Hablar de la muerte para humanizar el final: el desafío de construir una ciudad compasiva en Tandil
En el marco de la iniciativa Tandil Ciudad Compasiva, la psicóloga María Piñeiro reflexionó sobre la necesidad de derribar los prejuicios que rodean al fallecimiento y destacó la importancia del acompañamiento emocional frente a la medicalización del proceso.
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La muerte, ese proceso inevitable que forma parte de la vida, suele ser desplazada de las conversaciones cotidianas, oculta bajo un manto de silencio y temor. En una nueva edición del ciclo dedicado a reflexionar sobre la denominación de Tandil, Ciudad Compasiva, la licenciada en Psicología María Piñeiro abordó la importancia de desmitificar el final de la vida.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailSegún explicó la profesional en “Tandil Despierta” -por ECO TV y la 104.1 FM-, las ciudades compasivas no son solo un concepto teórico sino que intentan promover un cambio cultural y ético en relación con la muerte, el final de la vida y el duelo.
El objetivo principal es transformar la manera en que nos acompañamos en esos momentos de extrema vulnerabilidad. "Es un momento donde se nota lo interdependientes y lo vulnerables que somos", señaló Piñeiro.
Y agregó que la intención es devolver estas experiencias humanas, que suelen atravesarse con mucho dolor, al ámbito social para hacerlas visibles, compartidas y acompañadas.
El tabú y el pensamiento mágico
En relación a evitar el tema -históricamente tabú para la sociedad occidental- la psicóloga recordó que ya desde los inicios del psicoanálisis se identificaban dos grandes tabúes humanos: el sexo y la muerte.
En la actualidad, esa resistencia persiste bajo diversas formas. Una de las razones principales es el denominado pensamiento mágico: la creencia de que nombrar la muerte puede atraerla. "Si la nombro, la hago real; entonces, si no la nombro, no existe", describió sobre este mecanismo de defensa cognitivo y emocional.
Sin embargo, la especialista fue categórica al desestimar esta idea y sostuvo que hablar de la muerte no la acerca, sino que lo que realmente hace es acercarnos entre nosotros.
Para la licenciada, los peores dolores son aquellos que no se pueden compartir, los que se viven en soledad y no se pueden poner en palabras. El silencio, lejos de proteger, termina aislando tanto al enfermo como a su entorno familiar.
La trampa del optimismo obligatorio
Otro de los obstáculos identificados es la presión social por mantener una actitud positiva a toda costa. En una cultura que exige estar "alegres todo el día" y mirar la vida con una sonrisa, la muerte aparece como una falla o un error del sistema.
Piñeiro cuestionó esta postura de "ir siempre para adelante" sin dar lugar a la tristeza o a la aceptación del deterioro físico. En este sentido, utilizó una metáfora elocuente: "Es como cuando uno vuelve de una fiesta y usaste un vestido; ese vestido se empieza a estar más arrugado y uno necesita sacárselo. Tal vez morir es el alma sacándose este vestido, que es su cuerpo".
Para la profesional, es fundamental entender que este proceso requiere acompañamiento emocional, especialmente porque hoy la muerte se encuentra medicalizada y patologizada, perdiendo su dimensión humana y social.
El mito de la batalla contra la enfermedad
Uno de los puntos más fuertes de la charla fue la deconstrucción del lenguaje bélico aplicado a la salud. Es común escuchar términos como "perder la batalla" o "guerreros" cuando se habla de pacientes con enfermedades como el cáncer.
Según la psicóloga, este enfoque carga de culpa a quien fallece, como si no se hubiera esforzado lo suficiente para sanar.
"Nuestra condición humana es morir. ¿Es una batalla? Si es así, perdemos todos. Somos un ejército de perdedores", reflexionó con ironía para quitarle peso a la idea de derrota. Morir no es un fracaso personal, sino una realidad biológica que nos compete a todos por igual, independientemente de la edad, ya que, aunque se asocia frecuentemente a la vejez, también atraviesa la infancia y la adolescencia.
Cómo iniciar la conversación
Ante la pregunta de cómo abordar el tema con un ser querido que se encuentra en el final de su vida, la licenciada sugirió recurrir a preguntas sencillas y honestas.
En lugar de imponer un optimismo vacío con frases como "no hables de eso" o "vas a estar bien", lo ideal es abrir el espacio para la escucha. Interrogantes como "¿qué te preocupa?" o "¿qué estuvo pasando por tu mente hoy?" pueden ser la llave para romper los pactos de silencio familiares.
La profesional destacó que, muchas veces, lo que la persona necesita no son soluciones médicas o palabras de aliento artificiales, sino presencia. "Si yo me estoy muriendo, vos no vas a tener una palabra que a mí me resuelva. Lo que podés hacer es quedarte conmigo a la tarde, traerme un té o hacer que vengan mis hijos", ejemplificó.
La presencia silenciosa y el confort emocional son, en última instancia, lo que permite una despedida humanizada.
Finalmente, Piñeiro destacó tres conceptos o "palabras mágicas" que facilitan el cierre de los ciclos vitales: gracias, te quiero y perdón. Estas expresiones permiten a la persona revisar su historia, reconocer las huellas dejadas y resolver conflictos pendientes.
El diálogo sobre la muerte, lejos de ser un acto de morbosidad, se presenta como una herramienta para disminuir la angustia y fortalecer los vínculos humanos en el tramo final del camino.
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