Hiperconectados, pero con menos conversación
Gustavo Rech, Claudio Andiarena, Andrés Badía, Santiago Hourcade y Gonzalo Rotonda compartieron una charla sobre los cambios en la forma de comunicarnos, el impacto de los algoritmos, los nuevos hábitos de consumo y los desafíos que plantea la inteligencia artificial.
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Una llamada telefónica que antes podía hacerse sin aviso hoy suele comenzar con un mensaje de WhatsApp: “¿Te puedo llamar?”. La escena cotidiana sirvió como punto de partida para una conversación más amplia durante la grabación del tercer episodio de El Fogón de Flama.
Gustavo Rech, socio de Nido Creativo, planteó allí una preocupación sobre los cambios en los modos de vincularnos: la comunicación ganó velocidad, herramientas y posibilidades, pero también parece haber perdido parte de la espontaneidad del encuentro. “Estamos hipercomunicados, pero tenemos que volver a recuperar la conversación”, sostuvo.
La mesa reunió además al periodista y locutor Claudio Andiarena, a Andrés Badía, de la agencia de comunicación integral, diseño y marketing digital Clip It; al creador de contenido y streamer Santiago Hourcade; y a Gonzalo Rotonda, responsable de Medios en Grupo Rotonda.
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Con experiencias profesionales diferentes, el intercambio se concentró menos en las herramientas en sí mismas que en el impacto que tienen sobre nuestros hábitos: cuánto tiempo dedicamos a una idea, qué esperamos de los demás y cuánto estamos dispuestos a escuchar algo que no coincide con lo que pensamos.
Escribir antes que llamar
Rech puso el foco en una situación cada vez más habitual: los mensajes breves que reemplazan conversaciones y la necesidad de avisar antes de realizar una llamada.
Rotonda planteó una mirada diferente. Explicó que prefiere recibir primero un mensaje y decidir luego si es un buen momento para hablar, y valoró las aplicaciones que permiten resolver distintas tareas sin necesidad de utilizar el teléfono.
Las dos posiciones mostraron que una misma herramienta puede ser percibida de maneras muy diferentes. Lo que para algunos representa comodidad y respeto por los tiempos personales, para otros puede significar la pérdida de una forma de cercanía y espontaneidad.
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Andiarena llevó la discusión a una situación familiar y bromeó con la comunicación que mantiene con sus hijos, especialmente con el menor, aun cuando buena parte del intercambio se produzca por WhatsApp.
Detrás del humor apareció una pregunta que atravesó buena parte de la charla: ¿estar disponibles para intercambiar mensajes significa necesariamente que estamos conversando?
Para Rech, una de las dificultades está relacionada con el miedo a equivocarse. Según planteó, muchas veces aprendemos a hablar solamente cuando creemos tener la respuesta correcta. La conversación cara a cara, en cambio, obliga a sostener la atención, aceptar el imprevisto y dejar espacio para que aparezca algo que no estaba previsto.
La dificultad de escuchar algo distinto
La conversación avanzó luego hacia los contenidos que recibimos y hacia la manera en que las plataformas intervienen, muchas veces de forma casi imperceptible, en aquello que vemos y escuchamos.
Rech observó que, a partir de nuestras búsquedas, intereses y consumos anteriores, los algoritmos tienden a ofrecernos cada vez más contenidos similares a los que ya elegimos. Andiarena vinculó ese funcionamiento con el sesgo de confirmación: cuando predominan las voces que coinciden con nuestras propias ideas, puede generarse la sensación de que no existen otras formas de pensar.
La preocupación, sin embargo, no quedó limitada al funcionamiento de la tecnología. Rech también advirtió que, en un ecosistema donde cada contenido debe competir por la atención en cuestión de segundos, se vuelve más difícil construir ideas con tiempo y profundidad.
En ese contexto, señaló, los contenidos pueden terminar pareciéndose entre sí y perder parte de su particularidad. También puede volverse menos evidente quién está detrás de aquello que se dice, especialmente cuando las herramientas permiten replicar, adaptar o producir contenidos con una velocidad cada vez mayor.
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Escuchar, entonces, implica algo más que estar expuesto a miles de voces. Supone también estar dispuesto a encontrarse con una que no fue elegida previamente por un algoritmo.
Hourcade aportó su experiencia desde el entretenimiento y las redes sociales. Contó que comenzó a crear contenidos como un juego, pero que con el tiempo tomó mayor conciencia de la responsabilidad que implica comunicar cuando del otro lado siempre puede haber alguien escuchando.
También describió el cambio en los tiempos de atención. En determinados formatos, explicó, si un video no consigue despertar interés durante los primeros segundos, existe una alta posibilidad de que el usuario pase al siguiente.
La mesa discutió así una tensión que atraviesa buena parte de la comunicación actual: cómo adaptarse a una audiencia acostumbrada a la inmediatez sin resignar aquello que necesita más tiempo para ser comprendido.
La velocidad puede ayudar a llegar más lejos, pero la profundidad requiere detenerse. Y entre ambas aparece uno de los desafíos centrales para quienes producen contenidos: encontrar la manera de captar la atención sin reducir necesariamente aquello que quieren contar.
Inteligencia artificial: herramienta y desafío
La inteligencia artificial ocupó otro tramo importante de la conversación. La tecnología apareció tanto como una herramienta de trabajo como una fuente de interrogantes sobre la manera en que pensamos y creamos.
Badía contó su disposición a aprender y utilizar estas nuevas herramientas, mientras que Rech destacó su potencial cuando se la utiliza para dialogar, explorar posibilidades y ampliar una idea, en lugar de limitarse a copiar la primera respuesta que ofrece.
Andiarena puso el foco en la creatividad. Más que plantear un temor frente a la tecnología, señaló el riesgo de que la facilidad para producir contenidos lleve a dejar de ejercitar la propia capacidad creativa.
La discusión, de ese modo, se desplazó de una pregunta sobre lo que la inteligencia artificial puede hacer hacia otra relacionada con las personas: cuánto tiempo, criterio y pensamiento están dispuestas a aportar cuando tienen una herramienta capaz de resolver cada vez más tareas.
Una conversación sobre el futuro de la comunicación
A lo largo del encuentro no hubo una respuesta definitiva sobre cómo nos comunicaremos dentro de cinco años. Se habló de mensajes cada vez más personalizados, de posibles cambios en los dispositivos y de la necesidad de encontrar nuevas formas de relacionarnos con la tecnología.
Pero también apareció una idea común: en un contexto atravesado por la velocidad, la automatización y los contenidos personalizados, la conversación sigue teniendo un valor que difícilmente pueda reducirse a una herramienta.
El tercer episodio de El Fogón terminó, justamente, con una escena que sintetizó buena parte del debate: personas con experiencias y miradas diferentes reunidas alrededor de una misma mesa, escuchándose, intercambiando opiniones y dejando lugar al desacuerdo.