgen nunca hablan de cárceles, sino que generalmente resuenan asuntos como la amistad, el amor, el desamor y el compañerismo.
Desde los comienzos hasta ahora, la transformación que percibió en los chicos del penal “fue increíble”. “Pibes que prácticamente no te hablaban y hoy son capaces de decir ‘te amo’, sintiéndolo realmente”, describió con orgullo Matías Madrid, que ya es un amigo de todos ellos.
Deslumbrado por los abrazos, las miradas, las risas genuinas y la capacidad de agradecimiento que han nacido desde adentro de estas casi 100 personas, lo llevan a creer que hay mucho que aprender de ellos.
Además, destacó el crecimiento que han tenido desde el taller, tanto que se han nutrido de un montón de herramientas que hoy les permiten decidir, opinar y diagramar dentro de una puesta en escena. Y más allá. Porque el día que alguno salga, la actuación puede ser su oficio, su cable a tierra, su salida laboral, su inserción en la sociedad. “Tienen la capacidad de comunicarse y eso es fundamental”, resumió Madrid.
Como relata en “Sobra Fuego”, de su libro “Barrotes de Cielo”, reseñando un día en la Unidad 7 cuando prendieron un fuego para calentar los corazones: “crear un mundo nuevo, donde el teatro y el cine hoy han empezado a unir sueños”.
