El agotamiento de intentar ser otro: menos fórmulas vacías y más líderes reales
Durante años el mundo corporativo premió perfiles estandarizados. Hoy eso empieza lentamente a romperse, porque las organizaciones necesitan menos máscaras y más líderes auténticos. Necesitan personas capaces de reconocer sus fortalezas, aportar desde su singularidad y construir confianza sin necesidad de interpretar un personaje.
:format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/06/liderazgo_stadler_1.webp)
Por Valeria Stadler *
Recibí las noticias en tu email
Accedé a las últimas noticias desde tu emailHay algo que veo cada vez con más frecuencia cuando trabajo con líderes, equipos y organizaciones. Personas cansadas.
Y no me refiero solamente al cansancio que producen las reuniones interminables, los objetivos exigentes o las responsabilidades de todos los días. Hablo de otro tipo de agotamiento. Más silencioso. Más difícil de explicar: El agotamiento que aparece cuando durante demasiado tiempo intentamos convertirnos en alguien que no somos.
Lo veo en líderes convencidos de que deberían ser más inspiradores. En profesionales que sienten que tendrían que ser más estratégicos. En personas extraordinariamente talentosas que viven comparándose con modelos de éxito que no tienen nada que ver con ellas.
:format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/06/liderazgo_stadler.webp)
Y cuanto más observo estas conversaciones, más me pregunto si no estaremos confundiendo crecimiento con corrección. Como si desarrollarnos implica parecernos cada vez más a alguien distinto en lugar de convertirnos cada vez más en quienes realmente somos.
Hay algo profundamente agotador en esta época. La búsqueda permanente de todo lo que deberíamos hacer para estar mejor, de todo lo que deberíamos cambiar para ser más exitosos, más productivos, más influyentes o más eficientes.
Pero no desde la pregunta o la reflexión, que son justamente los lugares donde ocurre el aprendizaje verdadero.
Porque aprender no es solamente incorporar respuestas nuevas. Muchas veces es animarnos a cuestionar las respuestas que veníamos sosteniendo. Es aceptar que podemos estar equivocados. Que podemos cambiar de opinión. Que podemos descubrir algo que no habíamos visto antes.
Quizás ahí radique parte del problema de nuestro tiempo. Nos volvimos expertos en buscar certezas rápidas y cada vez menos hábiles para convivir con las preguntas.
Sin embargo, son las preguntas las que nos permiten crecer, revisar nuestras creencias y construir una mirada más amplia sobre nosotros mismos y sobre el mundo. El error, lejos de ser una amenaza, suele ser la puerta de entrada a una comprensión más profunda.
Las modas cambian a gran velocidad y con ellas pareciera cambiar también nuestra mirada sobre cómo deberíamos trabajar, liderar e incluso vivir.
Durante años se nos dijo que los mejores líderes eran aquellos que tenían todas las respuestas, que transmitían seguridad permanente y que evitaban mostrar dudas frente a sus equipos.
Hoy sabemos exactamente lo contrario. Las organizaciones más innovadoras del mundo valoran líderes capaces de hacer preguntas, reconocer incertidumbre y construir respuestas colectivamente. Lo que durante mucho tiempo fue interpretado como debilidad, hoy empieza a ser reconocido como una fortaleza. Y sin embargo seguimos atrapados en otra lógica: la de intentar encajar.
Hay una frase que escucho con frecuencia en procesos individuales de coaching y que siempre me deja pensando: “Si me conocieran de verdad, no sé si pensarían lo mismo de mí.”
La escuché en empresarios, en gerentes, en profesionales exitosos y también en personas que desde afuera parecen tener todo resuelto. Cada vez que aparece me pregunto cuánta energía estamos gastando sosteniendo versiones editadas de nosotros mismos. Cuánto esfuerzo ponemos en parecer capaces, seguros o exitosos, y cuánto de ese esfuerzo podría estar puesto en desarrollar aquello que realmente nos hace valiosos.
Lo veo en prácticamente todas las sesiones de coaching. Equipos agotados. Líderes frustrados. Personas que sienten que están sosteniendo una versión de sí mismas que no las representa. Y quizás lo más preocupante es que muchas veces no encuentran espacios donde poder decir esto en voz alta.
:format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/06/liderazgo_stadler_2.webp)
Por eso valoro tanto los procesos de coaching. No porque allí aparezcan respuestas mágicas, sino porque ofrecen algo mucho más valioso: un espacio seguro para detenerse, pensar, cuestionarse y explorar posibilidades nuevas sin necesidad de demostrar nada.
Hace algunos años estudié Neurociencias en la Universidad de San Andrés y tuve la oportunidad de aprender con Gastón Morales, un profesor y referente a quien admiro profundamente.
Entre muchas conversaciones hubo una idea que se me quedó grabada. La mayoría de nosotros pasa gran parte de la vida intentando corregir aquello que considera un defecto.
Sin embargo, muchas veces el verdadero potencial aparece cuando dejamos de obsesionarnos con lo que nos falta y empezamos a desarrollar aquello que naturalmente hacemos bien.
Y cada vez que vuelvo sobre esa idea aparece una pregunta que me resulta incómoda: ¿Y si el problema no fuera todo lo que nos falta? ¿Y si parte del problema fuera que llevamos años intentando construir nuestra vida profesional alrededor de nuestras debilidades en lugar de nuestras fortalezas? Parece una diferencia pequeña. No lo es. Porque cambia completamente la manera en que pensamos el liderazgo, los equipos y hasta nuestra propia identidad profesional.
Años después, trabajando con organizaciones, sigo viendo el mismo fenómeno. Personas convencidas de que deberían ser distintas para poder liderar mejor. Cuando en realidad muchas veces lo que necesitan no es parecerse a otro, sino comprender mejor dónde está su fortaleza natural y aprender a desplegarla.
Porque no todas las tareas impactan igual en nosotros. Hay actividades que nos drenan energía y otras que nos llenan de energía. Todos conocemos esa sensación. Hay personas que terminan una reunión estratégica agotadas y otras que salen llenas de ideas.
Hay quienes disfrutan coordinando personas, otros resolviendo problemas complejos, otros imaginando posibilidades y otros ejecutando con una precisión admirable.
El problema no aparece cuando somos diferentes. El problema aparece cuando esperamos que todos aporten valor de la misma manera. Y es justamente ahí donde empiezan a aparecer los personajes. No los de una obra de teatro. Los que construimos para encajar. Los que sostenemos para ser aceptados, admirados o reconocidos.
Y cuanto más tiempo habitamos esos personajes, más difícil se vuelve distinguir qué parte de nosotros sigue siendo genuina. Personas profundamente analíticas intentando parecer inspiradoras. Perfiles creativos esforzándose por convertirse en expertos en procesos. Líderes naturalmente reflexivos intentando mostrarse extrovertidos todo el tiempo. Profesionales agotados sosteniendo una identidad que aprendieron, pero que nunca terminaron de habitar. Recuerdo el caso de una líder que estaba convencida de que no servía para conducir equipos.
Cuando empezamos a trabajar apareció algo muy claro. Había pasado años intentando liderar desde un modelo hiperextrovertido y motivacional que admiraba profundamente, pero que no era propio. Su fortaleza real estaba en otro lugar: la estrategia, la lectura sistémica y la capacidad de ordenar escenarios complejos. El problema no era ella. El problema era el personaje que estaba intentando sostener.
En otra empresa apareció algo similar con un gerente comercial brillante técnicamente que se sentía insuficiente porque no disfrutaba de ciertos espacios sociales que la cultura organizacional valoraba enormemente. Cuando entendió que su talento no estaba en ser el más carismático del equipo sino en generar foco, dirección y claridad, algo cambió.
Cuando dejó de actuar, empezó a brillar. Ahí nace una de las conversaciones más importantes de este tiempo: durante años confundimos liderazgo con imitación, como si liderar consistiera en parecerse a alguien más y como si existiera una única manera correcta de hacerlo.
Hay una frase que dice que nacemos originales y morimos copias. No sé si es completamente cierta. Pero sí creo que encierra una advertencia poderosa. La vida nos ofrece muchas oportunidades para parecernos a otros y muy pocas para descubrir quiénes somos realmente. Podemos aprender herramientas. Podemos desarrollar habilidades. Podemos expandir capacidades.
Pero sostener durante años una versión de nosotros mismos que no nos representa tiene un costo demasiado alto. El cuerpo lo paga. La energía lo paga. Los vínculos lo pagan. Los equipos lo perciben. Y quizás por eso hoy vemos tantos líderes agotados. No necesariamente porque trabajan demasiado. Sino porque hace demasiado tiempo trabajan lejos de sí mismos.
Durante años el mundo corporativo premió perfiles estandarizados. Hoy eso empieza lentamente a romperse, porque las organizaciones necesitan menos máscaras y más líderes auténticos. Se necesitan personas capaces de reconocer sus fortalezas, de aportar desde su singularidad y de construir confianza sin necesidad de interpretar un personaje.
Porque el compromiso no se construye solamente con beneficios, salarios o discursos inspiradores. Se construye cuando una persona siente que puede habitar su trabajo sin traicionarse permanentemente, cuando puede usar sus fortalezas, cuando puede aportar valor desde aquello que la hace única y cuando no tiene que actuar ocho horas por día. Porque probablemente el liderazgo más sostenible no sea el más perfecto. Sea el más auténtico. Y esta es la tarea más importante de nuestra vida: tener el coraje de convertirnos cada vez más en nosotros mismos.
Solo desde ese lugar podemos aprender de verdad, crecer de verdad y liderar de verdad. Cuando dejamos de gastar energía intentando parecernos a otros, aparece algo extraordinario: la posibilidad de poner nuestras mejores capacidades al servicio de quienes nos rodean. Y ese, para mí, sigue siendo uno de los actos de liderazgo más valiosos que existen. Cuando las personas pueden trabajar desde sus fortalezas, las organizaciones no sólo ganan compromiso, creatividad o bienestar. También ganan algo mucho más difícil de construir: equipos capaces de sostener resultados a lo largo del tiempo sin dejar personas agotadas, desconectadas o rotas en el camino.
Y quizás, en un mundo donde hablamos tanto de innovación, transformación y futuro, una de las conversaciones más importantes siga siendo una de las más simples: ayudar a las personas a descubrir desde dónde pueden dar lo mejor de sí mismas.
Porque cuando eso ocurre, no sólo crecen las personas. También crecen los equipos, las organizaciones y las comunidades que construimos juntos.
*Lic. Valeria Stadler
Coaching ontológico & Neurociencias
Especialista en liderazgo, equipos y cultura.
Creadora del método Ser en Acción. Consultora - Speaker - Trainer
@LIC_VALERIASTADLER
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil