Empezaron cocinando entre amigas y hoy sostienen una enorme red solidaria
El Comedor Inmaculada Madre, ubicado en Alberdi 936, se recuesta en su historia de paulatino crecimiento. Está a cargo de un grupo de amigas que también gestiona Cáritas de la Parroquia del Carmen. En total, asisten a unas 220 personas que reciben mucho más que alimentos, porque ofrecen un espacio de escucha activa y contención. “Tenemos unos donantes que son lo más”, contaron Silvina Schang y Viviana Blanc. También colaboran muchos voluntarios y lograron conformar tres grupos de cocineros.
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Casi sin darse cuenta, un grupo de amigas fundó el Comedor Inmaculada Madre, que funciona junto a la Parroquia del Carmen, en Alberdi 936. Corría 2017 cuando pensaban en alguna actividad para acompañar a una joven que requería ocupar sus tardes. Ya habían pasado por las artesanías y el armado de rosarios, cuando la cocina se transformó en el nuevo propósito y empezaron a cocinar pequeñas viandas para personas que necesitaban reforzar su nutrición.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailNueve años después, Silvina Schang y Viviana Blanc compartieron la historia de este espacio solidario que ha crecido al ritmo de la pandemia y de las complicaciones socioeconómicas, pero también se ha profesionalizado y logró fidelizar a numerosas personas que aportan alimentos, dinero y manos para trabajar. “Tenemos unos donantes que son lo más”, repitieron en varias ocasiones.
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Al principio, todo era bastante simple. Cocinaban, dejaban las viandas y se iban. No conocían a las personas que recibían esa comida ni imaginaban la dimensión de la necesidad que había detrás. Hasta que, dos años después de haber empezado, desde Cáritas las invitaron a participar de las entrevistas con las familias que se acercaban a pedir ayuda.
“Fue un shock”, recordó Silvina. Hasta entonces, el vínculo había sido distante: cocinar y entregar. Pero sentarse frente a quienes necesitaban asistencia cambió completamente la mirada del grupo. “Ahí nos dimos cuenta de que era una cantidad enorme de gente y que las viandas que dejábamos eran nada comparado con la necesidad que había”, contó.
La escena se repetía sábado tras sábado en la parroquia: familias esperando alimentos, madres relatando situaciones complejas, chicos atravesando carencias que muchas veces no se veían. Las amigas empezaron a preguntarse si lo que hacían alcanzaba realmente. Y casi sin darse cuenta, entre conversaciones informales y ganas de ayudar un poco más, apareció la idea de abrir el comedor.
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Mientras seguían cocinando, comenzaron también a sumar manos. Algún amigo aportaba dinero, otros ofrecían mercadería y enseguida empezaron a aparecer personas con ganas de colaborar en aquello que todavía era un proyecto improvisado y completamente informal.
Finalmente, el 6 de abril de 2019, el comedor abrió sus puertas por primera vez. Cocinaban los sábados para las familias que ya asistían a través de Cáritas y rápidamente entendieron que necesitaban otra organización distinta a la de las viandas. “Había una hora determinada en que la gente llegaba a comer y tenía que estar todo listo”, recordó Silvina.
El grupo de voluntarios empezó a crecer. Primero dividieron las tareas entre dos equipos de cocina y ahora son tres. Juntaron vajilla, acondicionaron el quincho de la parroquia y sumaron mesas y sillas. “Todo a pulmón”, resumió. Ese sábado inaugural, compartieron el almuerzo con las familias que llegaron al comedor, en una jornada que fue más íntima y reducida.
Pero la noticia empezó a circular. Cada vez llegaba más gente y el espacio quedó chico rápidamente. “Ya no nos daban ni las mesas ni las sillas”, graficó. Y entonces vino la pandemia.
El aislamiento, un gran cambio
La emergencia sanitaria transformó por completo el funcionamiento del comedor. Además de sostener las viandas, el grupo quedó a cargo también de la organización de Cáritas de la parroquia. La demanda creció de golpe, pero también comenzaron a multiplicarse algunas donaciones. “Teníamos torres de ropa acá”, recordó Silvina, todavía sorprendida por el movimiento que se generó en aquellos meses.
Cuando el comedor obtuvo permiso para funcionar como actividad esencial, empezaron a organizar viandas en cajas para distribuir a las personas que antes iban de manera presencial y que arribaban de distintos puntos de Tandil. Voluntarios recorrían barrios como La Movediza, Villa Cordobita, Maggiori y sectores al norte de la Ruta 226 llevando alimentos y tomando contacto con las situaciones de las familias.
Cada uno volvía con anotaciones en un cuaderno: cuántos habitantes había en la casa, qué necesidades tenían, si faltaban frazadas, ropa o muebles, si algún caso los había impactado especialmente. “Eso nos permitió conocer cómo vivían”, explicaron.
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En ese momento todavía no contaban con una trabajadora social y aceptaban prácticamente a todo aquel que manifestara necesitar ayuda. Pero con el tiempo entendieron que hacía falta profesionalizar el acompañamiento. “Nos dimos cuenta de que había gente preparada para esto, que sabía mucho más que nosotros”, dijo Silvina y apuntó a la importancia de ser responsables con el destino de aquello que donan los amigos del comedor.
La mirada profesional
Hace cinco años incorporaron una trabajadora social que realiza entrevistas presenciales y seguimientos periódicos de las familias. La intención fue evitar caer en un asistencialismo automático y poder evaluar cada situación de manera integral.
Actualmente, en Cáritas acompañan a 38 familias y en el comedor asisten a más de 30 grupos familiares, unas 220 personas en total. “Todas las semanas aumenta el número”, señaló Vivivana Blanc y explicó que también oscila levemente de acuerdo a la cantidad de personas en situación de calle que se acerquen los sábados.
Además de las viandas que preparan en función de la cantidad de integrantes de cada familia, todos los sábados suman leche, pan y frutas para el resto de la semana. Cada quince días, incorporan queso y huevos, junto a otros alimentos como galletitas o fideos cuando consiguen donaciones.
Más que un almuerzo
Con el tiempo y tras realizar una encuesta con los asistentes, dejaron atrás la modalidad presencial y comenzaron a entregar viandas para llevar. La decisión tuvo varias razones. Muchas familias caminaban largas distancias con chicos pequeños desde barrios alejados y el traslado se volvía agotador. Sin embargo, el cambio también generó dudas.
“A ellos les gustaba venir. Era su salida”, resaltó Silvina Schang. El comedor no era solamente un lugar donde comer. También era un espacio de encuentro, conversación y compañía.
Ese vínculo cercano se convirtió en una de las marcas más fuertes del lugar. Además de la asistencia alimentaria, ofrecen apoyo escolar, ropa, muebles y acompañamiento cotidiano. A veces ayudan con trámites, otras acompañan a alguien al médico.
Mientras entregan las viandas, los sábados suelen acercarse jóvenes en situación de calle para comer o pedir una ducha. En la parroquia siempre tienen toallas y elementos de higiene para ofrecerles.
“Tal vez con un abrazo ya se van contentos”, resaltó Viviana, quien agregó que fueron ganando experiencia para manejar algunas situaciones con los jóvenes en situación de calle por consumo problemático o problemas de salud mental.
De puertas abiertas
En el camino, las amigas de Inmaculada Madre tuvieron que aprender algo difícil: entender que el objetivo era que las familias pudieran irse. Que consiguieran trabajo, resolvieran problemas de cuidado o encontraran herramientas para sostenerse sin asistencia.
“Nos costaba entender que se tenían que ir”, reconocieron y valoraron las herramientas que les aportó la trabajadora social. Muchas veces se encariñaban con las familias y les resultaba difícil asumir que dejar el comedor era, en realidad, una buena noticia.
Algunas personas todavía vuelven a saludar. Entran a la parroquia, preguntan cómo están o agradecen las fiestas compartidas. Los chicos se acuerdan de los festejos del Día del Niño, de Reyes o de los cumpleaños que organizaban un sábado por mes cuando el comedor todavía era presencial.
Más allá de las viandas que evitan los traslados masivos y el gasto en transporte, las tortas siguen existiendo. Un grupo de mujeres que colabora con la fruta para las familias también prepara tortas personalizadas –verdaderas obras de arte- para cada cumpleañero. Preguntan qué decoración les gusta a los chicos y aparecen personajes, colores y detalles pensados especialmente para cada uno. “Se llaman El Grupo por el Otro. Nunca quieren figurar en ningún lado”, señaló Silvina y mencionó que la vocera es María José Persson.
La red solidaria se sostiene gracias a muchos aportes significativos y constantes. Está Pablo, el panadero que cada semana lleva pan y hace los panes dulces para Navidad. Está la persona que deja pagos packs de leche en el mayorista Daedaz sin decir su nombre. Está El Holandés, que cada semana colabora con queso, ricota y muzzarella. “Tenemos unos donantes que son lo más”, resaltaron otra vez.
Después de tantos años, el comedor ya forma parte de sus vidas. “A esta altura es parte nuestra”, reconocieron. A veces dicen que deberían dar un paso al costado o dejar el espacio en otras manos. Pero cada sábado vuelven a la parroquia, organizan las viandas, reciben donaciones y abren una vez más para dar lo mejor. Porque, como dicen ellas mismas: “No le cerramos la puerta a nadie”.
Para colaborar o conocer más, en Instagram @comedor.inmaculadamadre.